EL DESTINO EN LA CAMA DEL HOSPITAL
Mire, señorita, quédese usted con él y ocúpese como pueda. Yo no me acerco, ni loca; ¡y mucho menos darle de comer en la boca! María lanzó la bolsa de la compra encima de la cama donde yacía su marido enfermo con cara de estar a punto de convocar al Apóstol Santiago.
No se ponga así, mujer; su marido se va a recuperar. Ahora necesita mucho cuidado y yo, como enfermera, ayudaré a que José vuelva a caminar por sí mismo intenté tranquilizar a María, la esposa del paciente, que tenía menos fe en la medicina que un caracol en una autopista.
José ingresó con una cara de Semana Santa y unos pulmones peleando por la vida, pero tenía muchas ganas de vivir: eso ya es media batalla ganada. Lástima que su mujer, María, pareciera más animada a escribirle el testamento que una postal. Casi podía apostar que ya saboreaba la viudedad.
Anticipando acontecimientos, les contaré que, al cabo de los años, el hijo de José y María, también cayó enfermo de tuberculosis y en su forma más rebelde. María, ni corta ni perezosa, lo dio por perdido igual. Pero Pablo, el chaval, se curó; la terquedad familiar, por lo visto, iba por genes.
A pesar del diagnóstico, José nunca perdió el humor. Siempre con una broma, unas risas, intentaba salir pitando del hospital más pronto que tarde. La aldea donde vivían no tenía hospital decente ni consulta digna, así que María rara vez asomaba por allí. Daba pena ver a aquel hombre joven, dejado de la mano de Dios y de su señora, con la ropa más vieja que la Giralda.
José, ¿le importaría que le trajera unos zapatitos y algo de ropa? Veo que anda usted en castellanos por los pasillos. ¿Acepta mis humildes regalos? intenté bromear mientras le ofrecía mi ayuda.
De usted, Carmen, hasta veneno si me lo da por medicina. Pero no se moleste, que ahora lo único que quiero es curarme. Lo demás ya se verá me respondió José, apretándome la mano con suavidad.
Salí de la habitación cohibida. El corazón me brincaba más que las cabras en la Sierra de Gredos. ¿No me estaré enamorando? ¡Ay, Carmen, qué cosas tienes! No quiero romper un matrimonio, eso está feo, pero a veces el corazón te lleva de la correa por donde quiere. Mira que, de cabeza al río…
Cada vez que podía, visitaba más a José. Hablábamos horas y en los turnos de noche se atravesaban todas las confidencias del mundo. Muy poco a poco, nos tuteamos sin darnos cuenta.
José tenía un hijo pequeño, Pablo, de cinco años.
Pablo ha salido a su madre, bien guapo él. Carmen, yo quise mucho a María. Vamos, le ponía alfombra roja al pasar. Pero ella María solo se quiere a ella misma, es muy suya. Eso corroe más que el ácido, y aquí me tienes: depende de ti, una extraña suspiró José.
Pero, mujer, María tiene que venir de un pueblo perdido; no puede estar cruzando media Castilla cada dos días intenté disculparla.
¡Anda ya, Carmen! ¿No has escuchado eso de quien quiere, busca la manera, quien no, la excusa? Pues mi mujer excusas tiene para empapelar El Escorial pero para ver a sus novios bien que viaja hasta Mordor respondió José, cada vez más picado.
José, buenas noches. No te calientes. Todo se arreglará apagué la luz y salí de puntillas.
No cabe duda, José sufría. Atado a una cama, su mujer de jolgorio por ahí, y él aquí, contando azulejos. Típico: para el hormiguero es inundación hasta con un vaso de agua.
Una semana después, una tormenta en la habitación de José. Entro y le oigo gritar:
¡Que no te quiero ver más por aquí! ¡Hala, fuera! José echó a María a la velocidad de un AVE.
María salió disparada. Fui a informarme.
¿Qué ha pasado aquí? pregunté boquiabierta.
José, hecho un ovillo, de espaldas. Al final, le tuve que pinchar un tranquilizante.
Pasó un mes. Ni rastro de María.
José, ¿quieres que llame a tu mujer? le pregunté.
No hace falta, Carmen. Nos vamos a divorciar me respondió con serenidad castellana.
¿Por la enfermedad? Bah, si mejoras a marchas forzadas me extrañé.
¿Recuerdas cuando la eché? Había venido solo para decirme que se iba con otro. Que ese viviera en nuestra casa, ya que yo… a saber cuánto te queda, me dijo. Y que si me daban el alta, a ver si le ayudaba con el tejado, que se le cae encima… José calló, encogiéndose de hombros.
¡Virgen del Pilar, qué horror! alcancé a decir.
Y eso no fue todo. No mucho después, apareció María acompañada por un tipo. José ni lo vio, pero yo, desde la ventana, lo tenía controladito en el banco de la entrada, fumando como un carretero. María salió después, le dio un pico y se marcharon, tan felices.
José, te han dado el alta anuncié, intentando sonar neutral.
Carmen, quería preguntarte una cosa O bueno, quizá no dudó José.
José, sí. Lo que estás pensando. Yo también lo pienso. Vale, me he lanzado, pero mira, ¿acierto o no? dije, tirando la timidez por la ventana.
José se sinceró:
Carmen, no tengo casa. ¿Puedo vivir contigo? María se casa dentro de poco, lo nuestro ya está clarísimo…
José, tengo una hija. Si la aceptas, podemos ser una familia como Dios manda las cartas, sobre la mesa.
Una criatura no es estorbo. Si ya la quiero, aunque ni la conozca me miró de una manera que me puse como una magdalena al sol: derretía por dentro.
Desde entonces han pasado inviernos y vendimias.
Tenemos dos hijos juntos y un hogar mullido como una tortilla de patatas. Pablo el hijo de José viene a menudo con su familia. Mi hija mayor vive fuera, cosas de la vida. De hecho, nunca llegué a casarme; fue un resbalón de juventud. Me creí las promesas de un hombre, esas de amor eterno, pero todo quedó en ensayo.
Por María, ¡ay, María! Ella pasó por más bodas que la catedral de Burgos, tuvo un hijo con un compañero de trabajo y, por desgracia, ese niño anduvo siempre flojo de salud mental. María no era de dar cariño. El niño creció salvaje, sin molestar a nadie; cuando María se fue a reunirse con Santa Teresa, al chaval lo ingresaron en una residencia.
José y yo ya somos de la generación yogur caducado, pero nos seguimos queriendo más que nunca. Caminamos juntos, nos cuidamos, y celebramos cada día, cada mirada, cada resoplido ¡que nos quiten lo bailao!







