Destinos de mujeres. Alba
Ay, Alba, por Dios te lo ruego, llévate a mi Dieguito contigo suplicaba Clara. Mi corazón me dice que algo malo puede pasar. Mejor la tristeza de la distancia que la muerte de mi niño.
Alba giró la cabeza y miró a Dieguito, enclenque, sentado en el banco junto al fogón, balanceando las piernas delgadas como un chiquillo.
Las hermanas antes vivían juntas, pero los años pasaron, y la mayor, Clara, se casó con Rogelio y se mudó a un pueblo lejano. Alba, la más joven, se quedó cuidando a su madre enferma, que no tardó en fallecer. Su padre había muerto de tuberculosis mucho antes de la boda de la hija. La madre educó bien a las muchachas. Bondadosas, trabajadoras, de buen corazón y siempre dispuestas a ayudar. Aunque Clara era la mayor, Alba siempre llevaba la voz cantante en casa. Clara era dulce y maleable, como el barro recién amasado. Por eso Rogelio se enamoró de ella, y juntos formaron un buen hogar. Él la adoraba.
Alba, en cambio, no se dejaba avasallar por nadie. Orgullosa, severa y para qué negarlo de una belleza singular. Los mejores mozos de las aldeas vecinas venían a pedirle la mano, y a todos les daba con la puerta en las narices.
Cuando su madre estaba viva, siempre le advertía:
Ay, hija mía, has heredado el carácter de la bisabuela. Pero ojalá no repitas su destino. Te quedarás sola de por vida, hija, y ¿quién te querrá en la vejez?
Alba solo sonreía ante los lamentos de su madre, nunca discutía, siempre la respetó y tenía sus propias ideas sobre la vida.
La bisabuela de Alba fue una mujer peculiar. Pasó toda la vida sin marido y con un hijo a cuestas, pero fue feliz, dedicándose un poco a curar. Usaba hierbas y rezos para aliviar las dolencias, jamás se metió en asuntos oscuros ni fastidiaba a nadie. La respetaban y temían, porque era de carácter difícil.
De ella no solo heredó Alba el temperamento, sino también las dotes de curandera. Sabía muchísimo de plantas, de rezos y conjuros. A quién pedía ayuda, nadie lo sabía. La gente inventaba cosas, pero ella no desmentía nada. Andaba por el pueblo con cabeza erguida, sabiendo lo que valía. Jamás negaba auxilio a quien lo necesitaba, ni a los niños enfermos. Por mucho que la temiesen, igual la respetaban.
No te entiendo, Clara dijo Alba mirando a Dieguito, ¿por qué tanto miedo? El niño está sano, y ya lo das por muerto.
Ay, hermana, ¿no has oído lo que pasa en nuestra Fontiveros? contestó Clara.
No, no me he enterado respondió Alba.
Pues los niños mueren como moscas. Se enferman durante semanas y luego Dios se los lleva.
¿Dios será? replicó Alba, arqueando la ceja.
Quién sabe, querida. Hace años que una peste parece rondar el pueblo. No hay casa en la que no haya muerto un niño.
¿Y por qué nadie vino a pedirme ayuda?
¿Pues quién lo sabe? Los niños corretean y de repente empiezan a desmejorar, se apagan poco a poco… Cuando ya no pueden más, fallecen. No vinieron a ti porque vives lejos, y aquí ya hay curandera.
¿Desde cuándo? se extrañó Alba.
Ya estaba aquí cuando me mudé con Rogelio.
¿Y por qué nunca me lo mencionaste?
Pues porque es una anciana más, cura con hierbas, nunca ha hecho daño. Hasta revive a las gallinas enfermas. Pero con los niños nunca ha podido. Ni sus hierbas ni sus rezos los salvan. Y no habíamos hablado de ella hasta ahora. Entonces, ¿llevas a Dieguito unos días?
Por supuesto, que venga sonrió Alba mirando al niño. Este duendecillo se puede quedar conmigo le despeinó con cariño el pelo pajizo. Clara, tras besarle y persignarse, se marchó a casa.
Bueno, campeón, vente al jardín, te enseñaré el nido que ha hecho el petirrojo en la leñera.
Dieguito mostró todos sus dientes y le agarró la mano a su tía.
***
¡Que reciban a los invitados! exclamó Clara entrando en la casa de su hermana.
¡Mamá! gritó Dieguito de alegría corriendo a abrazarla.
Habían pasado seis meses desde que Clara dejó al niño con Alba. El otoño manchaba de gris el cielo. Clara iba varias veces al mes a ver a su hijo, y siempre la visita traía lágrimas y abrazos.
Ay, mi vida, cuánto te he echado de menos, mi tesoro. Tu padre no para de preguntar cuándo te traigo de vuelta.
Alba salió secándose las manos en el delantal y ambas hermanas se besaron.
¿Cómo estáis, mis cielos? preguntó Clara sin apartar la mirada de Dieguito.
Muy bien, mamá. Tía Alba me regaló un gatito, ¿quieres que te lo enseñe? exclamó el niño, que no esperó respuesta para salir fuera.
Todo bien, Clara contestó Alba con calma. ¿Vienes a por el crío?
Pues sí, ya es hora. Lleva tanto tiempo contigo que te llamará mamá en vez de a mí bromeó Clara. Rogelio no para de insistir en que vuelva a casa.
¿Quieres llevártelo entonces? inquirió Alba. ¿Y cómo va todo en el pueblo?
Mejor, que no se gafe, pero desde que el niño está aquí no ha muerto ni uno más.
En ese momento Dieguito irrumpió con el gato en brazos.
Mamá, le llamé Tito. Es mi mejor amigo.
Bueno, seguro que será útil cazando ratones en el granero; nos lo llevamos a casa también. Ve preparando tus cosas, hijo.
Mientras el niño guardaba sus pertenencias en un saco, Alba y Clara charlaban. Clara insistía con sus eternas preguntas sobre cuándo pensaba su hermana sentar cabeza.
Déjalo ya, Clara bufó Alba. Así empezaba mamá. Ya vendrá el marido cuando tenga que venir. Ahora tengo a este sobrino de oro y me basta con divertirme con él. Oye, Dieguito, no olvides que siempre eres bienvenido a casa de tu tía.
En esos seis meses, a Alba le costaba dejar marchar al niño, pues le había tomado cariño. A su risa cristalina y sus juegos le alegraban la vida.
Clara, una cosa, cuida bien al gato, no lo maltrates, que es mi regalo para Dieguito.
¿Cuándo he hecho yo daño a un animal? Siempre tienen su cuenco de leche.
No te enfades, mujer, era solo una observación. La cesta está en la entrada. Que Tito viaje ahí, que el camino es largo. Intentad llegar a casa antes de que oscurezca.
Tras los besos y despedidas, Alba abrazó fuerte a su sobrino antes de despedirle con la bendición de Dios. La vida siguió su curso. El invierno empezó a ganar terreno. Los días eran cortos, y las noches, profundas y oscuras.
Las nevadas cubrían caminos y ni la puerta podía abrirse al amanecer. La vida del campo seguía lenta en invierno, pero Alba siempre encontraba en qué ocuparse: alguien traía un bebé enfermo, otro necesitaba hierbas para los achaques de un padre. Así pasaban los días. Cuando el sol empezó a asomarse y derretía la escarcha, pajarillos trinaban: ya olía a primavera.
Un día, mientras Alba preparaba la huerta, oyó un maullido. Era Tito.
¿Qué haces aquí? la joven levantó las manos. ¿No será que algo malo le pasa a Dieguito?
El gato volvió a maullar y a restregarse en sus piernas. Alba no dudó: fue a casa, cogió lo necesario, encargó a la vecina mayor, la señora Pilar, que cuidara el corral si no volvía pronto.
He decidido quedarme unos días en casa de mi hermana le explicó. Cuida de mis gallinas, Pilar.
Así, emprendió el camino al anochecer, cruzando el bosque. El corazón le latía rápido. Cuando divisó los tejados, apuró el paso. Entró en la casa agotada.
Alba, ¡qué desgracia! lloraba Clara y la abrazaba. Ven, ven, mira a mi niño…
En la cama estaba Dieguito, casi sin vida. Los labios morados, la piel traslúcida, respirando con dificultad. Entre sollozos, Clara consiguió explicarle que, después de Navidad, comenzó a decaer. Primero parecía un simple resfriado; luego, de un día para otro, se quedó en cama.
¿Por qué no viniste antes? reprochó Alba, poniendo la mano en la frente del niño.
No lo sé gimió Clara. Era como si algo impidiera el paso. Apenas salía de casa y pasaba algo; pensamos que era un catarro, estuvo jugando en la nieve. Después me enfermé yo también una semana. Cuando él empeoró de verdad, quise ir a por ti, pero este invierno ha sido horrible: ventiscas y ni un camino abierto, imposible cruzar el bosque.
Acudí a Demetria, la curandera. Me trajo hierbas, vino a rezar. Pero nada mejoró, y justo mañana pensaba salir a buscarte. Pero has venido tú sola. Mi mayor pena… ¡Tito desapareció! Mi niño no deja de preguntar por él. Alba, ¡ayúdame! Si muere, me muero con él.
Clara se mesaba los cabellos y gemía, acunándose.
No llores más por el gato; él fue quien me trajo aquí. Y menos mal, porque tú, hermana, ni espabilada… gruñó Alba. Clara abrió los ojos de la impresión.
¿Cómo que el gato te trajo?
Tal cual. Dime, ¿el niño ha comido algo raro? ¿Lo invitó alguien?
Claro, en Navidad fueron los niños de casa en casa pidiendo el aguinaldo; Dieguito habló maravillas de los bollos que le dio Demetria.
Alba dejó el ceño fruncido y le dijo:
Ve y dile a la curandera, que venga a rezar otra vez. Y no menciones que yo estoy aquí. Quiero ver de qué es capaz.
Clara no discutió y salió. Alba preparó dos agujas grandes y se escondió en la cocina. Cuando Clara y Demetria entraron, la anciana rezongaba:
Ay, hija, te ayudaría si pudiera, pero nada ha funcionado. Será Dios quien me pone esta penitencia.
Demetria entró y salió varias veces de la habitación, pero siempre se detenía en la puerta, y no podía marcharse. Sudando, inventaba excusas para regresar a la estancia.
Clara, siguiendo instrucciones de Alba, logró conducir a la vieja hasta otra habitación. Alba retiró las agujas de la puerta, y la anciana por fin pudo irse, escapando de la casa con prisa.
De vuelta, Alba estaba sentada junto a Dieguito, murmurando entre dientes:
Araña vieja, quitando la vida a los niños. Pero ahora verás tú lo que es bueno.
Trenzó tres velas, las colocó en la cabecera de la cama del niño.
¿Qué haces, Alba? preguntó Clara, nerviosa.
Lo que hago es descubrir que la curandera vuestra es la culpable de tantas muertes infantiles. Los críos rebosan vida. Y la bruja, para alargar la suya, la roba de ellos.
A Clara se le pusieron los pelos de punta.
Ahora, sal, Clara. Recibe a tu marido y haz tus cosas. En la tarde ven y ayúdame a acostarme.
¿Le vas a dar tu fuerza? preguntó su hermana, entre lágrimas.
Sí. Pero no te preocupes; cuando se recupere, ya me apañaré.
Alba encendió las velas, rezó y abrazó a su sobrino, tapándolo como una gallina protege a los pollitos bajo su ala.
Cuando Clara regresó, ayudó a Alba a levantarse y la arropó. En la casa reinaba el silencio, solo la lámpara ante los santos alumbraba la estancia. Alba se durmió con la tranquilidad de haber rescatado al niño. Al despertar, el aroma del pan inundaba la casa y se oía canto desde la cocina.
¿Cómo está Dieguito? preguntó Alba apenas salió del cuarto. Clara la abrazó llorando.
¡Ay, Alba, lo has salvado! Esta mañana se despertó y pidió comida.
Alba fue a ver al niño. Dormía, pero en sus mejillas se notaba la vida regresando.
Me quedaré unos días aquí, Clara. A pensar cómo desenmascarar a vuestra curandera.
***
Ay, abuela, me encuentro mal, corroída por los celos decía Alba, fingiendo pena, sentada con Demetria. Esa víbora le quiere quitar a mi novio…
Había ido a su casa fingiendo buscar ayuda, pero en realidad quería que la vieja le confesara su secreto.
No, hija, yo no hago nada malo negó Demetria con falsa dulzura. Ayudo a la gente.
Pues ayúdame a mí también, si eres tan sabia insistía Alba. Hazme un favor y no se lo cuento a nadie. Te lo pago bien.
Bueno aceptó la curandera, bajando la voz, veo que eres de genio fuerte como yo. Haré algo; pero a cambio solo quiero una cosita: unos panes que haré yo, dale uno a cada niño del pueblo.
¿Para qué tanto? dudó Alba.
No te preocupes. Así tu rival quedará fuera de juego.
¿Cómo?
Le daremos muerto musitó Demetria. Cada trozo de pan tiene su muerto invocado. Tengo pacto con ellos: les doy almas vivas y ellos me sirven y me alargan la vida.
Alba recogió el pan y se marchó haciéndole creer a Demetria que iba a repartirlo entre los niños. Llegó a casa de Clara, volcó el pan sobre la mesa:
Mira, Clara, como nuestra curandera envenena a los niños.
Pero solo es pan dudó Clara, ¿qué mal puede tener?
No es pan común, cariño; son panes de difuntos, llenos de conjuros explicó Alba.
Clara se persignó horrorizada.
Tenemos que deshacernos de ellos y lograr que esos muertos se vuelvan contra la bruja.
Al día siguiente, trajo noticias la vecina: Demetria amaneció irreconocible. Estaba negra, envejecida diez años de golpe, y echaba a gritos a todo el que se le acercaba.
¡Lo sabía! rió Alba. Los muertos vinieron por venganza y a falta de niños, ella pagó las consecuencias.
Me asustas con estas cosas, Alba. Al fin y al cabo, sigue viva…
Ay, Clara, eres igual que mamá, apiadándose hasta del mismísimo demonio.
En fin, se acabó el juego y hay que rematar el asunto. No entres en el cuarto, Clara.
Alba oscureció la estancia, encendió dos velas, sacó un candado viejo de su bolsa y recitó con voz queda:
“Si lo dices, desapareces,
Si lo usas, en cenizas quedas,
Que el candado cierre la fuerza
Que usaste con tus manos.”
Más tarde, candado en mano, se fue a casa de la bruja.
¿Demetria, estás en casa?
¿Quién es? se oyó desde dentro.
¿Por qué me llamas demonio?
Ah, eres tú… suspiró la bruja. ¿Qué quieres? Estoy enferma.
No me extraña, cuidar demonios no es sano rió Alba.
Demetria la miró temblando: ¡Tú! Por tu culpa los muertos me han atormentado toda la noche.
¿Alma? ¿Tú tienes de eso? rió Alba. Araña maldita, condenaste a pequeños por tu ansia de eternidad.
Demetria se lanzó tras ella al umbral, gritando maldiciones.
¿Crees que solo tú sabes usar magia, bruja? Fíjate en el candado de la puerta
La anciana se quedó petrificada al verlo y se desplomó, comprendiendo que con ese hechizo Alba le había quitado el poder.
Se acabó tu reinado, araña le dijo Alba, marchándose entre los gritos impotentes de la vieja.
***
Dos meses después, Dieguito estaba completamente recuperado. Demetria murió al mes de haber perdido su magia: los demonios le cobraron su deuda. Clamó y gimió en su agonía.
Desde entonces, Alba se convirtió en la única curandera de la comarca. Cumplía con su deber, nunca caía en tentaciones oscuras. Sanaba humanos y animales, sin hacer maldades. No encontraba novio, pero tampoco le inquietaba demasiado: su carácter no era fácil de aguantar.
Alba, hija, suspiraba su hermana, podrías dejar de ser tan altiva y aceptar a alguien. Así tendrías hijos
¡Sin carácter no se vencen demonios, Clara! reía Alba. Y si no tengo hijos, no me frustra: es mi destino. Y daba un beso en la frente a su querido Dieguito. Tan pronto se curó, el niño volvía a menudo al pueblo de su tía, a menudo para quedarse unos días, colmándola de ese amor infantil tan necesario.




