Ira era implacable en su trato. Desde que sus compañeros la conocían, siempre decía las verdades como puños. Y no importaba si querías escucharlas o no.
Por ejemplo, Lucía pasó toda una mañana coqueteando con el nuevo administrador. Entre risitas y miradas, despachaba los pedidos a toda prisa. No caminaba, volaba por la oficina. *”¿Sabías que su mujer está en el hospital de parto?”* preguntó Ira, seca. Y así, como un globo pinchado, se acabó el flirteo.
O estaba Vega, que llevaba meses intentando dejar de fumar. Parches, caramelos especiales, nada funcionaba. Hasta que compró un cigarrillo electrónico “milagroso”. Cada media hora salía a vapear. *”¿Te has molestado en leer la composición de ese chisme?”* la fulminó Ira. *”Yo tampoco. Nadie la ha visto. Curioso, ¿no?”*
Todos evitaban cruzarse con Ira. Nadie quería ser el siguiente en recibir una de sus pullas. A ella, en cambio, le daba igual. La verdad seguía siendo verdad… aunque a nadie le importara.
Cuando Ira se fue a una formación a otro país, todos respiraron aliviados. Fumaban en la esquina, coqueteaban con los clientes nuevos, organizaban juergas los viernes y se besaban en los rincones oscuros de la oficina. Casados, solteros, da igual.
Ira regresó tres semanas después. Siempre impecable, con vestidos ceñidos, tacones altos, perfume intenso y maquillaje perfecto. Pero esa vez entró con unos vaqueros gastados y un jersey enorme, dos tallas más grande. Ni rastro de pintalabios. El pelo recogido en un moño descuidado. Gafas de sol que no se quitó hasta encerrarse en su despacho. Y en lugar de su aroma habitual, el ligero *Truth* de Calvin Klein.
Lo más llamativo: no reprendió a la secretaria por no tener los documentos listos. No regañó al administrador por hablar con su mujer por teléfono. Pasó de largo ante las cajas de archivos donde revolvía el abogado. Todo quedó sin comentario.
*”No superó la formación”*, sentenció el abogado.
*”Estará enferma”*, sugirió la secretaria.
*”¡Está enamorada!”* soltó Lucía, riendo.
*”¿Y por eso lleva un jersey de talla XXL?”* se burló la traductora.
*”En una hora hay reunión. Mejor prepararse en vez de cotillear.”*
Pero al cabo de esa hora, Ira no apareció. Todos esperaban. Impacientes. Nerviosos.
De pronto, el administrador, apostado junto a la ventana, gritó:
*”¡Mirad, ahí está!”*
Todos corrieron hacia el ventanal.
Al otro lado de la calle, en una cafetería, estaba su Ira. Pero diferente. No solo por la ausencia de maquillaje o el moño despeinado. No. Era porque un hombre, sentado frente a ella, le contaba algo… e Ira reía. **Su** Ira. **Riendo.**
Nadie apartó la vista, como si dudaran de que fuera la misma mujer cortante, amargada, siempre al borde del sarcasmo.
*”Esta mañana no encontré mi blusa”*, le confesó Ira a Sergio con una sonrisa. *”Me puse tu jersey.”*
*”Prefiero cuando no llevas nada”*, respondió él, provocador.
Ira enrojeció y le dio un golpecito en el hombro. *”Basta.”*
*”No puedo”*, susurró él, acercándose. *”Hay que terminar pronto y venirte conmigo. O que yo vaya a tu casa. Da igual. Desde que nos conocimos en el aeropuerto, todo ha cambiado.”*
*”Sí.”*
*”Por cierto”*, murmuró él, *”llevas el jersey al revés.”*
*”¡Maldita sea!”*
*”Así que sí o sí tienes que venir a mi casa para quitártelo.”*
Ella rio, sacó el móvil y marcó un número. En la sala de reuniones, sonó el teléfono de recepción.
*”¡Empresa Tal, buenos días! ¿Ira? Ah, sí… Le esperan en la reunión. ¿Que no vendrá? ¿Está enferma? ¡Vaya! Que se mejore.”*
La secretaria irrumpió en la sala: *”¡Nuestra Ira está enferma!”*
*”Ya lo vemos”*, masculló el administrador. Todos clavaron la mirada en Ira, perfectamente sana, subiendo al coche de aquel desconocido. Desaparecería varios días. Y mejor no llamarla.
*”¿Por qué?”* preguntó la secretaria.
*”¿Alguna vez has venido a trabajar con el jersey del revés?”* Lucía ladeó la cabeza, maliciosa. *”O has llevado gafas de sol para ocultar lo bien que pasaste la noche… Cuando te da igual ir sin maquillaje porque tu mente está en otra parte, con él.”*
El silencio fue espeso. Lucía se levantó.
*”Enferma, no superó la formación… Ya dije que estaba enamorada. Y ahora nuestra Ira es otra.”*
*”¿Por cuánto tiempo?”* gruñó el administrador.
Lucía lo miró con superioridad.
*”Eso, querido, depende de vosotros, los hombres.”* Y salió de la sala.





