Tras el divorcio de mis padres, se deshicieron de su hija
Recuerdo que supliqué, pero mi madre no cedió ni un instante: con prisa, metió mis cosas en una mochila, me puso unas monedas en la mano y me echó de casa. Mi familia, como cualquier otra, estaba formada por mi madre, mi padre, yo y el abuelo Eusebio. Mis padres habían vivido bien durante años, pero llegó el momento en que mi madre dejó de preocuparse por sí misma y mi padre encontró el consuelo en otra mujer.
La nueva pareja de mi padre era mucho más joven, y se quedó embarazada. Mi madre nunca pudo perdonar aquella traición. Así que mi padre se fue de casa para vivir con ella. Ambos padres comenzaron a reconstruir su vida por separado, pero en esos nuevos planes no había hueco para mí.
Por aquel entonces estaba terminando octavo de EGB. Mi madre apareció en casa con un hombre mucho más joven, y protesté. Luego, empecé a juntarme con malas compañías: salía a beber, me corté el pelo muy corto y lo teñí de rosa. A mi madre no le importaban mis excentricidades; ni siquiera me miraba, y yo seguí a la deriva. Al finalizar primero de BUP, tras una discusión más, mi madre me echó definitivamente.
Aquella vez me dijo: Escúchame bien: ya eres mujer adulta; igual que tu padre, yo también anhelo mi felicidad. Recoge tus cosas y vete a vivir con tu padre. No tenía otra opción. Le rogué, le pedí mil veces que no me abandonara, pero ella siguió guardando mis cosas en la mochila y me mandó a la calle.
Fui en busca de mi padre, pero él también me cerró las puertas: Mira, hija, este piso es de mi esposa, y a ella no le gustará que vivas con nosotros. Vuelve con tu madre y reconcíliate. Y me cerró la puerta en la cara.
Perdida y sin saber qué hacer, compré un billete de tren, gastando los pocos duros que llevaba. A partir de aquel día ocurrieron muchas cosas. Llegué a un pequeño pueblo del norte, ingresé en una escuela de formación profesional y, al poco de acabar, conseguí trabajo como cocinera.
Con el tiempo, conocí a un muchacho, me enamoré y nos casamos. Pudimos comprar nuestro propio piso juntos. Mi esposo siempre me pedía que perdonase a mis padres; él mismo había crecido en un orfanato y jamás supo lo que era el cariño de una madre, comprendiendo mejor que nadie el sentimiento de orfandad.
Pero yo posponía el reencuentro, una y otra vez. Hasta que un día mi marido me dijo: Eres afortunada por tener madre y padre, pero por orgullo eliges la soledad. No sigas ese camino; nadie está libre de errores. Debes hablar con tus padres y acallar el dolor.
Así que fuimos juntos a mi ciudad natal. Cuando llamamos al timbre de aquel piso que antaño fue mi hogar, mis padres ya envejecidos abrieron, y al verme, mi madre se arrodilló ante mí suplicando perdón. Entonces lo supe: hacía mucho que les había perdonado, aunque no lo reconocía.
Entramos en casa, presenté a mi marido, y les anuncié que iban a ser abuelos. Mis padres me confesaron que habían vuelto a unirse después de buscarme juntos. Mi desaparición les había reunido de nuevo, y por fin, volvíamos a ser una familia.
La segunda esposa de mi padre, al ver que él aún suspiraba por mi madre, le dejó marchar. Luego, ella misma se casó con el hombre con quien le había sido infiel. Mi padre creyó mucho tiempo que ese hijo era suyo, y por eso nos abandonó. Pero resultó que ni ella sabía quién era el verdadero padre.
Al divorciarse, ella hizo la prueba de paternidad: mi padre no era el padre del niño. Ahora, mis padres son felices, y yo también lo soy. Todo terminó como tantas veces había soñado de joven: padre y madre otra vez bajo el mismo techo, juntos al fin.







