Llevo muchos años ejerciendo como matrona, y en todo este tiempo me he enfrentado a historias de toda índole: algunas entrañables, otras menos agradables. Rara vez los enfermeros nos entrometemos en las decisiones de las familias, pero hace poco me vi obligado a intervenir para ayudar a una joven universitaria que, de manera inesperada, tras dar a luz a una preciosa niña, quiso entregarla en adopción inmediatamente.
Carmen, así se llamaba la muchacha, llegó al hospital de Salamanca con una serenidad que me sorprendió. Había llevado el embarazo durante nueve meses sin acudir ni una sola vez al médico. Cuando intenté averiguar la razón, no quiso responder a mis preguntas, y en los momentos previos al parto, las prisas no me permitieron insistir.
La labor de parto de Carmen fue ejemplar, mucho más tranquila que la de quienes habían asistido a cursos de preparación. Apenas si emitía algún quejido, cumplía con cada una de mis indicaciones, sin contratiempos. Cuando tuve en mis brazos a la pequeña, llorando con fuerza y anunciando su llegada al mundo, Carmen también se quebró en lágrimas. Sus ojos se llenaron de emoción, y yo la animé con palabras de victoria: la niña estaba sana, era motivo de alegría.
Sin embargo, al pasar a la planta, Carmen confesó que quería dar a la niña en adopción. Solicité que los servicios sociales fueran avisados, tal como ella pedía.
Todos intentamos hacerle cambiar de parecer, persuadirla de que quizás actuaba por impulso, pero Carmen se negaba a darle el pecho a la recién nacida y rogaba que la dejaran tranquila.
La niña, por su parte, rechazaba el biberón con leche artificial, pero se agitaba al percibir el aroma de su madre, buscando con ansia el pecho que seguía sin encontrar
La recién nacida empezó a perder peso. En mi siguiente turno decidí ignorar las advertencias de mis compañeros y la llevé de nuevo junto a Carmen. Le expliqué que ese rechazo ponía en riesgo a la niña y, casi exigiéndoselo, la animé a que la amamantara. Al notar que la pequeña se agarraba al pecho con avidez, salí de la habitación con la excusa de atender otros asuntos, dejándolas a solas.
Media hora después, al regresar, encontré a ambas dormidas, la madre abrazaba con ternura a su hija. Poco después, Carmen salió al pasillo con la niña y se sentó frente a mí. Comenzó a hablar en voz baja.
Resultó que el padre de la niña era un empresario bastante conocido en Valladolid. Tenía familia propia y, al enterarse del embarazo, presionó a Carmen para que abortara, pero ella prefirió seguir adelante. Cuando él contó todo a su esposa, esta aceptó sus disculpas, pero fue ella quien arremetió contra la joven, exigiendo que se deshiciese del bebé. Ni dinero ni amenazas sirvieron: después, el hombre desapareció de la ciudad y su mujer no cedía en su empeño de que Carmen entregara a la niña.
Al concluir su historia, Carmen me miró sin miedo y me dijo:
Quiero quedármela, pero no sé cómo voy a sacar adelante a la niña en un piso de estudiantes, sin dinero
Al escucharla, no pude hacer otra cosa que felicitarla y animarla a seguir luchando. Nuestro jefe tenía buenos contactos en Valladolid, así que fue posible localizar al padre y solicitar una cita. Para sorpresa de todos, acudió sin demora unas horas después y hablamos de todo lo que el futuro inmediato exigía para Carmen y su bebé. No esperaba que fuera tan correcto.
Al salir del hospital, Carmen alquiló un pequeño piso en Valladolid; el padre de la niña pagó un año íntegro por adelantado y le entregó lo suficiente en euros para cubrir sus necesidades inmediatas, comprometido además a cuidar de su hija en el futuro. Parece que despertó su sentido de responsabilidad y comprendió el peso de sus acciones. Ignoro cómo se resolverá la vida de Carmen y su pequeña, pero espero sinceramente que consigan formar una familia y que la niña tenga toda la felicidad que merece.
Esta vivencia me ha enseñado que una simple muestra de humanidad o una palabra de aliento pueden cambiar el rumbo de una vida. A veces, lo esencial es confiar en la fuerza de una madre y tenderle la mano, aunque los demás no lo comprendan.





