Diez años trabajando como cocinera en casa de mi hijo sin una sola muestra de agradecimiento: la historia de una maestra jubilada que vivió una década con su familia y finalmente recuperó su libertad

Durante diez años trabajé de cocinera en la casa de mi hijo, y ni una pizca de agradecimiento.

Hoy escribo con la memoria fresca de una charla reciente con Matilde, compañera de la infancia y maestra jubilada. Ella me contó, muy animada, que se había jubilado por segunda vez. Me hizo recordar aquel momento, hace años, cuando Matilde, recién apartada de las aulas, se mudó a vivir con su hijo, en su piso de Madrid. Cerró su propio apartamento. Nunca entendí por qué no lo alquiló; tal vez tenía sus temores. Quién sabe.

En casa de su hijo, con la nuera, lograron mantener un trato cordial, sin peleas ni discusiones. Compartían el día a día con sorprendente armonía.

Matilde fue una verdadera heroína. Su convivencia comenzó cuando el nieto tenía apenas un año, y acabó por pasar allí diez años. La nuera se reincorporó al trabajo, y todo el peso del hogar cayó sobre Matilde. No encuentro otra palabra: asumió el caos cotidiano. Cuidar de un niño pequeño no es poca cosa; se necesita una entrega tal que pocos aceptarían.

De la mañana a la noche era niñera, cocinera y asistenta. Los jóvenes regresaban a las siete de la tarde y solo entonces podía sentarse, descansar un poco para enfrentarse al siguiente día.

Cuando el nieto empezó el colegio, la rutina se hizo más intensa. Matilde le acompañaba en autobús hasta el centro, y, claro, luego lo recogía. Así fue hasta casi quinto de primaria. Y nunca dejó de cumplir, además, con las labores de la casa.

Me confesó que, al final del día, a veces ni podía ver la televisión: el cansancio la vencía.

Sin amigas, sin salidas, sin nada. Los días festivos, los jóvenes se iban a celebrar con sus amistades, dejando al niño con ella. Siempre Matilde, siempre atenta.

El chico cumplió casi diez años y probablemente hubiese seguido Matilde “trabajando” en esa casa, si no fuera por una casualidad que le devolvió la libertad.

Un día, escuchó cómo la nuera le decía al hijo: “Tu madre echa demasiado detergente cuando lava la ropa, por eso huele a químico. Díselo suavemente”. ¡Diez años lavando la ropa! Y ahora esto.

Matilde tragó la tristeza y se contuvo.

Poco después, la nuera sugirió que dejara la habitación para el niño y que ella se mudara a la sala de paso. Fue en ese momento que comprendió que había llegado la hora de irse, como decimos en España, “es mejor cortar por lo sano”.

Recogió sus cosas, volvió a su apartamento, lo limpió y lo puso a punto. Se instaló de nuevo. Entonces vino lo inesperado: el hijo y la nuera se ofendieron por su salida. Quizá pensaban que Matilde pasaría el resto de su vida trabajando gratis para ellos. Se habían acostumbrado.

Lo más triste es que nunca la valoraron realmente. Veían normal que cocinara, limpiara, lavara y mantuviera todo. Creían que no se cansaba, que no tenía deseos propios. Se enfadaron y cortaron el contacto. Pero Matilde, optimista, no perdió la esperanza. Pensaba que algún día volverían a hablar.

Ahora, por fin, disfruta de verdad: tiempo para sí misma, sin prisas, sin cargas. ¿Qué más puede pedir uno para sí?

A los sesenta y cinco años, Matilde volvió a experimentar la alegría. ¿Recuerdan aquella canción? “La segunda juventud llega para quien supo guardar la primera”. Matilde lo vivió: el maravilloso sentimiento de libertad y el derecho a vivir para sí.

Puede parecer una expresión grandilocuente, pero es puro sacrificio.

Me doy cuenta de que pocos saben valorar esto. Ni siquiera los propios hijos. Rápido nos acostumbramos a que alguien limpie, cocine, sirva la mesa, lave la ropa, recoja y cuide a los niños. Nos sentimos tranquilos, sabiendo que nuestros hijos están bien cuidados, alimentados y atendidos con los deberes escolares. Es fácil acostumbrarse, hasta que un día, la entrega desaparece.

Hoy aprendí que el amor y la dedicación merecen gratitud, no solo costumbre. Bendita sea la libertad de quien ha dado tanto.

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Diez años trabajando como cocinera en casa de mi hijo sin una sola muestra de agradecimiento: la historia de una maestra jubilada que vivió una década con su familia y finalmente recuperó su libertad