Destinos de Mujeres. Mariana Falleció la abuela Anastasia y a Mariana la invadió una tristeza profu…

Historias de mujeres. Mariana

Murió la abuela Anastasia, y a Mariana se le vino el mundo encima. Su suegra decía que esa chica no pintaba nada en casa: demasiado flacucha, no trabaja suficiente, y vete tú a saber si de tal alelada saldrán niños algún día.

Mariana tragaba carros y carretas. Cuando el alma se le encogía de pena, huía al regazo de su anciana. Para ella, la abuela Anastasia era lo más parecido a familia que le quedaba: hacía de padre perdido en un accidente y de madre, que sucumbió a la tuberculosis años después.

Cómo miraría Daniel al quedar huérfana, sólo Dios lo sabe. Guapo, robusto, con una casa donde no faltaba el pan. Y va el muchacho y se enamora de una chiquilla sin apellido y con más hambre que un peregrino en Santiago. Por detrás, la madre de Daniel, Eudocia, la llamaba la limosnera.

Mariana, toda buena voluntad, hacía lo imposible por agradar a su suegra. Iba por la casa de acá para allá y aceptaba cualquier tarea. Pero a gusto no estaba, ¡qué va!

Cuando Daniel andaba cerca, la vida era más llevadera. Pero bastaba que se fuera a vender grano a León o Salamanca y ya le daban ganas de salir corriendo.

Aguanta, Marianita le aconsejaba la viejecita, ya escampará, hija.

Pero la abuela ya no estaba, y los años pasaban. Eudocia no dejaba de detestarla con más ganas cada curso que pasaba.

¡Menudo chasco cuando su hijo se trajo a casa a una huérfana cualquiera! La madre tenía otra novia pensada para Daniel: hija de familia con tierras y vacas, moza recia, de apellidos lustrosos. Al unir esas familias, avía riquezas para tataranietos.

Pero no. Daniel tenía ese carácter testarudo del padre y discutía a cualquiera. ¡Hombre recto! ¡Jefe del cortijo!

Y jefe lo era de verdad. Cuando su padre faltó, él puso orden, multiplicó la tierra y montó el negocio. Quería a su madre, pero no le dejaba mangonear. Decía una cosa y se acabó la discusión.

A Mariana la amaba hasta perder el sentido. Cuando la vio por primera vez, la chiquilla menudita, piel de leche, ojos azules como el cielo segoviano, naricita respingona Daniel quedó, como quien dice, desarmado. Lo daba todo por ella.

A ella no le hizo falta oro ni dote: también cayó rendida. Veía en Daniel un alma honrada, y ya andaba la pobre de amores hasta la coronilla.

Eso sí, avismos oído de la madre y sus prisas. Sabía del mal genio y la avaricia de la suegra. Pero mientras Daniel pusiese el pie firme, Mariana aceptó el casarse.

Se instaló en casa de su marido y soportó todos los desplantes y reproches. Cuando la pena la abrumaba y las lágrimas asomaban, corría donde la recordada abuela, a desahogarse.

Sentada al suelo, la cabeza en las rodillas de la anciana, lloraba como un perrillo apaleado. Los dedos de la abuela acariciaban su pelo, las manos suaves la consolaban. Musitaba una oración a la Virgen por el consuelo de su nietecita huérfana.

Charlaban y, después de un rato, la tristeza se evaporaba y volvían las ganas de vivir.

Ahora Mariana ya no tenía a dónde correr. Su abuela murió, se acostó y se fue, sin hacer ruido, sin molestar.

Vaya si lloró Mariana. Se quedó, literalmente, sola en el mundo.

Eso de que el tiempo todo lo cura es un invento. Igual parece que olvidas, pero un día duele el pecho y recuerdas aquellas manos bondadosas y vuelves a llorar.

Pasó el tiempo. En casa de Daniel las cosas cada vez peor. Eudocia la hacía la vida imposible. Tres años lleva la nuera comiendo pan de balde y ni rastro de nietos, ni herederos.

Ese tema era el infierno para Mariana. Oía a la suegra decirle al hijo que esa chica estaba gafada y que nunca tendría críos.

Daniel, aunque hacía oídos sordos, sabía que por más que tapes la boca en el pueblo, la gente murmura. Decían que Daniel se iría a la tumba sin descendencia, y que todo lo suyo moriría con él.

Daniel volvía a casa con el ceño fruncido pero, al ver a su paloma, se le quitaban todos los males. Bañaba a su sol en mimos.

¿Fue suerte, o quizá Dios escuchó a Mariana, o es que el verdadero amor hace milagros? ¡Resultó que Mariana se quedó embarazada!

Eudocia, furiosa. Daniel, en las nubes de amor.

La suegra rondaba la casa como un buitre. Si veía a Mariana sentada en el banco

¿Sentada como una señorona, holgazana? ¿Qué te crees, qué por tener la barriga, ya puedes no mover ni un dedo? le escupía al verla descansar.

No, madre, solo que he parado un momento. Mariana respondía tímida. Toda la mañana llevo sin parar.

¡Ya! Qué trabajadora tenemos Aquí no hay criados. Esto no es Madrid. Hay que acarrear agua, que el marido volverá y no quedará ni una jofaina llena. Y si estás tan pocha, ¡largo de aquí, que pa mi hijo no sirve una enferma!

Mariana callaba, cogía el cántaro y allá que iba al pozo. Las vecinas chasqueaban la lengua desde las vallas: ¡Más mala la Eudocia que la tiña! ¡La pobre, tan embarazada, y ni pizca de compasión!

Al final tuvo el niño, pero no hubo alegría. Era bastante enfermizo: sin fuerzas, parecía morirse cualquier día. Tenía ataques en que se quedaba azul y apenas respiraba.

Tú, que no vales ni para moverte y ese angelito igualito, escupía Eudocia, mirando al nieto casi con asco.

Cómo va a decir eso, madre Si es sangre de tu sangre, es el heredero de tu Danielito, lloraba Mariana.

¡Heredero! Para quien llegue al testamento, ¡que a este paso lo enterramos, mujer!

Mariana llantos y llantos. Eudocia más aguda que un tábano. Pensaba: a ver si se muere el niño, así Daniel dejaría a la muerta de hambre y podría casarle con una moza de bien.

Pero Daniel mimaba a su mujer. La dejaba dormir, cogía al niño enorme y pequeñito entre sus manos y, milagrosamente, el bebé se calmaba.

“¿Será delicado? Bueno, ya le enseñaremos lo que es tener coraje”, pensaba Daniel.

Llegó el día de bautizarle. Le llamaron Venancio. Pero el niño no cogía peso.

Un día Daniel tuvo que irse con la barca hasta Zamora. Trabajo lejos.

Vuelvo cuando acabe el encargo. Cría al Niño, no te preocupes y no hagas caso a nadie… y le besó la frente.

Ahí Eudocia se desató. Viendo vía libre para hacer a la nuera la vida imposible, Mariana apenas tenía tiempo de estar con el bebé. Tenía que acarrear agua, cortar leña, ocuparse del corral. Si quería dormir, Venancio lloraba. Media noche con él y, al primer canto del gallo, ¡a por las vacas!

Con ese ritmo, Mariana se extinguía. El niño, igual. Cada día peor.

Lentamente el otoño devino lluvioso y oscuro. Hacía falta ya que Daniel volviera y pusiera a la madre en vereda, pero nada.

¡Y hace bien en no volver! soltó Eudocia un día. ¿Para qué va a regresar con tanto enfermo? A ver si en León encuentra a alguna más joven y sana, con más salero

Esas palabras se le clavaron a Mariana, e impregnáronle de un terror inabarcable. ¿Y si era verdad?

Cada día, la suegra le soltaba el gotero del veneno.

¿No te da pena por Daniel? El crío se va a morir cualquier día, tú te dejarás consumir y mi hijo se quedará amargado. Déjale, Mariana, por el amor de Dios.

¿Y adónde voy, madre? ¡Con un bebé! Pronto llegarán las nieves y Venancio está flojo. Pillará frío y será peor.

Bah, tampoco pasaría nada, decía helada la suegra. No ha vivido, no se le puede perder cariño. Entregaría el alma a Dios y Daniel podría casarse otra vez. Hijos sanos, y los que quieras.

Mariana no podía creer que una madre hablara así. ¿Cómo se puede herir así a otra mujer? ¡Es su nieto! El pequeño, como adivinando el drama, empezó a asfixiarse. Apenas respiraba, pálido como una sábana.

Piénsalo, Mariana. Cuando la felicidad se edifica sobre la desgracia de otros Eudocia salió dejándola sola con su dolor.

Pasó medio mes. Llegaron las primeras nieves, y el viento ya cortaba la cara. Mariana, consumida, daba ya la réplica a Eudocia cuando insultaba a su hijo. Pero de poco valía. No estaba en su hogar, ni con su marido. Las palabras de la suegra hacían daño. No llegaban noticias de Daniel.

Y nunca llegó a pensar Mariana que quizá a su amado le ocurrió algo: tan envenenada tenía la cabeza, que sólo se culpaba a sí misma.

Ni vive ella, ni deja vivir a mi hijo murmuraba Eudocia. Y la última gota colmó el vaso.

Mariana se fue a su cuarto, metió lo básico en un pañuelo, envolvió bien a Venancio en los mantos y se marchó.

Eudocia la dejó hacer, sin inmutarse, esperando no asustar el impulso de fuga de la nuera. Y bien tranquila, pues había recibido hace un mes noticia de Daniel: herido en un asalto de bandoleros, sanaba en el hospital de Valladolid. Pero para qué iba a saberlo Mariana. Que imaginara lo que a la suegra le convenía. Cuando volviera su hijo, le diría que Venancio murió y la madre, loca de dolor, se marchó. Y por suerte, Mariana se fue bien entrada la tarde, para que ninguna vecina la viera.

Por la mañana, Eudocia difundió su versión: La pobre Mariana perdió el juicio cuando falleció la criatura, y se fue con él en brazos en plena noche, a saber adónde. Lloré y le supliqué, pero no hubo manera.

El pueblo murmuró un par de días, pero llegó el invierno y cada cual volvió a lo suyo.

***

Caminó Mariana un buen trecho siguiendo los lindes del bosque, cruzando campos. Iba con miedo, por si la cruzaban malas gentes. Por ella no temía mucho lo tenía todo perdido, pero sí por su hijo.

No pasó nada. Amanecía y a lo lejos aparecieron los tejados de otro pueblo.

No esperaba que nadie la acogiera. Sólo pedía pan, agua y un poco de calor para el niño un rato.

Chimeneas humosas, calles vacías, sólo sale quien debe acarrear agua.

Mariana deambulaba hasta que llegó al pozo y se sentó en un banco.

Vio a una mujer alta, de caderas rotundas y mejillas rojas de frío. Guardia pretoriana del pueblo. Miró a Mariana con desdén.

La mujer llenó los cubos, se quedó mirando, y preguntó:

¿Y tú, de quién eres? Tienes mala cara y estás helada.

No soy de nadie, respondió la joven sin fuerza. Solo paso de camino. Tengo que llegar al siguiente pueblo, mintió.

¿Y en ese pueblo, con quién vas? insistió la mujer, medio achinando los ojos.

Tengo a mi padre allí siguió Mariana hilando mentiras.

Con este tiempo ni a un perro lo echan fuera Anda, levántate y ven, y la mujer, dejando los cubos, ayudó a Mariana a ponerse en pie.

Entraron en la casa. El calor del hogar, la lumbre crepitando, olor suave a hierbas. Mariana se desplomó en el banco, muerta de cansancio.

La mujer la ayudó a desvestirse, tomó el niño.

Me llamo Aquilina, se presentó mientras desenvolvía al bebé. ¡Dios bendito! ¡Qué menudo es! ¿Está bautizado?

Sí Le pusieron Venancio y Mariana se desvaneció.

No supo cuánto tiempo pasó: despertó arropada en una cama ajena. Avanzó de un salto al darse cuenta de que el niño no estaba cerca. Buscó desesperada, pero no halló ni rastro ni de la señora ni del bebé.

Al instante entró Aquilina, con un aire frío de la calle.

¿Ya despierta? preguntó. ¿Y a dónde ibas tan brava?

¿Dónde está mi hijo?

Tranquila, chiquilla, tranquila. Has estado tres días fuera de combate, todo fiebre. Dime qué haces aquí. El niño está bien. Lo llevé a ver a mi madre al monte.

¿Por qué? preguntó Mariana, lívida.

Para curarle, respondió corta Aquilina. Venga, cuéntame tu historia.

Sentadas a la mesa, Mariana fue desgranando toda su vida: el amor por Daniel, la guerra con la suegra, el hijo enfermizo, todas sus penas.

Aquilina escuchó sin interrumpir.

Los caminos del Señor son inescrutables, dijo. No temas, Mariana. Tu niño vivirá. Y tú tendrás suerte, o no habrías dado conmigo. No han acabado tus pruebas, pero guarda la luz en el alma: con ella se sale de cualquier sombra.

Quiero estar con mi hijo, tía Aquilina suplicó la joven.

Ya te llevaré, pero no volverás con él, contestó la otra.

¡No me asuste así! No puedo abandonar a mi hijo

Ponte la zamarra y ven, ya lo verás.

Salieron, torcieron hacia el monte.

Yo estaba en el pozo de casualidad, empezó Aquilina. Mi madre pasa el año en el bosque. Yo vuelvo al pueblo en primavera, pero ella no sale del monte. Algo nos guió para encontrarnos contigo.

De repente, entraron en una pequeña pradera y en medio, una casita.

Entraron. Dos cuartos y una cocina. Una anciana menuda y seca salió a su encuentro.

Pasa, hija, mira a tu criatura. Duerme, no lo despiertes, le indicó señalando una cuna oscilante.

Venancio dormía con mejor cara que nunca.

Más rosadito, ¿eh? rió la anciana, parecía leer el pensamiento de Mariana.

Siéntate y escucha, dijo. Me llaman la abuela Agueda. Aquí me tienen por bruja y por eso vivo lejos. No temas, mira que tu suegra es peor y bien que va a misa todos los domingos.

Mariana la miraba asustada, como si esa vieja viera dentro de su alma.

La gente habla mucho de lo que no sabe. ¿Sabes por qué tu hijo es tan enfermizo, le falta el aire?

Mariana no respondió.

Mira, hija: tanto rezabas a la Virgen, y claro que te escuchó. Pero la responsable eres tú. ¡No se debe ir preñada al cementerio! Y tú, cada dos días, contigo a la tumba de tu abuela El espíritu de los muertos se te pegó, y cuando pariste, se fue a por el más débil. Chupa la vida de Venancio y por eso se ahoga.

A Mariana le temblaban las piernas y se sentó en seco, blanca como la leche.

Tranquila, dijo Agueda, todo tiene arreglo. El niño estará aquí unos días y lo curaremos.

La anciana le puso las manos en la cabeza y Mariana sintió el consuelo de su querida abuela.

Bueno, recoge, que volvemos al pueblo, dijo Aquilina.

***

Así siguió la vida. A la semana, Agueda devolvió a Venancio, sonrosado y vivaracho. Cuando Mariana lo tomó en brazos, lloró de alegría.

Vivir con Aquilina era sencillo. Alguna ayuda daba y no molestaba.

Tía Aquilina, ¿por qué vivió tu madre en el bosque? Hechas curanderas como ella escasean

Hace años pasó Aquilina rememoró. Mi madre ayudaba a todos por igual, sin pedir nada. Pero la gente es ingrata: mientras servías, te querían, pero cuando la desgracia llama, te acusan de todos los males.

Un año murieron varios niños en el pueblo. Alguien recordó que Agueda había pasado por sus casas. Como no tenía hijos entonces, la culparon de brujería. La turba fue a prenderle fuego a la casa, menos mal que mi padre les convenció de dejarlo estar. Después el médico dijo que fueron muertes naturales, pero mi madre se hartó y se marchó. Solo trataba a los niños si le hacían una casita en el monte, y así fue.

Si alguien tenía un niño alicaído, lo dejaban en la puerta. Agueda lo recibía y, tras tres días, si lo devolvía, ahí estaba curado. Si no, la enfermedad era mala. Nunca una madre volvió con las manos vacías mientras cumpliera la palabra. Nunca contó los hechizos de sus vecinas, ni les echó en cara sus envidias.

¿Y cómo cura a los niños? preguntó Mariana.

Aquilina sonrió.

Cuanto menos sepas, mejor dormirás rió. Pero olvídate: que si brujería, que si demonios Nanay.

Mientras, en el pueblo original de Mariana

Volvió Daniel tras largo tiempo. En cuanto llegó, fue directo al dormitorio y, al ver la cama vacía y ningún rastro de su amada o de su hijo, se quedó sin palabras.

Perdóname, hijo lloriqueaba Eudocia. Cuando te fuiste, Venancio se fue también. Mariana enloqueció, tomó el cuerpecito y salió de noche. Corrí tras ella, pero nada. Yo fui por todo el pueblo, incluso al bosque. Nada, como tragados

Daniel solo oía: Desaparecida, desaparecida

***

Venga, hijo, decía Eudocia entrando a su cuarto. No puedes estar así, hecho polvo, sin comer ni hablar. La vida sigue, hijo. Si Dios lo quiso así

Daniel hundió el entierro en el alma. El invierno pasó como una niebla. Pero la primavera llamaba, y el campo necesitaba manos.

Por fuera parecía vivir; por dentro, tenía el corazón astillado.

Eudocia lo intentó todo: convencerle de casarse de nuevo, presentarle mozas.

Un día, cansado de tanta charla, Daniel le gritó tan fuerte que la tiró del banco.

¡No quiero oír de novias! Si no protegí a la primera ni a mi hijo, ¡no vuelvas a nombrar una nueva familia!

Los días se sucedieron, insípidos y grises. Daniel se volvió huraño y taciturno como un roble hueco. De lunes a domingo, rutina y silencio.

Pasó un año, dos. Eudocia veía cómo su hijo se volvía sombra entre las sombras de la casa. Nada era como ella lo había tramado.

El peso de la culpa le cayó encima como una losa. La noche no la dejaba dormir; el corazón empezó a fallar. Enfermó y, aunque Daniel la llevó a un médico de Salamanca, no hubo remedio.

Murió Eudocia a finales del verano, sin llegar a confesar a su hijo lo sucedido la noche en que Mariana desapareció.

Daniel quedó totalmente solo. Durante el día se ocupaba, pero al caer la noche, le asaltaban pensamientos negros. Decidió: cuando acabaran las cuarenta misas por su madre, prepararía un banquete para el pueblo y luego se marcharía para siempre.

***

¿Y tú qué? resonó la voz áspera de la abuela Agueda. ¿A qué vienes ahora, fantasma? Si no tuviste conciencia en vida, a buenas horas buscas redención, ¡anda ya!

Una sombra se materializó en el rincón. Agueda se plantó con las manos en jarras.

La sombra gimoteaba.

Ni yo quiero hablar contigo prosiguió la bruja. Bastante te has lucido. Paga lo que debes.

No la veeerrá susurró la sombra.

No hace falta que me lo digas. Ella no es adivina, es una pobre mujer azotada por gente como tú.

Nooo por miií musitó la sombra.

Claro que no por ti. Por ti ya es tarde. Ahora, enseña lo que vienes a enseñar.

La sombra abrazó a Agueda, y ante sus ojos desfiló la imagen de Daniel en la ciénaga, rodeado de demonios, esperando que una nueva alma desertara de los brazos de Dios

***

Mariana, dijo Aquilina, ¡qué buena sería una cestita de arándanos! Mi madre haría con ellos medicina para los niños.

Voy yo, contestó Mariana sonriente mirando a Venancio gatear. Mañana temprano, si tú cuidas del pequeño.

Faltaría más decía Aquilina abrazando al bebé. No tuve hijos, pero ahora tengo alegría gracias a ti. El destino nos cruzó, hija.

Fue la Virgen. Si no encuentro a usted en el pozo aquel día, a esta hora yo igual estaba criando malvas. Usted es como una madre para mí, tía Aquilina. En vida y muerte, te daré las gracias

***

Cuarenta días de luto, reparto de dulces y trigo molido, misa y cementerio. Terminado el último banquete, el vecindario fue retirándose. Daniel esperó un rato y se internó en el monte.

Caminaba sin rumbo. La vida pasaba ante sus ojos como un sueño: su amada Mariana, el pequeño Venancio en las manos, su madre, su padre ya fallecido. Nunca probó dicha, apenas fue joven, nunca cuidó del primer y único amor.

Todo es tiniebla, pensaba, llegando a la ciénaga.

Las aguas succionaban sus pies, el fango quería tragarle. Daniel no se resistía.

De repente, una voz de mujer, dulce, se oyó en el bosque. Parecía conocerla.

Una silueta blanca danzaba entre los árboles, el canto se acercaba.

Marianita susurró él. Voy contigo, mi vida.

El canto se apagó en seco. En el borde del pantano, apareció Mariana.

Él la miró sin atreverse a creerlo; medio cuerpo perdido en la ciénaga.

Me lo estoy imaginando musitó Daniel. Si no logré quedarme contigo en vida, al menos vendrás a buscarme en la muerte.

¡Pero qué dices, Daniel, que estoy viva! Mariana gritó desde la orilla.

Él se quedó de piedra, cayó la sonrisa.

Viva repitió. Al darse cuenta, luchó por salir, pero el barro lo atrapaba, como sogas heladas. Mariana rompió ramas, se arañó las manos, llorando y riendo a la vez, hasta que consiguió liberar a su marido.

Se abrazaron empapados, entre lágrimas y besos.

***

Cuando Daniel descubrió que Mariana vivía y su hijo estaba sano, casi perdió el sentido de felicidad.

Entró volando en la cabaña, tomó a Venancio y lloró como un bendito, que para calmarle hizo falta media olla de tila.

Después de muchas lágrimas y palabras, Daniel no soltaba la mano de su esposa.

Luego oyó la historia de Mariana: la soledad, el frío, la desesperanza que la quiso apagar para siempre.

Pero los malos recuerdos se olvidan pronto cuando hay amor y alegría.

Daniel decidió dejar la casa familiar, transfirió la propiedad y se instaló en el pueblo que era ya el hogar de Mariana.

Vivieron junto a Aquilina, que no tenía lazos de sangre pero sí el corazón de madre.

***

La tumba de Eudocia quedó cubierta de hierba y polvo. Nadie la recuerda ya, ni se sabe si su alma encontró la paz. Una vida quebrada por su propia mano, una búsqueda de riqueza y deseo que solo trajo desdicha.

Así acaba la historia de Mariana y Daniel, en algún rincón de Castilla, donde a veces los finales felices brotan incluso en los inviernos más largos.

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MagistrUm
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