Doce años después
Se lo ruego, ¡ayúdenme a encontrar a mi hijo! casi sollozaba la mujer. ¡No quiero nada más en esta vida!
Elena se sentó junto al presentador, teatralizando el gesto de retorcerse las manos. Había escogido el atuendo más modesto que encontraba y pasó la noche en vela antes del programa, para aparecer pálida y fatigada. Quería causar la impresión de una madre sufriente, deseaba que todos se volcaran a ayudarla.
Mi mayor anhelo ahora es recuperar la relación con mi hijo murmuró, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo. ¡He probado todo lo que se me ha ocurrido! Acudí a la policía, confiando en que ellos harían algo ¡Pero allí ni siquiera quisieron tomar la denuncia! Dijeron que Daniel ya era mayor de edad y llevaba tiempo lejos. Que si tanto me importaba su suerte, por qué no lo pregunté antes
El presentador la escuchaba escéptico, ladeando apenas la cabeza. En realidad, no se tragaba la historia. Muy probablemente la situación era mucho más vulgar de lo que Elena pretendía. Ella misma se enemistó con el hijo, pasó años sin querer saber nada, y ahora venía a buscarlo Coincidía con la opinión de la policía. Pero los índices de audiencia a la gente le fascinan esos dramas, vaya si les gustan
Entonces ¿fue una pelea con su hijo lo que hizo que perdieran el contacto? preguntó con tranquilidad, mirando fugazmente al público. Algunos mostraban cejas fruncidas, escépticos; otros, en cambio, de sincero lamento por la supuesta desventurada madre.
Elena asintió y de nuevo asomaron lágrimas en sus ojos. Hizo un esfuerzo por recomponerse y hablar.
Sí, todo fue hace ya doce años. Mi muchacho se enamoró como nunca, con una determinación inquebrantable de casarse. Comprendía sus sentimientos, pero esa chica ¡Jamás me gustó! Veía cómo podía acabar todo. Fumaba, bebía, pasaba las noches en ambientes dudosos Y lo peor, poco a poco arrastraba también a Daniel.
Se detuvo un instante, reviviendo aquellos días. El presentador respetó el silencio, dándole espacio para continuar.
Intenté hablar con él, advertirle, explicarle que ese no era el camino. Pero no quería escucharme. Apenas veía en mí a otra cosa que una madre incapaz de aceptar su madurez, su independencia. Aquella tarde las cosas se salieron de control. Golpeó la mesa y exclamó: ¡Me voy de casa!
Un sollozo rompió la voz de Elena y el presentador, siempre atento, le ofreció un pañuelo. Lo recibió con una mirada de agradecimiento y se secó cuidadosamente las lágrimas, procurando no borrar el poco maquillaje que llevaba. Tardó unos segundos en recomponerse antes de seguir:
Se fue. Recogió todas sus pertenencias mientras yo trabajaba. Desapareció sin decir palabra, sin explicación Cambió de número, cortó contactos con amigos, familiares, ¡con todos! Todo por culpa de esa joven
El eco de su voz denotaba un esfuerzo real para no venirse abajo.
Perdóneme Me cuesta mucho controlarme susurró, apretando el pañuelo entre sus manos.
Lentamente, Elena inclinó la cabeza, dejando que unos mechones ocultasen parte de su rostro. Había premeditado el gesto: el público debía percibir la hondura de su dolor. Según el guion, ahora tocaba desplomarse en sollozos, hacer visible el desgarro del alma. Pero, en verdad, Elena sentía tan solo una tensión expectante: ¿lograría el impacto necesario entre la audiencia?
El presentador, nada ingenuo ante la ausencia real de lágrimas, decidió aun así seguir la farsa.
Comprendemos su dolor asintió, antes de pedir con un gesto a un ayudante que trajera un vaso de agua. No se apresure cuando lo desee, continúe, por favor.
La pausa se hizo sustancial, la justa para no romper el ritmo ni parecer insensible.
¿Y qué sabe hoy de su hijo? preguntó al fin, inclinándose hacia delante con inusitado interés.
La mirada de Elena exhibía una mezcla dosificada de desesperanza y atisbo de esperanza.
No hace mucho, una conocida me contó que lo había visto en Madrid dijo, su voz temblando levemente entre la ansiedad y la puesta en escena. Cruzaron apenas un par de palabras, pero supo que Daniel hasta se había cambiado de apellido. ¿Cómo podría hallarle yo sola? Por favor, les pido ayuda, quizá alguien lo ha visto
Miró a cámara fijamente, forzando en su rostro la mayor expresión de congoja que supo. Su mirada, repleta de dolor callado, parecía buscar atravesar la pantalla para llegar al corazón de los televidentes.
Hace poco tuve que ingresar en el hospital añadió, y, ahora sí, su voz traslucía auténtica inquietud, y comprendí que los años pasan factura. ¿Quién sabe cuánto tiempo me queda? Mi mayor sueño es ver a mi hijo de nuevo, abrazarle y decirle que todo está perdonado, y que soy yo quien le debe pedir perdón
En la pantalla apareció una foto de un joven que rondaba la veintena. Cabello rubio, ojos grises azulados, alta estatura; un chico simpático, pero sin rasgos muy concretos. Uno de esos rostros que ves por la calle y pronto olvidas. Elena no pudo evitar detener la mirada en la imagen. Tras tantos años, seguramente Daniel ahora sería otro: tal vez barba, otro peinado, más maduro. Puede que llevase gafas o hubiera ganado peso Todo eso sólo multiplicaba la sensación de que dar con él era casi imposible. La esperanza parecía tenue, remota, pero Elena rechazaba dejarse caer en el derrotismo.
Si alguien reconoce a este chico, les ruego que contacten con nuestro programa dijo el presentador, con voz serena. El teléfono aparece al pie de la pantalla.
Terminó la grabación y Elena, tras despedirse del equipo, se encaminó despacio hacia la salida. Mantuvo el papel hasta el final; así, sería más efectivo.
Al salir, giró discretamente hacia su amiga, la misma que la había animado a participar en la televisión. En la expresión de Elena titilaba una satisfacción oculta, apenas perceptible.
¿Qué? ¿Crees que resultó convincente? preguntó en voz baja, con un deje de orgullo. ¿La gente se ha enternecido?
Tamara, que no apartó atención del público durante el programa, pudo corroborar que lo habían conseguido. Varias espectadoras se secaban las lágrimas en silencio, otras cuchicheaban con la cabeza inclinada. Una ligera sonrisa recorrió los labios de Tamara.
Las señoras del público casi lloran de penasusurró. Seguro que pronto sabrás dónde vive tu hijo y podrás exigirle la compensación por todo lo que invertiste en él. Ya está bien que él viva de lujo y a ti ni un euro, ¿no?
Elena apretó sutilmente los labios. No le agradaba del todo el tono directo, casi cínico de su amiga. Aunque en el fondo, Tamara no andaba desencaminada.
Hasta hacía poco, Elena rara vez pensaba en Daniel. Los recuerdos saltaban de vez en cuando, fugaces, sin nostalgia ni pena real. Todo cambió cuando Tamara se cruzó por casualidad con un conocido que había visto recientemente a Daniel en Madrid, y que le habló de su nueva vida.
Un coche de lujo no sólo caro, verdadero objeto de deseo. Un traje de diseñador, cuyo precio se medía en decenas de miles de euros. Un reloj de encargo con grabado y mecanismo artesanal, imposible de ver en una tienda. Cuando Daniel salió de uno de los restaurantes más exclusivos de la capital, quedó claro: no sólo ganaba bien, sino que sabía gastar a lo grande. Un par de horas en un local donde la cuenta rara vez baja de varios miles, hablaba por sí solo de su posición.
A Elena ni siquiera le interesaba fingir interés por la vida de su hijo: lo suyo era el dinero ¡y Daniel estaba obligado a dárselo! Al fin y al cabo, ¡ella le dio la vida! Ahora le tocaba devolverlo todo.
Tranquila, lo encontrarán seguro repitió, casi para sí. Sólo falta esperar un poco ya verás como no me faltará de nada
Y es que estaba convencida de que Daniel no osaría rechazarla. Si estaba metido en altos círculos, escándalos familiares no le convenían. Tendría que representarse como el hijo perfecto ante la prensa, sumando puntos de cara a los suyos. Después de tanta exposición, ¡no le quedaba otra opción!
Ingenua No podía sospechar que estaba cayendo en una trampa sutil que le tendía su propio hijo
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Doce años atrás.
Daniel regresó a casa sobre las nueve de la noche. Aquel día había sido agotador: acababa de presentar el examen más difícil de todo el ciclo universitario. Tenía la cabeza llena de fórmulas e ideas, los ojos doloridos por tantas horas de estudio, el cuerpo rendido. Lo único que deseaba era refugiarse en su cuarto y dormir un día entero. Pero Daniel intuía bien que no le iban a dar semejante lujo.
Antes de abrir, escuchó voces elevadas al otro lado de la puerta. Una masculina, dura, áspera; y otra femenina, más frágil, explicando a la defensiva. Otra vez ese hombre en casa Daniel frunció el ceño; parecía que aquel individuo sabía elegir siempre el peor momento para montar una escena.
Colocó la llave en la cerradura y abrió despacio. Esperaba poder atravesar el pasillo hasta su cuarto sin ser visto guardando las conversaciones para mañana. Pero casi tropezó con varias maletas enormes, justo en la entrada.
Se detuvo, sorprendido. ¿Sus maletas? ¿Por qué estaban ahí? Miró mejor y reconoció enseguida su equipaje, el mismo para viajes. Un mal presentimiento le agitó el pecho.
¿Qué es esto? ¿Mis cosas? ¿Quién las ha puesto aquí? ¿¡Qué está pasando!? exclamó, la voz más fuerte de lo planeado.
El silencio cayó de golpe. A los pocos segundos, su madre apareció en el pasillo.
El rostro de Elena cambió enseguida a un gesto de disgusto arrugando la nariz, bufando casi, girándose sin mirarle para volver atrás. Daniel la siguió con la mirada, incapaz de entender qué pasaba, pero sabiendo que no era una charla familiar más.
Dejó sus libros en el suelo y se encaminó resuelto a la cocina, de donde procedían las voces. La puerta estaba entreabierta y bastó asomarse para observar la escena: a la mesa, aquel hombre Ricardo, con la actitud de quien se siente dueño de la casa; un brazo apoyado en la silla, la otra mano sujetando su taza. Le lanzó a Daniel una mirada oz y volvió a conversar con Elena.
Sintiendo cólera, avanzó hacia ellos.
¿Y este qué hace aquí? preguntó, mirando a su madre.
¿Todavía no se lo has dicho? rió Ricardo, jugueteando con el móvil. ¿A qué esperas, mujer?
¡No habléis de mí como si no oyera! suplicó Daniel, la voz vibrando de indignación. ¡Tengo derecho a estar aquí, al contrario que usted! ¿Quién es y por qué ha traído a su hijo al piso?
Sus palabras iban a más, pero Elena le interrumpió. Se giró hacia él, sin rastro de duda ni rubor. Con fría naturalidad, casi como quien anuncia la hora, dijo:
Desde hoy dejarás de vivir en esta casa. Tu antiguo cuarto ahora será para el hijo de Ricardo.
Daniel enmudeció, atónito. Buscó en el rostro de su madre algo de ternura, un resquicio de humanidad. Pero Elena mantenía la espalda erguida, la mirada firme, los labios fruncidos. Ricardo alzó apenas la taza, como dando su conformidad.
¿En serio decís que puedo o no puedo vivir aquí? su voz temblaba, aunque se esforzaba en ser firme.
Daniel estaba devastado. Sabía que su presencia dificultaba los planes sentimentales de su madre, pero ¿echarlo así, de un día para otro, sin previo aviso, sin dialogar? ¡No lo podía comprender!
Papá quería dejarme este piso intentó argumentar, aferrándose a algún asidero.
Elena cruzó los brazos y alzó la barbilla. Por un segundo, su rostro dibujó una expresión afligida, tan fingida que Daniel la percibió como una burla.
Eso era su deseo, pero la muerte llegó sin avisar expuso fríamente. No le dio tiempo a cambiar el testamento, así que sigue vigente el anterior, el de antes de nacer tú. Recuerda: la única propietaria soy yo, y yo decido quién vive aquí. Desde hoy te está prohibido regresar sin mi permiso. ¡Ya eres mayorcito! ¡Basta de ampararte en las faldas maternas!
La humillación de cada palabra se grababa en la memoria de Daniel. Era el adiós definitivo a su casa, a sus raíces, a cada rincón conocido desde la infancia.
Un tic nervioso agitó su ojo, síntoma claro en sus momentos de mayor estrés. Una sospecha cruzó fugazmente su mente: ¿y si la muerte de su padre no fue un accidente? ¿Y si su madre necesitaba deshacerse de testigos para quedarse con el piso?
Ricardo, siempre ajeno, seguía bebiendo de la taza que fuera de su padre. En ese momento, la injusticia se hacía enorme.
¿Habláis en serio? Daniel miró a su madre buscando debilidad en sus gestos. Pero no halló ni un atisbo de piedad. ¿Vais a echarme de verdad?
Elena se encogió de hombros, indiferente.
Tus cosas están ya empaquetadas. Desde hoy vive aquí otra persona. ¡Ni se te ocurra volver sin mi permiso!
¿Me estás echando a la calle? ¿Dónde voy a dormir? preguntó con voz quedísima.
Él aún aguardaba que todo fuese una mala broma, una especie de prueba cruel. Pero su madre sólo le devolvió una mirada gélida.
Deseaba saltar, agarrar por la solapa a Ricardo, el usurpador, y gritar: ¿Tú quién eres para decidir mi vida?. Pero solo apretó los puños y tomó aire profundamente.
No vas a quedarte en la calle soltó Elena, con total despreocupación. Tienes amigos, alguno te acogerá. A partir de ahí, te las apañas.
Lo dijo como quien ordena cambiar un mueble de sitio. Daniel notó como todo dentro de él se enfurecía, pero logró no dejarse arrastrar por el resentimiento.
Y una cosa más añadió Elena, alzando la barbilla. Me he quedado con el dinero del último curso de universidad. Si quieres terminar, te lo ganas tú. Me viene bien para la boda.
Aquellas palabras le hirieron más que ninguna. No solo le expulsaba, sino que cerraba toda vía de ayuda, cortando su futuro con la mayor frialdad.
No iba a suplicarle ni entonces ni nunca. Asumía ya el reto: pediría una excedencia, buscaría trabajo, ganaría el dinero, acabaría la carrera solo: tenía cabeza, manos y determinación.
Daniel asintió al fin, aceptando la realidad. Buscó en la mirada de su madre alguna huella de amor materno; sólo halló inflexible determinación. Supo, entonces, que la confianza estaba ya irremediablemente rota.
Jamás podría perdonarla.
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¿Lo has visto ya? susurró con ansia Nicolás, inclinándose sobre el escritorio con el móvil en la mano. Me lo pasó una amiga tuya de Valladolid. Acaban de emitirlo en la televisión.
Daniel alzó despacio la vista de la carpeta de documentos que revisaba. Una avalancha de emociones se arremolinó en su interior: satisfacción amarga, una ironía callada.
Sí, lo vi respondió simplemente, con una mueca de ironía. Lo que quería: el marido de Tamara no calló sobre nuestro reencuentro. Justo lo que pretendía, que mi madre supiera lo que perdió.
Se reclinó en el sillón, acariciando su corta cabellera. Pasaban por su mente los pasajes de aquel programa, la imagen estudiadamente dolida de su madre hablando del hijo perdido. Doce años atrás le quitó el hogar y el futuro. Ahora, escenificaba desesperadamente un papel de amor imposible.
Sí: Daniel se había vengado, no con estridencia, sino con la calculada exhibición de una vida bien construida sin el menor aporte materno. Ahora era ciudadano en otro país, con ingresos sólidos, carrera y futuro, todo logrado por sí mismo.
Ahora su madre sabría: si hubiera actuado diferente, habría contado con su ayuda. Pero eligió a otro, le quitó hasta el dinero de la última matrícula y le echó de casa sin dudar.
Pronto también sabría lo principal: no recibiría ni un euro, ni un gesto, ni una palabra. Todo quedó atrás. Su futuro sería suyo, sin sus consejos ni sus trampas.
Aquella mujer no haría mella en su vida. Ni física ni emocionalmente. Y eso, al fin, era todo lo que importaba.







