Dónde resuena
Vera Paloma apenas tuvo tiempo de quitarse el abrigo y sacar la carpeta de partituras del bolso cuando en la puerta de la sala apareció pegada una hoja A4. Al principio pensó que sería otra advertencia de seguridad contra incendios, pero luego leyó: A partir del día 1, se cierra la sala. Obras. El alquiler se revisa. Firma de la empresa gestora y teléfono.
Dentro ya zumbaban las voces. Alguien hacía ejercicios de respiración, alguien buscaba las gafas, alguien soltó, en tono irónico, que tampoco les vendría mal unas obras a ellos, pero nadie se rió de la broma. El director del coro, Sergio Nicolás, estaba apoyado en el piano, sosteniendo el papel como si en el reverso pudiera leer noticias de un mundo más amable.
Vamos a calentar primero dijo con voz serena, aunque Vera Paloma notaba el esfuerzo que hacía por no venirse abajo.
Siempre calentaban igual, en una rutina que era el verdadero salvavidas. Mmm-mmm, la-la-la, pequeños peldaños suaves hacia arriba, luego hacia abajo. Vera Paloma sentía cómo el sonido le vibraba en el pecho, cómo dejaba de ser sólo suyo para hacerse común. Desde que se jubiló y la casa se le quedó grande y silenciosa, el coro era lo que la mantenía de pie. No por obligación, sino porque allí uno no desaparece.
Tras el calentamiento, Sergio Nicolás alzó la mano.
La situación es la siguiente. Nos dudó, buscando las palabras nos han puesto un hecho delante. La sala se cierra por obras. Y ahora el alquiler es el triple. No nos lo podemos permitir.
¿Cómo que nos? saltó enseguida Nines Palomares, que era la primera en decir lo que pensaba. ¡Si somos del centro cultural! ¡No somos unos cualquiera!
El centro cultural ahora depende de otra entidad explicó Sergio Nicolás. Me lo han dicho hoy. Optimización, lo llaman. Y además miró la hoja como si esperara encontrar apoyo, me han dicho: Ya podrían ustedes quedarse en casa. Ahora toca darle espacio a los jóvenes.
A Vera Paloma se le subió algo seco a la garganta, no pena, sino una rabia áspera como un carraspeo. Recordó cuando colgaban bufandas en los respaldos de las sillas, cuando llevaban galletas para los cumpleaños, cuando en diciembre ponían un árbol de Navidad de plástico junto a la ventana y cantaban tan fuerte que el conserje salía a escuchar disimulando que comprobaba la calefacción.
¿Y molestamos? preguntó, y casi le sorprendió que la voz no le temblara.
Molestamos a los que creen que somos prescindibles contestó Sergio Nicolás. Pero no discutamos con el aire. Decidamos qué hacer.
Concluyeron que había que reclamar. Lo dijeron tal cual, aunque ninguno tenía experiencia en reclamar de verdad. Al día siguiente, Vera Paloma fue a la junta municipal con Sergio Nicolás y dos compañeras. Llevaban una carpeta con la carta de petición, la lista de participantes, una copia de la mención de agradecimiento por la actuación en las fiestas del barrio. Vera Paloma se puso su falda oscura y una blusa seria, como para una entrevista.
La recepción olía a café de máquina y a papeles. La secretaria, una chica joven con manicura perfecta, no levantó la vista.
¿Qué desean?
El coro Azahar dijo Sergio Nicolás . Nos cierran la sala.
Pidan cita en la sede electrónica respondió la secretaria. O por ventanilla única.
Ya lo hemos hecho intervino Nines, extendiendo la hoja. Aquí está, firmado.
No recogemos papeles finalmente miró y su mirada no era borde, sólo hastiada . Todo por el sistema.
Pero el sistema Vera Paloma titubeó. Sabía pagar la luz con el móvil, pero sistema le sonó a puerta sin picaporte. Y si necesitamos hablarlo, ¿qué hacemos?
Citen para atención presencial contestó la secretaria. Próxima fecha libre: dos semanas.
Dos semanas más tarde, les explicaron que el asunto es competencia del propietario, que el propietario era la gestora y la gestora aplicaba condiciones comerciales. Sergio Nicolás aguantó el tipo, hizo preguntas, pidió al menos usar el local provisionalmente, aunque fuera mientras durasen las obras. Le respondían como leyendo un manual. Vera Paloma comprendió que ahí sus voces no formaban coro, cada sonido se perdía en el techo falso.
Lo intentaron por todos lados: colegio, biblioteca, centro cívico. En el cole, la jefa de estudios dijo que todo está ocupado por actividades extraescolares y cuando Nines preguntó cuales, recitó la lista tan rápido como quien se protege con palabras. En la biblioteca, la directora primero sonrió, pero luego recordó el silencio y las quejas de usuarios. En el centro cívico les ofrecieron un sótano húmedo con mesas de ping pong y olor a humedad. Sergio Nicolás miró al techo y murmuró:
Ahí enterramos las voces.
Lo peor no eran las negativas, sino las etiquetas: Grupo de la tercera edad, no encaja en la programación, fuera de formato. Una funcionaria ni les miró al decir:
Si es por ustedes, ensayen en casa.
Vera Paloma salió a la calle y notó que caminaba demasiado deprisa, como si escapara de algo.
El viernes, acudieron igualmente al centro cultural, por costumbre. La puerta estaba cerrada, el cartel colgado, ahora con otro: Prohibida la entrada a no autorizados. Vera Paloma con la carpeta en la mano no sabía qué hacer con los brazos. Sergio Nicolás se acercó, miró el pequeño grupo.
No nos dispersamos dijo. Vamos a la biblioteca. Me han hecho hueco una hora en la sala de lectura, ahora que está tranquila.
¿Y si nos echan? susurró Valentina Sierra, que apenas discutía nunca.
Entonces nos echan contestó él. Pero lo probamos.
La biblioteca estaba a diez minutos andando. Fueron en fila, como escolares en excursión, pero sin profesora. Vera Paloma notaba las miradas: curiosidad en algunos, fastidio en otros, como si ocuparan demasiado espacio en la acera.
En la biblioteca les recibió un tipo delgado con jersey de lana.
Sólo que balbuceó que estén bajito. No quiero decir pueden cantar, claro. Es sólo que aquí
Seremos discretos le aseguró Vera Paloma.
Se colocaron entre las estanterías, con los libros observando como jurados inflexibles. No había piano; Sergio Nicolás dio la nota él mismo, muy bajito, casi susurrando. Vera Paloma temía que sin instrumento todo se desmoronara, pero ocurrió lo contrario: agudizaron el oído hacia el otro. El aliento al lado pesaba más que cualquier tecla de piano.
Los primeros minutos los lectores levantaban la cabeza y alguno fruncía el ceño. Una señora en abrigo bufó ¿Pero esto qué es? y cerró el libro con estrépito. Luego, al pasar a una canción sencilla y conocida, hasta los que nunca habían estado en un coro la tarareaban. La sala quedó aún más en silencio, pero un silencio que escuchaba.
Al terminar, el bibliotecario se acercó y dijo:
Normalmente esto no es tan animado. Pero la próxima vez mejor allí, junto a la ventana. Así molestáis menos.
Sergio Nicolás asintió como si le ofrecieran un teatro.
Pero ese próxima vez nunca llegó. A la tercera semana, la directora llamó al bibliotecario delante de todos:
Ya hemos tenido llamadas. Hay quejas. Esto es una biblioteca, no un club.
Vera Paloma miraba sus manos. Quiso decir: No somos un club, somos un coro, pero no encontró el momento. Sergio Nicolás les agradeció y los sacó a la calle.
Pues vaya dijo Valentina Sierra. Qué vergüenza.
Eso dolió más que lo de podrían quedarse en casa. Porque venía de dentro.
No es vergüenza saltó Nines. Es cantar.
Cantar y la gente se queja. Así que molestamos replicó Valentina.
Vera Paloma la entendía. Ella también preferiría el aula de siempre, donde todo estaba en su sitio y nadie decía que sobraban. Pero el aula se había ido, como cualquier estancia propia que desaparece.
Sergio Nicolás paró junto a la boca del metro.
Aquí mismo dijo de pronto.
¿Aquí? Nines miró alrededor. Algunos bajaban de prisa, otros cargaban bolsas. En una esquina un chico tocaba la guitarra.
Aquí la acústica es buena dijo Sergio Nicolás. Y no dependemos de nadie.
A Vera Paloma se le pusieron las manos heladas. La vergüenza le mordió como el primer día de cole cuando olvidas la poesía. Pero Sergio Nicolás ya estaba en la pared, mano en alto.
Sólo una, para probar.
Empezaron bajito. El metro devolvía el sonido; las voces se ensamblaban. Al principio, la gente pasaba de largo, algunos sonreían, otros fingían no escuchar. Una niña paró y tiró del brazo a su madre.
¡Mira, mamá, las abuelas cantan!
La madre primero tiró de ella, luego se quedó mirando, y Vera Paloma vio cómo se le relajaba la cara.
Pero no todos fueron así. Un señor con bolsa paró y soltó:
¿Qué hacéis aquí montando el numerito? Esto no es para conciertos.
No estorbamos dijo tranquilo Sergio Nicolás, sin bajar la mano.
Pues me da igual el hombre se encogió de hombros. Cantad en vuestra casa.
Le tembló la barbilla a Vera Paloma. Siguió cantando con voz fina, mirando la losa del suelo, pensando: Si paro ahora, ya no vuelvo a empezar. Se agarró al coro como a una barandilla.
Al acabar alguien aplaudió. Luego otro. No era como en el teatro, sino gracias porque la prisa del metro sonaba un poco menos mal.
¿Véis? dijo Nines, con satisfacción.
Sí, vemos asintió Valentina, sin sonreír.
A la semana ya sabían dónde colocarse sin molestar y en qué horario había menos tráfico. Probaron en el parque por las mañanas, entre madres con carrito y mayores haciendo marcha nórdica. En el vestíbulo del ambulatorio, esperando el número, fue lo más duro: tos, nervios, malas caras pero una vez, tras una breve pieza, una mujer con el brazo en cabestrillo les dijo:
Gracias. Ya no pensaba en mis análisis.
Y Vera Paloma lo celebró como pequeña victoria.
Sergio Nicolás acabó llamando a esta etapa canta donde estés. No era un lema, sólo su manera de explicar por qué reaparecían en las paradas y plazas.
No lo hacemos sólo por nosotros dijo un día tras un ensayo en el parque. Sentados en un banco, Vera Paloma luchando con la tapa de la botella de agua, Sergio Nicolás la abrió como quien arregla el mundo y a ella le dieron ganas de llorar de la ternura.
¿Y por quién, si no? preguntó Valentina.
Para que la ciudad recuerde que tiene voz respondió él. Y nosotros también.
Eran palabras sencillas, pero Vera Paloma notó que le daban en el sitio justo. Recordó cómo, tras la muerte de su marido, no podía llamar ni por teléfono, como si el habla le sobrara. Y allí, sin embargo, hacía falta. Y no sólo para ella.
El conflicto les pilló donde menos lo esperaban: en un centro comercial, en una cafetería del segundo piso, donde Sergio Nicolás había apalabrado una horita entre semana. El dueño, un hombre de unos cuarenta, dijo por teléfono: Canten, me da igual, la gente lo agradecerá. Recolocaron mesas, sillas en coro semicircular. Vera Paloma colgó el abrigo en una silla, la carpeta en las piernas.
Las dos primeras canciones salieron bien. Algún cliente grabó con el móvil, otro sonrió. Vera Paloma, por un momento, olvidó que no estaban en la sala de siempre. Fue entonces cuando apareció el vigilante.
¿Quién lo ha autorizado? preguntó, en tono más de trámite que de enfado.
El jefe dijo Sergio Nicolás. Habló conmigo.
Tenemos normas el guardia miraba a su alrededor, buscando aliados. No se pueden hacer eventos sin permiso de la administración. Ha habido queja. Han dicho que hay mucho jaleo.
No hacíamos ruido replicó Nines.
Ruido o no, me da igual suspiró el guardia. Me han dicho que lo pare.
Vera Paloma vio a Valentina palidecer. Se levantó recogiendo las partituras.
Ya lo decía yo dijo sin mirarles. Qué vergüenza.
No, no susurró Vera Paloma, asombrada de que fuera ella quien la reconfortara. No hemos hecho nada malo.
Molestamos dijo Valentina. No quiero que me traten como si no me enterara de dónde estoy.
Sergio Nicolás mediaba entre el guardia y el grupo como quien separa dos muros.
Hagamos así propuso. Cantamos una más y nos vamos. Sin líos.
Ni hablar negó el guardia. Ahora mismo.
El dueño de la cafetería se apareció por la barra, descolocado.
Hombre, que yo empezó.
Te pueden multar le zanjó el guardia. Mejor, no lo hagas.
A Vera Paloma le volvió la rabia seca. Pero, con el enfado, sentía ya cansancio. Se cansaba de justificar su derecho a cantar, a respirar.
Recogieron en silencio. Carpeta, sillas. Vera Paloma se puso el abrigo, abrochó los botones para tener algo entre manos. Al salir oyó a un cliente decir: Qué pena, estaba bien. Ese pena la abrigó.
Fuera, Valentina dijo:
No vuelvo más. Lo siento.
Nines saltó al instante:
Claro, en cuanto hay problemas, adiós muy buenas.
Nines cortó Sergio Nicolás. Ahora no.
Vera Paloma miró a Valentina alejarse hacia la parada, pequeña, encogida. Quiso alcanzarla, pero las piernas no le respondieron. Entendía que cada uno tiene su límite.
Esa noche, Vera Paloma se quedó mucho tiempo en la cocina. El té se enfriaba, ella ni cuenta. Sólo le rondaba la frase: Dónde está nuestro sitio. Se dio cuenta de que en el fondo no echaban de menos la sala, sino la sencilla certeza de estar a salvo. Quizá ahora tocaba buscar otra: no un sitio, sino un modo de estar juntos, aunque molesten.
Al día siguiente, la llamó Sergio Nicolás.
Doña Vera, dijo, ¿puede venir a la biblioteca infantil? No la de antes, la de la calle de al lado. Hay nueva directora. Hablé con ella, pero necesito alguien más; que explique que sabremos comportarnos.
Vera Paloma fue. La biblioteca infantil era luminosa, dibujos en las paredes y, en el rincón, un piano viejito pero digno. La directora, una mujer de pelo muy corto, escuchó con atención.
Por las tardes esto queda vacío dijo. Los niños se van, no hay actividades. Solo una cosa: canten bajito, y una vez al mes, hagan un ensayo abierto. Para todos. Sin escenario, que la gente se anime.
Podemos respondió Vera Paloma sintiendo que dentro todo se le ponía en orden.
Además, mi madre tiene vuestra edad añadió la directora. Se pasa el día diciendo que no tiene dónde ir. Ya le diré que venga.
Al salir, Vera Paloma notó que caminaba más despacio, pero no por cansancio, sino porque por fin no tenía que salir corriendo.
Sergio Nicolás convocó al coro en el parque para contar la novedad. Vinieron casi todos, menos Valentina. Nines estaba seria, como temiendo ilusionarse en vano.
No es una sala de teatro empezó Sergio Nicolás. Pero es algo. Y tendremos formato: ensayo abierto una vez al mes, el resto para nosotros.
¿Y si nos echan otra vez? preguntó alguien.
Pues seguiremos buscando contestó él. Pero ahora sabemos que se puede.
Vera Paloma alzó la mano.
¿Valentina? preguntó.
Sergio Nicolás resopló.
Le llamaré. Pero mejor si vosotras también.
Esa noche, Vera Paloma la llamó. Valentina demoró la respuesta, luego dijo:
No quiero que me traten como
¿Como alguien vivo? musitó Vera Paloma. Que miren. No pedimos limosna, sólo cantamos.
Se oía su respiración por el teléfono.
Lo pensaré dijo.
En la primera prueba en la biblioteca, entraron cautelosos. El piano estaba regular, pero Sergio Nicolás aseguró que así se escucha más y mejor. Vera Paloma se sentó junto a la ventana, la carpeta en las piernas. Vio niños asomar, padres tender la oreja, una anciana en pañuelo parada en la puerta dudando.
Entre le dijo con los ojos, y la mujer finalmente se sentó de puntillas.
El ensayo mensual fue un sábado. No lo anunciaron mucho, sólo un cartel en la puerta y una nota en la red del barrio: Coro 55+ canta en la biblio. Se puede venir. Vera Paloma temía que no apareciese nadie, lo que sería más vergonzoso aún. Pero ese sábado el pasillo bullía. Vinieron algunos amigos, niños con padres, un bibliotecario de otra sucursal, aquel que pedía sólo bajito y hasta el chico del metro con su guitarra. Se quedó en la puerta, sonriendo.
No montaron concierto. Sergio Nicolás anunció:
Cantamos lo que tenemos en las manos. Y si alguien quiere, que cante.
Vera Paloma vio a Valentina, en abrigo y lista para escapar. Se acercó, le cogió del brazo.
Quítate el abrigo. Aquí hace calor.
Escucho susurró Valentina.
Escuchas desde dentro dijo Vera Paloma, alargándole la carpeta. Aquí van tus partes.
Valentina la miró como a un puente alto, difícil de atravesar. Pero acabó quitándose el abrigo y sentándose a su lado.
Cuando empezaron, Vera Paloma sintió que aquel rincón se volvía suyo. No porque dieran permiso, sino porque el aire se llenaba del ritmo de respiraciones conjuntas. Nadie miraba con distancia teatral; alguno murmuraba letras, otros cerraban los ojos. Un momento, se perdieron, el piano desentonó, pero Sergio Nicolás sonrío y nadie paró. Vera Paloma entendió de pronto que ya no necesitaba la perfección para sentirse en su lugar.
Al acabar, nadie gritó bravo. Se acercaron y dijeron gracias. Un chaval de diez años preguntó:
¿Me puedo apuntar?
Nines soltó una carcajada.
Todavía te falta mucho dijo, pero sin reprender. Vente a escuchar.
La directora se acercó a Sergio Nicolás.
Os dejo la sala los miércoles y viernes a partir de las seis. Y en mayo haremos fiesta en el patio. Si queréis, salís y cantáis. No hay escenario, sólo la puerta.
Sergio Nicolás asintió, y Vera Paloma notó cómo se le aflojaba una sonrisa triste. Se giró, distraído, como a ordenar las partituras.
Cuando marcharon recogiendo las sillas, Vera Paloma buscó que la carpeta tuviera todas las hojas, cerró el bolso. Valentina se le acercó.
Yo
Has venido le cortó Vera Paloma.
He venido repitió Valentina y, de pronto, sonrió, tímida, como estrenando el gesto. Y ¿sabes? No me da vergüenza.
Vera Paloma asintió. Salió a la calle y la ciudad era la de siempre: coches, gente, carteles, prisas. Pero por dentro sonaba diferente: no a grito, ni a espectáculo, sino la certeza cálida de que, mientras tengas voz y a quienes te sigan el compás, el sitio se puede inventar siempre, incluso haciéndolo del aire.





