Hace muchos años, en un pequeño pueblo de Castilla, vivía una joven llamada Inés, una muchacha sencilla y corriente, sin habilidades especiales, que creció entre campos de trigo y viñedos. Su madre, Manuela, siempre tuvo expectativas modestas respecto al destino de su hija. Solía decirle con resignación: Cuando termines la escuela, trabajarás de lechera o, si tienes suerte, de dependienta en alguna tienda. En este pueblo no hay nada más que puedas hacer, hija.
Sin embargo, Inés desafió esas previsiones. Al terminar el noveno curso, quedó encinta de un chico del pueblo, Jacinto, que era un año mayor que ella. Las familias se reunieron y, pensando en el bienestar del bebé, acordaron que la criatura se quedase al cuidado de la abuela paterna, pues Inés no se sentía preparada para hacer frente a la maternidad y Manuela carecía de medios económicos para ayudarla.
Después del parto, la vida de Inés dio un vuelco inesperado. Dejó atrás el pueblo y se marchó a Salamanca, donde ingresó en una escuela de bellas artes, siguiendo el deseo y el don que llevaba dentro. Allí, experimentó una vida completamente distinta: los fines de semana disfrutaba de bailes en locales de la ciudad, iba al cine, y paseaba de compras por la Plaza Mayor. Se sentía libre de las faenas pesadas del campo el huerto, acarrear agua, encender la lumbre y comenzó a ganar pesetas honradamente a través de su arte. Muy pronto decidió quedarse en la ciudad para siempre.
En el último año de la escuela de arte, volvió a quedarse embarazada y, a pesar de sus dudas y pensamientos de interrumpir el embarazo, finalmente trajo al mundo a su segundo hijo. Su prometido, Álvaro, les ofreció una habitación en la casa familiar. Sin embargo, combinar los estudios con el cuidado de un recién nacido era agotador, así que temporalmente envió a su hijo a vivir con Manuela al pueblo. Al poco tiempo, la madre de Inés falleció, lo que la obligó a traer a su hijo de vuelta a Salamanca.
El tiempo fue pasando, los inviernos se sucedieron, y la salud de Inés empezó a flaquear rápidamente. Recordó entonces a su primer hijo, que había crecido ya y se ganaba bien la vida en Valladolid. Comenzó a pedirle ayuda: un poco de dinero para comprar medicinas y comida, alguna carta cargada de remordimientos y súplicas. Se valía de la culpa y la nostalgia para obtener el apoyo de su hijo mayor. Finalmente, incapaz de soportar la presión, el muchacho la invitó a que se mudara a su ciudad, para poder atenderla de cerca.
Preparándose para irse, Inés recibió una visita inesperada del padre de su segundo hijo. Le pidió que dejase al niño con él, asegurando que le cuidaría y educaría bien. Inés, al principio, dudó que aquel hombre fuera verdaderamente capaz de asumir tal responsabilidad, pero finalmente aceptó, y así dejó a su hijo pequeño bajo la tutela de su padre, mientras ella partía en busca de una nueva vida junto a su hijo mayor, meditando sobre los caminos que había tomado su destino bajo el cielo de Castilla.





