Llevaba muchos años siendo matrona y, durante este tiempo, he vivido situaciones tanto hermosas como difíciles. En nuestro hospital, raras veces el personal interviene en los asuntos familiares de las mujeres que dan a luz, pero hace poco sentí que debía hacerlo para ayudar a una joven estudiante universitaria que dio a luz a una preciosa niña y quería entregarla inmediatamente en adopción.
La muchacha se llamaba Inés. Llegó al Hospital Clínico de Madrid, embarazada después de nueve meses sin haber ido jamás al médico. Rechazaba contestar a mis preguntas sobre los motivos y, antes del parto, tampoco tuve tiempo de indagar.
El parto de Inés fue ejemplar, muy diferente al de otras que habían asistido a clases de preparación. Solo se escuchaban sus susurros discretos, cumplía con todas mis instrucciones y la niña nació sin complicaciones. Cuando tuve a la pequeña en brazos, llorando con fuerza y anunciando su llegada al mundo, Inés también rompió a llorar. Sus lágrimas me conmovieron y le expliqué que la niña estaba sana, que teníamos motivos para sentirnos felices por ese milagro.
Sin embargo, ya en planta, Inés pidió que se notificara a los servicios sociales, porque deseaba dar a la niña en adopción. Intentamos persuadirla de que no tomara una decisión precipitada, pero la joven madre ni quiso acercar a su hija al pecho y rogaba que la dejaran tranquila.
La pequeña, a diferencia de otros recién nacidos, no aceptaba la leche artificial; al oler el pecho materno, abría la boca con ansias y giraba la cabeza buscando lo que no encontraba.
La niña empezó a perder peso y, en mi siguiente turno, la tomé en brazos y la llevé a la habitación de Inés, aunque todos me desanimaban. Le expliqué que su rechazo podía dañar la salud de su hija, y casi exigí que la alimentara. Cuando Inés acercó a la niña al pecho, ésta empezó a succionar con entusiasmo, y yo, con la excusa de una urgencia, salí y las dejé a solas.
Al regresar media hora después, vi a madre e hija dormidas, abrazadas suavemente. Poco después, Inés salió al pasillo con la pequeña, se sentó junto a mi mesa y comenzó a hablar.
Me contó que el padre de la niña era un empresario conocido de Salamanca, casado y evidentemente disgustado por el embarazo. Insistió en la interrupción del mismo, pero Inés decidió dar a luz. Al conocer la decisión, el empresario confesó todo a su esposa, que le perdonó y, a su vez, se lanzó contra Inés, exigiendo que se deshiciera del bebé. No sirvieron ni los euros ofrecidos, ni las amenazas. Después, el empresario desapareció del pueblo, mientras su esposa presionaba para que la niña fuera entregada en adopción.
Al terminar su relato, Inés me miró directamente y dijo:
Quiero quedarme con ella, pero no sé cómo voy a manejarme en la residencia de estudiantes y sin dinero
Al escucharla, me sentí orgullosa y la animé. Nuestro jefe de servicio tenía buenos contactos en la ciudad, así que no fue complicado localizar al padre y pedirle una reunión. Para sorpresa nuestra, el empresario ni trató de evitar el encuentro; acudió unas horas después y hablaron largo y tendido sobre el futuro de Inés y la niña. Debo admitir que su reacción fue más decente de lo que imaginábamos.
Al recibir el alta hospitalaria, Inés alquiló un piso en Madrid, cuyo alquiler fue pagado por el padre por adelantado para todo el año. También le entregó una cantidad suficiente para que, al principio, no le faltara de nada, y prometió cuidar de su hija en adelante. Es probable que el padre redescubriera su responsabilidad y su conciencia le hiciera entender que los actos tienen consecuencias.
Desconozco cómo será el futuro de Inés y su hija; solo espero que consigan formar una familia en la que esa niña crezca feliz. La vida a veces nos pone ante decisiones difíciles, pero tener el valor de enfrentar la realidad y cuidar a quienes nos necesitan puede convertir el dolor en esperanza y enseñarnos que siempre existe la posibilidad de construir algo bello a partir de nuestra sinceridad y coraje.







