Di a luz a cinco hijos. Les entregué todo sin reservas, sin escatimar esfuerzos ni salud, renunciando a mis propios sueños. Esto ocurrió hace treinta años en un pueblecito cerca de Salamanca, donde cada día era una batalla por su bienestar. Ahora mis vástagos se dispersaron por el mundo, formaron sus familias, y yo me quedé aquí, contemplando el vacío que dejaron tras de sí.
Con mis hijas mantengo un vínculo inquebrantable como el acero. Vienen a visitarme, traen regalos, ayudan en las tareas y llenan la casa de risas. Celebramos todas las fiestas juntas —ellas saben cuánto pesa la soledad, cómo la quietud me ahoga. Esta casa grande tiene espacio para todos, y siempre las espero con los brazos abiertos. Pero los hijos… Parecen extraños. Como si yo no fuera su madre, sino un fantasma del ayer. Comprendo que tengan esposas, niños, obligaciones. ¿Pero cómo borrar así a quien les dio la vida?
Cuando mi marido, Javier, les pidió que vinieran a arreglar el tejado, los hijos se negaron como si fuéramos moscas molestas. La lluvia inundaba las habitaciones, el agua se filtraba al suelo, y tuvimos que gastar los últimos euros de nuestra pensión en contratar a desconocidos. Ni siquiera preguntaron cómo lo resolvimos. No llaman, no escriben. Ni en los cumpleaños, cuando anhelas aunque sea una palabra, un gesto de respeto hacia la vejez. Solo silencio.
No creo que sus esposas les inciten en contra. Más bien parece decisión propia: olvidar a los viejos, sacudírselos como un estorbo. Observo a mis nueras —todas parecen mujeres bondadosas, sensatas. Pero los hijos alegan trabajo, compromisos, prisas infinitas. ¿Acaso mis hijas no tienen empleos? ¿Familias que atender? ¿Por qué ellas encuentran tiempo para abrazarme, traer comida, mientras los varones ni siquiera dejan que conozcamos a los nietos?
Ahora, más que nunca, necesitamos ayuda. La salud se resquebraja como yeso viejo, y los hijos nos dan la espalda como si ya estuviéramos muertos. Las hijas y sus maridos nos llevan a médicos, pagan medicinas de su bolsillo, calientan el alma con su cariño. Pero los niños a quienes amamanté, a quienes enseñé a caminar… nos abandonaron a la deriva.
Hace dos años, mi segunda hija, Lucía, sufrió un accidente grave. Ahora depende de una silla de ruedas y, en vez de ayudarnos, requiere cuidados ella misma. La mayor, Marina, emigró a Canadá buscando mejor vida —la comprendo, pero está lejos, y su ausencia me desgarra. Ofreció contratar una cuidadora, pero rechacé la idea, ahogándome en llanto. ¿Parí cinco hijos para que una extraña me limpiara las lágrimas al final? ¿Es este el premio a tanto sacrificio?
Una nuera, esposa del menor, sugirió vender la casa y mudarnos a una residencia. «Allí les darán de comer y nadie les reprochará nada», dijo con sonrisa fría, como si hablara de muebles viejos, no de personas. ¿Cómo se atreve? Casi me sofoco de indignación. Sí, somos ancianos, ¡pero no inservibles! Caminamos, pensamos, vivimos —solo nos faltan fuerzas. No pedimos mucho: migajas de atención, algo de calor de quienes criamos con amor.
Reafirmo mi certeza: nada supera el amor de las hijas. Son mi sostén, ángeles que me salvan del abismo. En cuanto a los hijos… que Dios los juzgue. Les di todo —salud, juventud, noches en vela— y recibí vacío y desdén. ¿Merezco que quienes fueron mi razón de vivir me olviden al final?







