Diez años trabajando de cocinera en la casa de mi hijo y ni una muestra de agradecimiento.
Cuando llegué a los 55 años, terminé mi carrera de maestra y me jubilé. Durante diez años viví en la casa de mi hijo, en Madrid, con su familia. Hace poco nos vimos y me contó, con gran alegría, que ha vuelto a jubilarse, por segunda vez.
Recuerdo muy bien cómo, nada más dejar el trabajo, decidí mudarme a casa de mi hijo. Mi piso en Chamberí lo cerré y, no sé muy bien por qué, nunca lo alquiléquizá por miedo, quizá por inseguridad. ¡Quién sabe!
Las relaciones con mi nuera siempre fueron buenas. Nunca nos peleamos ni discutimos. Aprendimos a convivir en una paz casi admirable.
Pienso sinceramente que mi mujer realizó una hazaña. Empezó su convivencia con ellos cuando el nieto apenas tenía un año. Vivió con ellos una década entera.
Mi nuera, Isabel, volvió pronto al trabajo, así que la carga de la casa recayó sobre la abuela. Y lo llamo carga porque cuidar de un bebé no es tarea fácil. Es una responsabilidad que no acepta cualquiera, y menos durante tanto tiempo cada día.
De sol a solella era niñera, cocinera, y muchacha de la limpieza. Los jóvenes llegaban a casa casi a las ocho de la tarde, y solo entonces podía ella descansar un poco antes de que, al día siguiente, todo empezara de nuevo.
Cuando el niño, Sergio, empezó el colegio, la tarea tampoco desapareció. Tenía que llevarlo todas las mañanas en autobús y recogerlo, hasta que pasó a quinto. Todo esto, sin dejar de encargarse de la cocina y la limpieza.
Me contaba que, por las noches, a veces ni siquiera podía ver la televisión del cansancio: se quedaba dormida enseguida.
Ni tiempo de salir con amigas, ni distracciones. En las fiestas, los jóvenes se iban con sus amistades a celebrar y, ¿quién se quedaba con el niño? Claro, ella.
El chico iba para los diez años cuando algo cambió por casualidadsi no, mi mujer habría seguido “trabajando” en aquella casa. Una tarde escuchó que Isabel le decía a mi hijo, Francisco: Tu madre echa demasiado detergente cuando lava la ropa, por eso huele mucho a producto. Díselo tú, pero suavemente. Diez años lavando la ropa, ¡y nunca antes dijeron nada!
Lo ignoró. Procuró controlar la rabia y no darle importancia.
El siguiente golpe no tardó mucho. Un día, Isabel le sugirió que le dejara la habitación al niño y que ella se mudara a la sala de paso. Entonces entendió que era momento de marcharse.
Empacó sus cosas, volvió a su piso, lo dejó limpio y frescoy regresó a vivir sola. Lo curioso es que mi hijo y su esposa se ofendieron mucho por su partida. Se creían que ella estaría toda la vida en su casa, trabajando hasta el final de sus días. Se acostumbraron.
Lo triste es que nadie parecía preocuparse por ella; sentían que era lo normallavar, cocinar, limpiarcomo si no cansara y como si no existiera como persona. Se enfadaron y hasta dejaron de hablarle por completo. Pero mi mujer es optimista. Confía en que la relación se pueda arreglar.
Ahora, por fin, tiene una verdadera alegría: puede vivir para ella misma. Ya no tiene prisa por nada. Y responsabilidades tampoco quedan. ¿Qué necesita uno para estar bien?
¡Así es la vida! Con sesenta y cinco años, la felicidad vuelve. Como decía aquella canción de Antonio Molina: La segunda juventud espera a quien supo guardar la primera.
Le tocó vivir la magia de sentirse libre. El derecho de vivir para sí misma. Esa absoluta liberación de las obligaciones.
Puede que la palabra sea egoísmo, pero yo lo llamo generosidad absoluta.
Me doy cuenta de que esto pocas veces se aprecia en su justa medida. Ni siquiera nuestros propios hijos. Porque es fácil acostumbrarse a que alguien lave y cocine, ponga la mesa, recoja los platos, prepare la ropa limpia. Que el niño esté seguro, bien comido, acostado puntualmente, con los deberes hechos. Nos acostumbramos tanto, que olvidamos cuánto hay detrás de todo eso.
La lección que me queda es clara: No hay que dar nunca por hecho el esfuerzo callado de alguien que dedica su vida a los demás. Uno se acostumbra demasiado rápido a la comodidad, y olvida agradecer. Y eso no debería suceder jamás.



