Divorcio implacable: la historia de Olga y Arcadio

Madrid, 12 de septiembre

Hoy vuelvo a la oficina después de tres semanas de ausencia y, al cruzar la puerta, Dolores me mira con esa curiosidad que tanto me ha desconcertado. ¿Cómo te ha ido? me pregunta, intentando disimular la inquietud. Bien, nada del otro mundo le respondo, aunque la espalda me duele como una mula después de los tantos viajes que he fingido.

Dolores insiste, como si esperara una excusa. ¿No puedes negarte a ir? dice, mirando al horizonte con esa melancolía que a veces la traiciona. Ahí tienes el problema susurro, pensando en cómo, más allá de ti, nadie me espera y, sin embargo, no quiero decepcionar a los compañeros. Lo entiendo, cariño le contesto con suavidad. Sé que no lo comprendes todo, pero entiendo bastante.

En el fondo ya sabía que mis supuestos viajes de trabajo nunca ocurrieron. Tenía la sospecha de que había estado con otra mujer, y esa certeza me impulsó a mantener la calma, aunque el corazón me latía con fuerza. Esa mañana, mientras buscaba mi pasaporte bajo el sofá, me di cuenta de que había dejado el mío en casa. ¿Cómo puede irte sin pasaporte? pensé. Llamé a Antonio, mi colega, para confirmar si estaba realmente en el tren. Su respuesta fue vaga, pero suficiente para alimentar mis dudas. Si no tenía documento, o estaba mintiendo, entonces aquel viaje era una invención. La conclusión era inevitable: había otra mujer y él estaba con ella en aquel momento.

A la hora de la cena, Dolores llegó a la empresa antes de las ocho, esperando observar mis movimientos. La esperaba fuera del control de acceso y, cuando entré, pensé que quizá no había otra persona involucrada. Sin embargo, al terminar la jornada, la seguí discretamente. Resultó que varios vecinos del edificio eran muy charlatanes; una tal Verónica, de treinta y cinco años, soltera y con un piso recién comprado, había entablado amistad con Antonio hacía seis meses. Aquella información se esparció como pólvora y, aunque mi interior me decía que tuviera más cautela, la curiosidad ya estaba en marcha.

Una voz interior surgió entonces, como un eco en mi mente: No es momento de pelear. ¿Por qué no? replicó mi orgullo. Porque estás temblando, la respiración se te acelera y el odio invade tu pecho. ¿Te has mirado al espejo? ¿Cómo pretendes iniciar una conversación en ese estado? Recuerda: si estallas, ambos acabarán siendo objeto de lástima y, al final, se reirán de mí por haber desaparecido de sus vidas.

Ese susurro interior me devolvió la frialdad necesaria. Decidí que la separación debía ser silenciosa, fría y calculada, para que el golpe al orgullo de Antonio fuera lo más doloroso posible. Ideé un plan:

Le diré que nos separamos, sin más.
Él me preguntará por qué.
Yo responderé que no hay razón, que simplemente lo he decidido.
Haré todo con una sonrisa vacía, sin caer en discusiones.

El plan me pareció perfecto; la voz interior me animó: Hazlo con indiferencia, con audacia y serenidad; será el puñal más profundo para su ego.

Los primeros días después de su regreso, fingí creer en sus historias de trabajo y de viajes imaginarios, alimentando la ilusión de una relación que ya no existía. Cuando llegó a casa, se lanzó con entusiasmo: ¡Amor, aquí estoy! gritó, como si fuera un conejito que vuelve a su madriguera. Yo, imperturbable, me quedé en la cocina con una taza de té y un pastel, sin levantar la vista. Tarde pensé, sintiendo que todo había cambiado.

Antonio empezó a quejarse del exceso de tareas y de los supuestos desplazamientos sin descanso. Yo respondí con frialdad: Me da igual. Su silencio fue como un golpe, y él quedó perplejo ante mi indiferencia. Bebí el té a sorbos, comí el pastel directamente de la caja, sin cortarlo, como si su presencia ya no fuera importante.

Entonces, con voz gélida, le dije: Nos divorciamos. Miré sus ojos y traté de que mi mirada fuera tan desafiante como fuera posible. ¿Entiendes? El divorcio es simple, sin motivo, sin explicación. Repetí, mientras él se quedaba atónito. Intentó protestar, pero mi respuesta fue un seco Vete. Me levanté y me dirigí a otra habitación, declarando que ya no compartiría pastel ni explicaciones.

El clima se volvió aún más gélido; el resentimiento de Antonio iba en aumento mientras yo permanecía inmóvil, observando cómo el hielo se espesaba a nuestro alrededor. Cuando intentó retomar la conversación, solo obtuve un Déjame en paz, estoy descansando. Su frustración se transformó en ira, pero yo seguía firme, como una estatua de mármol.

En medio de ese silencio, sonó el timbre: llegaron mis hijas, Inés y Carmen, acompañadas de la madre de Antonio, Verónica. Las dos jóvenes, con la determinación que solo el dolor les puede dar, repitieron la misma frialdad que yo mostraba. La madre quiere el divorcio, sin dar razones. dijeron. No hay necesidad de buscar motivos cuando hoy en día las mujeres se separan así. Añadieron. Deberías irte. Este piso es de la madre, y tú lo mejor será vivir con la abuela en el pueblo.

Antonio intentó comprender la situación, pero la presión era demasiado. Verónica, Inés y Carmen formaron un frente unido; el divorcio se había convertido en un hecho consumado, sin espacio para el amor pasado.

Al final, le propuse que recogiera sus cosas y se marchara, subrayando que mi decisión era definitiva e intransigente. Él nunca llegó a entender cuál había sido el punto de inflexión. Lo único que quedó fue una amarga conclusión: el castigo más doloroso es el silencio, la indiferencia y una separación sin explicaciones, donde las palabras pierden su sentido y la esperanza se desvanece.

Lección personal: a veces, el mayor daño no proviene de la ira explosiva, sino de la calma imperturbable que niega cualquier reconciliación. El orgullo y la frialdad pueden destruir más rápido que cualquier grito, y es mejor aprender a reconocer cuándo el silencio ya no es una defensa, sino una sentencia.

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