Mi padre siempre lavaba él mismo sus calcetines. Los consideraba algo muy suyo y habría sido humillante para mi madre que se encargara de ellos. Tenía un cuidado especial para que los calcetines y la ropa interior estuvieran siempre limpios y presentables.
Pero en mi familia, las reglas se invertían de manera curiosa. Mi marido jamás tuvo intención de lavar sus propios calcetines. Decía que era inútil hacerlo a mano, que cualquiera podía tirarlos a la lavadora y, al salir, colgarlos en el tendedero para que la brisa de Madrid los secara.
Así era nuestra rutina, con ese aire de cotidiano absurdo que a veces tiene la vida. Sin embargo, hubo un día en que no reparé en que mi esposo se quedaba sin calcetines limpios. Y, de pronto, soñé que la culpa de que le faltaran era enteramente mía.
Ya casi nadie arregla calcetines en casa; en estos tiempos de euros y prisas, si encuentro alguno con un agujero descomunal, lo tiro directamente al cubo de la basura, como si ese gesto pudiera borrar parte de la realidad. Lo cierto es que no le quedan demasiados pares sin agujeros.
Si los calcetines aparecieran mágicamente en el cesto de la ropa sucia, los lavaría sin dudar le respondí, con la voz dulce y enigmática que sólo se tiene en los sueños. No tengo tiempo para recorrer cada rincón del piso, buscando los rastros de absurdos pies. Las prendas sucias pertenecen al cesto, donde la lógica las recoge y transforma.
Es tu responsabilidad, Silvia, que tenga siempre ropa limpia y planchada respondió él, su voz resonando como un eco lejano de una realidad borrosa.
En medio de columnas de calcetines apilados como en una catedral surrealista, descubrí que la odisea de sus calcetines era ahora mi cruzada. Y lo extraño era que, hasta ese instante onírico, nadie me había revelado tal distribución de misiones domésticas, como si la frontera entre lo mío y lo suyo desapareciera entre la niebla espesa de una tarde madrileña.





