Durante diez años trabajé como cocinera en la casa de mi hijo y nunca recibí un simple agradecimiento.
Paloma, una maestra jubilada a los 55 años, pasó casi una década viviendo con la familia de su hijo en Madrid. Recientemente nos cruzamos por casualidad y me contó, con una alegría serena, que por segunda vez había vuelto a jubilarse.
Recuerdo bien cómo, tras dejar el colegio, se trasladó al piso de su hijo. Había cerrado su propio apartamento y no lo había puesto en alquilerquizás por miedo, quién sabe.
En la familia de su hijo y su nuera, la convivencia fue siempre tranquila. No hubo peleas, ni discusiones. Compartían el día a día con una paz insólita.
Estoy convencida de que Paloma fue una auténtica heroína. Se mudó con ellos cuando el nieto apenas cumplía un año y permaneció junto a ellos cerca de diez. Cuando su nuera volvió al trabajo, todas las labores domésticas recayeron en ella. Lo llamo el infierno casero: cuidar del pequeño, cocinar, limpiar. No cualquiera se atreve.
Desde la mañana hasta la noche, hacía de niñera, cocinera, y asistenta. Los jóvenes llegaban a casa sobre las siete de la tarde. Solo entonces Paloma podía sentarse un rato, antes de que todo volviera a empezar al día siguiente.
Cuando el niño empezó la escuela, el asunto se complicó: ¡el autobús! Paloma lo llevaba y recogía cada día hasta quinto de primaria. Y, además, no se libraba de cocinar y limpiar, como siempre.
Me contaba que, a veces, ni siquiera podía ver la televisión por la nochese quedaba dormida por el agotamiento. Nunca tenía tiempo para amigas ni salidas. Los días festivos, los jóvenes iban a celebrar con amigos. ¿Y quién se quedaba con el niño? Siempre ella.
Ahora el nieto tiene casi diez años. Seguramente Paloma habría seguido trabajando en esa casa si no hubiera sido por un par de casualidades que le cambiaron la vida.
Un día escuchó a su nuera decirle al hijo: Paloma debe de echar mucho detergente cuando lava la ropa. La colada huele demasiado a productos. Díselo, pero sin que se moleste. ¡Diez años lavando ropa sin una sola queja!
Paloma se tragó la ofensa, intentando calmar la rabia. Pero el siguiente asunto no tardó en llegar: la nuera sugirió que la abuela dejara la habitación para el niño y que ella misma se fuera a dormir al salón.
Ahí comprendió que había llegado la hora de marcharse.
Preparó sus cosas y volvió a su piso. Lo ventiló, lo limpió y regresó a ella misma. Poco después, el hijo y la nuera se sintieron ofendidos por su marcha. Quizás pensaban que Paloma estaría allí hasta el fin de sus días, siempre disponible.
Lo triste es que, en realidad, nadie parecía lamentar su partida. Como si fuera normal que ella cocinara, lavara, y cuidara, sin cansarse jamás y sin vida propia.
Se enfadaron e incluso dejaron de hablarle. Pero Paloma es optimista y confía en que el tiempo cure los resentimientos.
Ahora vive feliz, por fin. Puede dedicarse a sí misma. No tiene prisas ni responsabilidades ajenas. ¿Y qué más necesita uno?
A sus sesenta y cinco se siente rejuvenecida. ¿Recuerdas la canción de Joan Manuel Serrat? La segunda juventud la alcanza, aquel que supo cuidar la primera.
Ella ha descubierto el poder de la liberación: el derecho a vivir para uno mismo, sin cadenas. Es una palabra bonita, pero es mucho más: auténtica generosidad.
A veces pienso que pocos son capaces de apreciar este sacrificio. Ni siquiera los propios hijos. Nos acostumbramos rápido a que alguien limpie, cocine, ponga la mesa, retire los platos, prepare la ropa limpia. Nos volvemos ciegos al cuidado que alguien dedica a nuestros hijos: darles de comer, arroparlos, ayudarles con los deberes. Es fácil acostumbrarse y olvidar dar las gracias.
La vida acaba enseñándonos que nadie debería perderse a sí mismo por cuidar de los demás. Ayudar sí, pero sin olvidar que también mereces vivir tu propia vida.







