Diario personal, Madrid.
Todavía me sorprende cómo acabé llevando dos apellidos ajenos en mi vida; ahora los niños de otra persona llevan el mío, y además, tengo que mantenerlos mientras ella es feliz con el padre biológico.
Voy a contar cómo pasé de ser el tipo simpático a convertirme en el cajero automático oficial de dos chavales que sólo me escriben cuando quieren dinero para el cine y luego me ignoran en Navidad.
Hace tres años comenzó todo. Conocí a Lucía, una mujer alucinante, separada, con dos hijos de 8 y 10 años. Me enamoré perdidamente, no veía otra cosa. Me repetía constantemente:
Los niños te adoran, de verdad.
Y yo, inocente, me lo creí. Estaba claro que me querían: cada fin de semana les llevaba al Parque de Atracciones, al Zoo, y a todo lo que me pidieran.
Un día, en una de esas conversaciones donde la gente suelta frases fatales para su destino, Lucía me soltó:
Me da muchísima pena que los niños no lleven el apellido de su padre. Nunca les reconoció legalmente.
Yo, en el momento más estúpido de mi vida (sí, sarcasmo), respondí:
Bueno puedo adoptarlos. Son como mis hijos, de todas formas.
¿Sabéis ese punto en las películas cuando el tiempo se paraliza y aparece una voz que dice: Aquí supe que la cosa iría fatal? Pues en mi caso no sonó ninguna alarma. Pero ojalá.
Lucía rompió a llorar de alegría. Los niños me abrazaron. Me sentía un héroe. Uno tonto, pero héroe.
Pasamos por todo el papeleo: abogados, notarías, jueces. Los niños se convirtieron legalmente en Alejandro González y Carmen González. Con MI apellido.
Yo era feliz. Lucía, también. Incluso hicimos una fiestecilla familiar con tarta.
Seis meses después. SÓLO seis.
Lucía me dice:
Tenemos que hablar No sé cómo decírtelo, pero Álvaro ha vuelto.
¿Qué Álvaro? pregunté, aunque lo sabía perfectamente.
El padre biológico. Ha cambiado. Ha madurado. Quiere volver a la familia.
Me quedé en blanco.
¿Y tú qué vas a hacer? pregunté.
Voy a darle una oportunidad. Por los niños, ¿sabes?
Por supuesto que lo entendí. Era como ver un cartel luminoso que decía por aquí se sale.
Pero Lucía, YO he adoptado a los niños. Legalmente son mis hijos.
Sí eso ya lo resolveremos después. Ahora lo importante es que tengan a su padre.
Lo arreglaremos después. Como si fuera una factura de la luz.
Fui a ver a mi abogado. Casi se atragantó con el café.
¿Has firmado una adopción plena?
Sí.
Entonces eres el padre. Con todas las obligaciones: pensión alimenticia, colegio, sanidad. Todo.
Pero ya no estoy con su madre
Da igual. Padre eres. Así es la ley.
Y aquí me tenéis: pagando la pensión a Lucía, que vive feliz con Álvaro en MI piso. Porque los niños necesitan estabilidad y no deben mudarse.
MI PISO. Pagado por mí. Y yo fuera, porque sería muy traumático para los niños cambiarse.
¿Lo más surrealista?
Álvaro, el padre ausente que no dejó ni un euro en años, es ahora el héroe, llevándoles al Retiro, al fútbol, como si nada. Y yo, cada mes, recibo el correo de mi abogado:
Transferencia de manutención: 500 euros.
Con un emoticono triste. De ayuda, nada.
El mes pasado, Alejandro me escribe:
Oye, ¿me puedes pasar algo de dinero? Me quiero comprar unas zapatillas nuevas.
¿Y Álvaro no puede comprártelas?
Dice que tú eres mi padre legal. Él es padre por cariño.
Padre por cariño.
Qué conveniente. Yo, padre por transferencia bancaria.
La adopción es, prácticamente, irreversible. El juez me vería como el malo que abandona a los niños.
Mis amigos ya ni me compadecen.
Tío, ¿en qué momento te pareció buena idea todo esto?
Me enamoré.
Bueno, enamorarse tampoco es dejar el cerebro en casa.
Y razón no les falta.
Ahora, cuando veo a un tipo con los hijos de otro, me dan ganas de gritar:
¡No firmes! Sé tío enrollado, sé novio, lo que sea ¡pero no firmes!
Mi madre, sabiendo la historia, me abrazó y sólo dijo:
El amor te ha dejado sin juicio.
Ayer, de nuevo:
Gasto extra: material escolar 100 euros.
Extra, como si el colegio fuera una sorpresa cada septiembre
Y Lucía, subiendo fotos en Instagram de su familia feliz.
Los niños, con MI apellido, abrazando al hombre que los abandonó.
La guinda:
Carmen (10 años, sí, ya tiene Instagram) ha puesto en su biografía:
Hija de Lucía y Álvaro .
¿Mi nombre? Ni rastro.
Soy el patrocinador anónimo de su vida.
Aquí estoy, solo, 500 euros menos cada mes, con dos hijos que sólo me buscan cuando les viene bien y una claridad meridiana: por amor hice la mayor estupidez de mi vida.
Y sí, cuando alguien me pregunta si tengo hijos, digo que sí. Y cuento esta historia en las cenas. Todos se ríen.
Menos yo, que sólo me río por fuera.
¿Y vosotros? ¿Habéis firmado algo por amor que después os haya costado caro o soy yo el único genio que regaló apellido y cuenta corriente en oferta?







