Devuélveme la llave de nuestro piso

Tu padre y yo ya lo hemos decidido dijo María, posando la mano sobre la de su hijo. Vamos a vender la casa del pueblo. Te podremos dar cuarenta mil euros de entrada, y ya está bien de andar de alquiler por ahí.

Antonio se quedó con la taza de café a medio camino de la boca. Lucía, su esposa, dejó de masticar, y el trozo de empanada se quedó parado en el tenedor.

Mamá, ¿pero qué dices? murmuró Antonio, colocando la taza con cuidado. ¿La casa de Ávila? Si cada verano vais
Sobreviviremos. Ramón, díselo tú.

El padre, que hasta entonces removía distraídamente la mermelada, levantó la mirada.

Tu madre tiene razón. Lleva cuarenta años esa casa; ya se nos filtra el tejado, la valla se cae a trozos. Es todo un lío. Y vosotros sin hogar propio.
Papá, ya ahorraremos nosotros Antonio negó con la cabeza. Un par de años más quizá tres
¡¿Tres años?! exclamó María, llevándose las manos a la cabeza. ¡Tres años de alquiler, con el crío ya en camino! Lucía, di algo tú.

Lucía miró a su marido, y luego a su suegra, confusa.

Doña María, es muchísimo dinero. No podemos simplemente
Sí que podéis interrumpió María con tono firme. No se discute más. Ya hemos hablado con el agente inmobiliario, vienen el sábado a ver la finca.

Antonio quiso hablar, pero María lo cortó:

Hijo, no nos hacemos más jóvenes. Tu padre lleva tres años con la tensión alta, yo el próximo cumplo sesenta. ¿Para qué la casa? ¿Para plantar tomates? Los compro en el mercado. Prefiero que mis nietos crezcan en una vivienda digna. Una suya, ¿me entiendes?

Se hizo el silencio. Lucía apretó la mano de su esposo debajo de la mesa. Antonio se frotó el puente de la nariz, gesto que usaba siempre que no encontraba las palabras.

Mamá Os lo devolveremos. Poco a poco, hasta el último euro.
Anda, hijo soltó Ramón, restándole importancia con la mano. Lo devolverás o no, lo principal es que los niños tengan donde gatear.

Mes y medio después vendieron la casa del pueblo. María gestionó los papeles personalmente, contó el dinero ella misma y transfirió los cuarenta mil euros a la cuenta de Antonio. Tres meses más tarde, Antonio y Lucía se mudaron a un piso de dos habitaciones en el Paseo de la Primavera, nuevo, noveno piso, vistas al parque.

En la fiesta de inauguración vinieron quince. Los padres de Lucía trajeron vajilla, las amigas regalaron toallas, los compañeros de Antonio pusieron dinero para la cafetera. María recorría las habitaciones tocando las paredes, abriendo armarios y negando o aprobando con la cabeza, nunca se sabía cuál de las dos. Al hacerse tarde, María pilló a su hijo en el pasillo.

Antonio, ¿puedo decirte algo?

Lo llevó a la puerta, lejos de oídos ajenos.

Dame la llave.

Antonio tardó en comprender.

¿Qué llave?
Del piso, la de repuesto. Por si pasa algo bajó la voz . Os hemos ayudado, ya me entiendes. Nunca se sabe, mejor tener acceso. Además La gente normal da la llave a los padres.

Antonio dudaba, con cara de querer protestar pero sin atreverse. Al final, sacó el llavero del bolsillo, le dio una llave nueva.

Toma.

María la inspeccionó, la añadió cuidadosamente a su llavero, entre la de casa y la del garaje. El metal tintineó suavemente.

Eso es, hijo. Ven, vamos a por el bizcocho, que van a dejar la bandeja limpia.

La noche fue bien.

María observaba la tela, revisaba la costura de unos cojines en la tienda, el terciopelo suave al tacto y ese tono mostaza cálido, ideal para el sofá gris de Lucía. Cogió otro igual en terracota. En su mente ya veía la imagen: cojines en las esquinas, entre ellos el plaid de lana que fichó la semana anterior.

En el autobús apretaba la bolsa contra el pecho. Afuera pasaban patios, parques infantiles, coches aparcados. Paseo de la Primavera, su parada. El portal olía a pintura recién dada. María subió al noveno, sacó el llavero y abrió con la llave adecuada: ningún ruido, una apertura suave.

Silencio. Nadie.

Se quitó los zapatos, pasó al salón. Lo esperado: el sofá desnudo, sin vida. Colocó los cojines en las esquinas, se apartó para ver el efecto. Quedaba perfecto. Todo otro aire.

Notó el polvo en la estantería, una taza sucia en el alféizar. María negó con la cabeza pero no tocó nada. De momento no era asunto suyo.

Por la tarde, el teléfono sonó cerca de las nueve.

Mamá, ¿has estado en casa?

La voz de Antonio, extraña, tensa.

Sí, ¿has visto los cojines? Bonitos, ¿verdad?
Mamá pausa. Podrías haber avisado. Lucía llegó y encontró cosas movidas, los cojines que
¿Cómo que «los cojines que»? Costaron setenta euros cada uno. Y dile a Lucía que el piso está sucio. Polvo por todas partes, tazas sin lavar. Y miré el frigorífico medio vacío. ¿No coméis? No os di dinero para que viváis como estudiantes.
Mamá, sólo avisa la próxima vez, por favor. Llama al menos
¡Ay, Antonio! María puso los ojos en blanco, aunque él no lo viese. Bueno, me voy, tu padre me llama.

Colgó sin esperar respuesta.

A la semana llevó un juego de sábanas de satén, bueno. Lucía estaba en casa pero se duchaba María oyó el agua. Dejó el paquete en la cama y se marchó sin nota. Ya sabrán quién fue. Tres días después, un juego de cacerolas. Los jóvenes tenían unas cutres, que daban pena.

El sábado, Antonio y Lucía cenaron en casa de María y Ramón. Hablaron del clima y de las obras de los vecinos de arriba. Todo correcto y sin chispa.

Lucía se detuvo, soltó el tenedor.

Doña María
¿Sí?
¿Sería posible que Lucía dudó, miró de reojo a Antonio …cuando venga, pueda avisar antes? Para que sepamos, simplemente.

María se secó los labios lentamente.

Lucía, hija. Te dimos cuarenta mil euros. Cuarenta mil. Tengo derecho a entrar cuando quiera. Al fin y al cabo, también es parte de nuestra casa.
Mamá intentó intervenir Antonio.
¿Qué? ¿No tengo razón?

Silencio. Ramón concentrado en la comida, ajeno a discusiones.

Gracias por la cena Lucía se levantó. Antonio, vámonos.

Se prepararon deprisa, con prisas y sonrisas forzadas. María los despidió, pero al volver a la cocina algo la impulsó a mirar por la ventana justo al salir ellos del portal.

La ventanilla entreabierta dejó pasar la voz clara y firme de Lucía:
o devolvemos el préstamo, o me separo. No puedo más.

María se quedó paralizada, plato en mano.

¿Préstamo? ¿De qué hablan?

Abajo, Antonio respondía algo. Portazo y motor rugiendo.

María dejó el plato en el fregadero, con gesto lento.

No, eso no le gustaba nada.

María giró la llave, abrió la puerta y casi choca con Antonio, que la esperaba en el recibidor. Lucía salió de la cocina, secándose las manos.

Ah, estáis aquí vaciló María, pero enseguida se rehizo. Os traía
Mamá, espera.

El tono de su hijo la hizo callar. Antonio sacó un sobre blanco, grueso, del bolsillo interno de la chaqueta.

Quiero devolverte algo.

María lo tomó por inercia. Miró dentro, y las piernas le temblaron.
Dinero. Mucho.

¿Esto?
Cuarenta mil euros Lucía se puso al lado de Antonio. Hemos pedido un préstamo.
¿Pero estáis locos? ¿Por qué?
Porque no queremos deber nada Lucía no apartó la mirada, hablaba firme. Estamos cansados. De tus visitas, de tus inspecciones, de que vengas y revises nuestras cosas.
¡No revisé! Sólo llevé los cojines, las sábanas, las cacerolas
Mamá Antonio puso la mano en el hombro de Lucía Cambiamos las cerraduras. Mañana viene el cerrajero.

María parpadeó, confusa.

¿Las cerraduras?
Sí. Ya no tendrás llave.

El silencio se volvió denso, opresivo. María miraba de su hijo a su nuera y de vuelta, con ardor en la garganta y mejillas encendidas.

Vosotros vosotros tragó saliva. Sois unos desagradecidos. ¡Vendimos la casa de Ávila por vosotros! ¡Y ahora me tratáis como a una ladrona!
No te echamos, contestó Lucía, sin titubear. Sólo te pedimos que te vayas.

María apretó el llavero en el bolsillo. Los dedos helados.

Antonio, hijo. ¿De verdad permites que te hable así?

Antonio bajó la cabeza, luego la alzó para mirarla a los ojos.

Mamá. Lo hemos decidido juntos.

María se giró y salió sin despedirse.

Volvió a casa ensayando qué diría cuando Antonio llamara, arrepentido, al día siguiente, o al siguiente. Se daría cuenta, pensaría mejor.

Pasó una semana. El teléfono no sonó.

María varias veces levantó el auricular, pero siempre lo dejó a tiempo. No. Que vengan ellos primero. Que pidan perdón. Al fin, es madre. No hizo nada con mala intención.

Tras un mes, Ramón le preguntó con cautela si ya habían hecho las paces. María se encogió de hombros y cambió de tema.

Dos meses después, dejó de sobresaltarse por cada llamada.

Tres meses después, comprendió.

Su hijo no la llamaría. Ni mañana, ni en una semana, ni en un año.

María se sentó en la cocina, miró el llavero. La llave de casa, la del garaje. Y entre ellas, la que un día abría la puerta del piso del Paseo de la Primavera.

De verdad quería ayudar. Los cojines, las cacerolas, las sábanas ¿eso no es cuidar? ¿Qué otra cosa hacen los padres? Ayudan, los hijos lo agradecen, todos contentos.

Pero algo falló por el camino. Por más que María rebuscó en la memoria, no halló dónde.
Y quizá ni quería saberlo.

Arreglarlo ya era tarde.

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MagistrUm
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