Hoy, 15 de octubre.
«No es mi hijo», dijo frío el millonario, su voz resonando en el vestíbulo de mármol. «Coge tus cosas y lárgate. Los dos.» Señaló la puerta. Su esposa apretó al bebé contra su pecho, las lágrimas llenándole los ojos. Si al menos él supiera
La tormenta afuera rivalizaba con la que ardía dentro. Leonor se quedó inmóvil, los dedos blancos de tanto apretar al pequeño Luis contra su pecho. Su marido, Gregorio Valderas, magnate multimillonario y cabeza de la familia Valderas, la miraba con una furia que no había visto en diez años de matrimonio.
Gregorio, por favor susurró Leonor, con la voz temblorosa. No sabes lo que dices.
Lo sé muy bien replicó él. Este niño no es mío. Hice la prueba de ADN la semana pasada. Los resultados son claros.
La acusación le dolió más que una bofetada. Las rodillas de Leonor casi cedieron.
¿Hiciste la prueba sin decírmelo?
Tenía que hacerlo. No se parece a mí. No actúa como yo. Y ya no podía ignorar los rumores.
¿Rumores? ¡Gregorio, es un bebé! ¡Y es tuyo! ¡Lo juro por todo lo que tengo!
Pero Gregorio ya había tomado su decisión.
Tus cosas serán enviadas a la casa de tu padre. No vuelvas aquí. Nunca.
Leonor se quedó un momento más, esperando que quizá fuera solo una de sus decisiones impulsivas, aquellas que pasaban en un día. Pero el frío en su voz no dejaba lugar a dudas. Dio media vuelta y salió, el taconeo de sus zapatos resonando en el mármol mientras los truenos estallaban sobre la mansión.
Leonor creció en un hogar humilde, pero había entrado en el mundo privilegiado al casarse con Gregorio. Era elegante, tranquila e inteligentetodo lo que alababan las revistas y lo que envidaba la alta sociedad. Pero ahora nada importaba.
Mientras el Seat llevaba a Leonor y a Luis de vuelta a la casita de su padre en el pueblo de Valdehermoso, su mente no paraba. Había sido fiel. Amaba a Gregorio, había estado a su lado cuando se desplomaron las bolsas, cuando la prensa lo destrozó, incluso cuando su madre la rechazó. Y ahora la echaban como a una extraña.
Su padre, Martín Herrera, abrió la puerta, los ojos llenos de sorpresa.
¿Leonor? ¿Qué ha pasado?
Ella cayó en sus brazos. Dice que Luis no es suyo Nos ha echado.
La mandíbula de Martín se tensó. Pasa, hija.
En los días siguientes, Leonor se acostumbró a su nueva realidad. La casa era pequeña, su antiguo dormitorio apenas había cambiado. Luis, ajeno a todo, jugueteaba y balbuceaba, dándole momentos de paz entre el dolor.
Pero algo la carcomía: la prueba de ADN. ¿Cómo podía estar equivocada?
Desesperada por respuestas, fue al laboratorio donde Gregorio había hecho la prueba. Ella también tenía contactosy favores que cobrar. Lo que descubrió le heló la sangre.
La prueba había sido falsificada.
Mientras, Gregorio estaba solo en su mansión de Madrid, atormentado por el silencio. Se decía que había hecho lo correctoque no podía criar al hijo de otro. Pero la lucha con su conciencia lo devoraba. Evitaba entrar en el antiguo cuarto de Luis, pero un día, la curiosidad lo venció. Al ver la cuna vacía, la jirafa de peluche y los zapatitos apretados en el estante, algo en él se quebró.
Ni siquiera su madre, Doña Agustina, ayudaba.
Te lo advertí, Gregorio dijo, bebiendo de su caro té. Esa Herrera nunca fue para ti.
Pero hasta ella se sorprendió cuando Gregorio no contestó.
Pasó un día. Luego una semana.
Y entonces llegó una carta.
Sin remitente. Solo un papel y una foto.
Las manos de Gregorio temblaron al leerla.
«Gregorio,
Te equivocaste. Gravemente.
Querías pruebasaquí las tienes. Encontré los resultados originales. La prueba fue manipulada para que diera lo que querían. Y la foto que te dará que pensar la encontré en el despacho de tu madre. Sabes lo que significa.
Leonor.»
Gregorio se desplomó en la silla, el papel resbalando entre sus dedos. La foto cayó boca arriba en el suelo pulido: Doña Agustina, tomando descaradamente unos cabellos de la almohada del bebé, con su sonrisa fría y triunfante. Todo explotó dentro de él. Ahí estaba la prueba. Su madre había robado las muestras, arruinándolo todo.
Se levantó de un salto, sacudido por una furia ciega. ¿Cómo se atrevió? ¿Qué clase de monstruo?
De pronto, Gregorio entendió la verdadla foto mostraba a su padre con los mismos ojos azules que los de Luis, demostrando cómo su tía Agustina había falsificado la prueba de ADN en su locura por romper el matrimonio. El papel se arrugó bajo sus dedos temblorosos. Y ahora, solo en el frío vestíbulo, no importaba cuántos *euros* tuviera en el banco; solo contaban las lágrimas cayendo sobre la carta y el deseo desesperado de correr de vuelta a Leonor y a su hijo, del que tanto había temido perder.







