Don Fernando Ruiz salió al balcón apoyándose en su bastón de madera. El aire olía a azahar y a salitre. Detrás suyo estaba la señora Leocadia, erguida, con un delicado colgante en el cuello y la fría mirada de quien ha aprendido a ocultar el dolor.
Perdóneme, señor dijo con voz firme y helada. No repartimos limosnas. Si necesita ayuda, busque la parroquia.
El hombre en la silla de ruedas alzó la vista con lentitud. Sus ojos, profundos, cansados pero bondadosos, se cruzaron con los de ella. Leocadia quedó paralizada por un instante; algo en aquella mirada le resultó familiar.
No vengo por dinero, señora murmuró. Sólo quería verle, una sola vez.
La criada intentó cerrar la puerta, pero Leocadia levantó la mano.
Déjela entrar.
El salón desprendía aromas de cera y café. El mármol relucía bajo la luz de las lámparas.
Don Fernando impulsó su silla con esfuerzo, como si cada movimiento pesara una vida.
¿Ha servido en el ejército? preguntó Fernando, sombrío. ¿O fue un accidente?
Un accidente en una obra respondió él, con serenidad. Parálisis. Un viejo pescador me encontró cuando era niño. No recordaba nada sólo un nombre grabado en mi pulsera.
Leocadia se adelantó ligeramente, y en su voz surgió una chispa de curiosidad.
¿Y por qué ha venido hasta aquí?
Leí en los periódicos una vieja crónica sobre un niño desaparecido. Su hijo. Yo también tenía ocho años entonces, en el mismo lugar, el mismo año inhaló. Tal vez el destino se haya burlado de mí.
Fernando la observó con recelo.
¿Quiere decir que es nuestro hijo? su tono se volvió áspero. No es la primera vez que aparecen impostores con historias semejantes.
No busco dinero, señor. Ni reconocimiento. Sólo quería saber si aún queda espacio en su corazón para ese niño.
Sacó del bolsillo un pequeño fardo y lo abrió. Dentro había una pulsera oxidada, con la inscripción rasgada Alejandro.
Leocadia cubrió su boca con la mano. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
No esto es imposible susurró. Lo enterramos
Un ataúd vacío dijo él, en voz baja.
Don Fernando se levantó de un salto.
¡Basta! exclamó. ¡Aléjense! No saben por lo que ha pasado esta familia. ¡No permitiré que vuelvan a abrir esas heridas!
Fernando intentó detenerlo Leocadia.
¡No! agitó su bastón contra el suelo.
Don Alejandro bajó la cabeza.
Perdón. Evidentemente me equivoqué.
Giró su silla y salió despacio. Sólo el crujido de las ruedas resonaba en la enorme casa.
En el patio se detuvo junto a la fuente. Sacó un sobre titulado Para la señora Leocadia Ruiz y lo dejó sobre la bancaza de piedra.
No se dio cuenta de que, desde una ventana, lo observaba una jovenCandelaria, la hija de Leocadia.
Cuando él se marchó, Leocadia abrió el sobre.
Dentro había fotos de la tragedia, del litoral donde alguna vez se divisó la silueta de un niño sucio y temeroso, con una pulsera al brazo.
Y una nota:
«No busco perdón. No quiero nada. Sólo quería que supieran que estoy vivo. Y que vosotros dos fuisteis mi único sueño».
Leocadia sollozó sin sonido.
Fernando susurró. Es él. Reconozco esos ojos.
Coincidencia interrumpió él. No permitiré que ese hombre arruine nuestras vidas.
¿Qué vida, Fernando, si se construye sobre mentiras? repuso ella en voz baja.
Dos días después, Candelaria se dirigió a Almería.
Lo encontró en el puerto, reparando redes. Él no la miró, sólo respondió:
No debías venir.
¿Pensabas que no descubriría a mi hermano? replicó ella.
Alzó la vista. Los mismos ojos que su madre: puros, firmes, inquebrantables.
No quería molestar. Tenéis vuestra vida. Yo sólo soy un forastero.
Candelaria se arrodilló junto a la silla y tomó su mano.
Todos somos extraños, hasta que decidimos volver a casa.
Don Alejandro no aguantó más. Las lágrimas que había contenido durante años corrían por su rostro.
Al regresar a Sevilla, Leocadia los esperaba ante la puerta.
Fernando está en el hospital dijo. Quiere verte.
En la habitación del hospital, su padre yacía pálido y cansado. Al verlo, quitó la máscara de oxígeno.
Fui cobarde dijo con voz temblorosa. Temía que hubieras venido por venganza. Pero sólo buscabas amor.
Don Alejandro tomó su mano.
Sólo quería volver a casa.
Fernando sonrió, por primera vez en años.
Bienvenido, hijo.
Una semana después, la casa de los Ruiz volvió a llenarse de risas.
Del balcón se escapaba el aroma del café y de los almendros tostados. Leocadia colocó la pulsera oxidada en un marco de cristal.
En el jardín, Don Alejandro reparaba la vieja barca que había traído de Almería.
¿Por qué la trajiste? se rió Candelaria.
Porque me recuerda que el mar no se lleva todo. A veces devuelve, si se tiene paciencia.
En la puerta apareció Fernando, apoyado en su bastón.
La familia no es lo que permanece dijo en voz baja, sino lo que no dejas que se escape.
Don Alejandro los observó y asintió. Sabía que el camino había llegado a su fin.
Al atardecer, tras quince años, susurró unas palabras que sonaban a oración:
En casa al fin en casa.







