Diario personal, 14 de marzo
Nunca imaginé que acabaría así: de ser el tipo gracioso he pasado a convertirme en el cajero automático oficial de dos niños, que solo me escriben para pedirme euros para ir al cine, pero cuando llega la Navidad, ni rastro de ellos.
Todavía lo pienso y no sé si reír o llorar. Todo empezó hace tres años, cuando conocí a Lucía una mujer estupenda, divorciada, madre de dos hijos de 8 y 10 años. Me enamoré como un idiota, sin frenos, sin red. Y ella siempre repetía:
¡Los niños te adoran, de verdad!
Y yo me lo creía, ¿cómo no iban a quererme? ¡Si no había fin de semana que no les llevase a parques de atracciones o a comer churros! Parecía el tío favorito de España.
Un día, en una de esas charlas de sobremesa en las que uno suelta estupideces que marcan la vida, Lucía me soltó:
Me duele tanto que los niños no lleven el apellido de su padre Él nunca llegó a reconocerles en el registro.
Y ahí va el lumbreras de mí, desbordado de amor:
Bueno yo podría adoptarlos, total, para mí son como mis hijos.
Ese instante de película donde el tiempo se congela y una voz en off dice: Aquí es, cuando todo se va a torcer Pues yo no lo tuve. Debería haberlo tenido.
Lucía se puso a llorar de emoción. Los niños me abrazaron como si hubiese ganado la Eurocopa. Yo me sentí un héroe, iluso, pero feliz.
Pasamos por todo el proceso: abogados, notarios, papeles y juzgados. De pronto, los niños eran oficialmente Martín Ruiz y Sofía Ruiz. Con MI apellido.
Yo flotaba de alegría. Lucía también. Hicimos incluso una pequeña ceremonia con tarta y todo, como si el mundo fuera perfecto.
Seis meses después. Sí, SEIS.
Lucía se sienta conmigo y me dice:
Tenemos que hablar No sé cómo decírtelo, pero Sergio ha vuelto.
¿Sergio? Ya sabía quién era.
El padre biológico. Dice que ha cambiado, que quiere recuperar a su familia.
Me quedé en blanco. Más helado que un polo en la Feria de Abril.
¿Y qué vas a hacer?
Le voy a dar una oportunidad, por los niños, ¿lo entiendes?
Qué si lo entendía Lo entendí como si me hubieran encendido una señal de salida en la cabeza con luces de neón.
Lucía, yo los he ADOPTADO. ¡Legalmente son mis hijos!
Sí, sí eso ya veremos cómo lo arreglamos. Lo importante es que ellos tengan a su padre.
Eso ya lo arreglamos luego, como si fuese la factura del gas.
Fui corriendo al despacho de mi abogado. El pobre casi se atraganta con el café.
¿Pero firmaste adopción plena?
Sí.
Entonces, amigo mío, legalmente ERES padre. Eso son pensión de alimentos, colegio, médico, todo.
Pero si ya no estoy con la madre
Da igual. Así funciona la ley.
Y aquí me tienes hoy: pagando la manutención de Lucía, que vive feliz con Sergio en MI piso, porque los niños necesitan estabilidad y no deben mudarse.
Mi piso, que pagué yo. Pero el que se fue, fui yo, porque sería demasiado duro para los niños.
¿Lo peor?
Sergio, el padre fantasma que en la vida ha puesto un euro, ahora les lleva al parque, juega al fútbol y es el héroe familiar.
Mientras, todos los meses, recibo un email del abogado:
Pensión abonada: 500
Con una carita triste. Como si eso animara.
El mes pasado, Martín me escribe:
Hola, ¿puedes transferirme algo más? Quiero unas zapatillas nuevas.
¿No puede comprártelas Sergio?
Él me ha dicho que tú eres mi padre legal. Él solo es mi padre de corazón.
Padre de corazón. Qué fácil. Yo soy el padre de transferencia bancaria.
Y lo de anular la adopción casi imposible. Si lo intento, seré el monstruo que renuncia a sus hijos.
Mis amigos ya ni me preguntan.
¿En qué momento creíste que esto era buena idea?
Estaba enamorado.
Pues el amor no quita el cerebro, macho.
Tienen razón.
Ahora, cuando veo a alguien con niños que no son suyos, me entran ganas de gritar:
¡NO FIRMÉIS! ¡Sed el tío simpático, el novio enrollado pero NO FIRMÉIS!
Mi madre, con ese dolor dulce que solo las madres conocen, me dice:
El amor te ha hecho tonto, hijo, y me aprieta tan fuerte que dan ganas de llorar más.
Ayer, otro gasto extra:
Material escolar 120
Como si el colegio fuese sorpresa cada año.
Y Lucía subiendo fotos en Instagram del núcleo familiar feliz.
Los niños, con MI apellido, junto a quien les abandonó años.
La guinda:
Sofía (sí, con diez años y tiene Instagram) en su biografía:
Hija de Lucía y Sergio
¿Mi nombre? Desaparecido.
Soy el patrocinador anónimo de su vida.
Aquí me tienes, solo, con quinientos euros menos al mes, con dos hijos que solo aparecen para pedirme dinero, y la certeza de que la mayor torpeza que he cometido por amor ha sido esta.
Solo te diré que, cuando en alguna cena me preguntan si tengo hijos, al menos puedo soltar la historia y hacer reír a todos.
Yo río por fuera. Por dentro, solo quedo vacío.
¿Y vosotros, habéis firmado algo por amor que luego os ha salido caro o soy el único genio en regalar apellido y cuenta bancaria en oferta pack?






