Tras una larga guardia nocturna, Almudena iba tan agotada que apenas podía mover los pies. El frío intenso había dejado paso a una lluviosa y pesada borrasca, la nieve caía sin cesar cada día. Caminaba resbalando constantemente sobre el hielo oculto bajo la capa de nieve sucia y mojada. Aquella noche ni siquiera pudo sentarse un momento. Un niño con apendicitis, luego una anciana con fractura de cadera… Parecía que todos esperaban a la noche para llamar a la ambulancia y acabar en el hospital. Almudena avanzaba soñando simplemente con llegar a casa y dormir. Miraba al suelo, vigilando el suelo para no caer, y no notó cómo un hombre se separó de la pared y se puso delante de ella.
Se paró y alzó la cabeza. Ante ella estaba un hombre de unos cuarenta años, que parecía un vagabundo o un atracador. Tenía el rostro herido, la ropa empapada y desaliñada, como si la hubiera cogido prestada. Almudena intentó rodearlo; no tenía fuerzas para salir corriendo.
Perdone, ¿no podría ayudarme? le preguntó el hombre de pronto.
Almudena era enfermera y las peticiones de ayuda eran para ella como el freno de emergencia de un tren. Se detuvo.
Yo… El hombre se agarró la cabeza y cerró los ojos un instante. Me han echado del tren. Por suerte había mucha nieve. Caí bien, sin romperme nada, sólo algún moratón.
Hay que beber menos dijo Almudena, intentando esquivarle.
Espere. No bebí. Sólo tomé té. Alguien echó algo en mi vaso, porque me dormí al instante. Me han robado, me han quitado hasta la ropa. Al menos no me echaron desnudo y fue cerca de su estación.
Vaya suerte. Debería ir a la policía y al hospital. ¿Le duele la cabeza? ¿Náuseas? Probablemente tenga conmoción soltó Almudena, volviendo a rodearlo, pues él no se movía.
Ya estuve en la policía. Hasta dentro de unas horas no sale otro tren. No quería esperar en comisaría. No encuentran a los ladrones. Viajaba en el compartimento con un anciano que parecía profesor: gafas y barba en punta. Me dijeron que seguramente era un disfraz y que tenía cómplices. Así que puedo darme por afortunado. Necesito lavarme y cambiarme, voy empapado. Le devolveré la ropa.
¡Hay que ver! Y no quiere también las llaves de mi piso y los ahorros Almudena se indignó.
Usted también… Nadie se fía de mí. ¿Por qué nadie me cree? El hombre alzó la cabeza y miró al cielo con unos ojos tan desesperados que Almudena sintió compasión. Lo examinó con desconfianza: iba mal vestido, pero tenía un hablar correcto. No era el típico indigente.
Bueno. Venga conmigo, o de verdad se va a resfriar. Ya me apañaré con la ropa.
Gracias. Es usted muy amable. Otros ni me escuchan; salen huyendo dijo el hombre, y la siguió.
Al llegar a casa, Almudena se dejó caer en el puf del recibidor. Le dolían las piernas y los párpados se le cerraban.
Pase al baño dijo señalando la puerta. Yo buscaré algo para que se cambie. ¿Cómo se llama?
Fernando contestó él y, tras encontrar el interruptor, se metió en el cuarto de baño. Pronto se oyó el agua de la ducha.
Almudena suspiró. Adiós al descanso. Su hermano llevaba años viviendo en Madrid, pero aún quedaba ropa suya. No pasa nada, que se quede con algo. Preparó lo que necesitaba y esperó a que cesara el agua para dejarle la ropa en la cómoda del pasillo.
Echó sopa en un plato y lo puso a calentar en el microondas. Sentada a la mesa, pensó preocupada: si su madre llegaba ahora, sacaría conclusiones equivocadas. ¿Qué otra cosa se podría imaginar si ella calentaba comida mientras un hombre, ajeno, se duchaba? Dios mío, que mamá se entretenga en la tienda o pase por casa de alguna amiga, pidió para sí. Pero Dios debía de estar ocupado, porque en ese momento giró la llave en la puerta.
¿Ya has llegado, Almudena? gritó su madre, y Almudena se asomó desde la cocina. Ay, pensaba que eras tú en la ducha, te estaba llamando. Entonces, ¿quién hay ahí dentro? preguntó entrecerrando los ojos.
Mamá, no grites. Un hombre se quedó tirado por el tren. Ahora se aseará y se irá. Intentó explicarse Almudena con calma.
¿Es para él la ropa de tu hermano? ¿Qué ha pasado?
Ya te lo he dicho: lo asaltaron y tiraron del tren.
Dios mío. ¿Y lo has traído a casa? ¿Y si es un ladrón o peor? Has pensado en eso, hija… Menos mal que llego a tiempo. ¿Llamo a la policía? su madre ya nerviosa.
Mamá, no exageres. Ya estuvo en comisaría. No hay trenes hasta más tarde, están de obras. Se irá en cuanto se vista repitió Almudena, ya más bajo.
No se oía más el agua. La puerta del baño se abrió y cerró de nuevo: Cogió la ropa, pensó Almudena.
Su madre se sentó enfrentada a la puerta, expectante. Pronto entró Fernando en la cocina, saludando apurado y con cierta culpabilidad. Almudena comprendió que debió de oír su conversación.
A ver, acérquese. ¿Y cómo permitiste que te robaran en pleno día, siendo tan fuerte? preguntó su madre con suspicacia.
Perdón por irrumpir así en su casa. Cogí el tren nocturno para ir a la boda de mi hija. Algo me echaron en el té y me quedé dormido. Me desvalijaron y hasta la ropa me quitaron. Me pusieron harapos y me lanzaron cerca de su parada. Me quedé sin móvil, documentación ni dinero dijo él encogiéndose de hombros.
Ya entiendo. ¿Y cómo llegaste hasta aquí? Vivimos lejos de la estación quiso saber la madre.
¡Mamá, déjale comer! No le atosigues más se indignó Almudena. Siéntese, Fernando, la sopa está lista.
De pequeña Almudena recogía gatos y cachorros de la calle y ahora rescata a hombres caídos de los trenes masculló su madre, pero apartó la silla para dejarle sitio en la mesa.
Coma tranquilo, Fernando. Pero tenga cuidado, si le gusta a mi madre no le deja marchar vivo bromeó con ironía Almudena.
Porque pasas la vida trabajando, noches y días, y en el hospital solo hay mayores y niños. Sin vida propia. Ya tienes cerca de treinta, hija, es hora de pensar en casarte. ¿Cómo me iré yo si tú sigues sola? decía su madre.
Mamá, basta, va a pensar que de verdad le estamos buscando pareja intentó tranquilizar Almudena al invitado.
Bah, anda resopló la madre y se fue a su cuarto.
Tu madre es muy firme comentó Fernando dejando la cuchara.
Nos crió sola a mi hermano y a mí. Teme que me pase como a ella, quedarse sola con un hijo explicó Almudena.
¿Eres médico?
No, enfermera. ¡Ay! ¿Y cómo vas a sacar billete sin DNI y sin dinero? se preocupó Almudena.
Me ayudarán en comisaría. ¿Tienes un teléfono? Necesito avisar a mi hija de que no podré ir a la boda, y a un amigo.
Te lo traigo Fue al cuarto.
Mamá, ¿qué haces? preguntó Almudena al ver a su madre volcando una caja de bisutería y una alianza de oro.
Calla, hija. ¿Y si de verdad es un ladrón? Me llevo esto a casa de la tía Marisa dijo la madre, y fue al recibidor.
Almudena no la detuvo. Era inútil; su madre haría lo que creyera conveniente.
Almudena dejó el teléfono delante de Fernando y se asomó a la ventana. Fernando llamó a su hija y, por el gesto de él, Almudena notó que no se había disgustado mucho por su ausencia. Después llamó a otra persona, pidiéndole la dirección de la casa a Almudena.
Ya está. Pronto llegará un conductor a buscarme. En realidad, no hacía falta que viniera. Mi exmujer no quería que me cruzara con su nuevo marido. Solo mi hija insistió. Estoy bien, me sirvió de advertencia Fernando parecía decaído.
¿Quién eres, que te viene a recoger un chofer con una llamada? preguntó Almudena, sorprendida.
Fernando le estaba empezando a gustar. Con la ropa de su hermano, aunque algo estrecha, se veía más arreglado.
Tengo una pequeña empresa de reparación de electrodomésticos con un amigo. Nada grande. Me convenció para no venir en coche: no conoces la carretera y en la boda seguro que hay alcohol, mejor el tren. Mejor hubiera venido en avión. No se preocupe, pronto me iré. Siento haberle dado la lata se excusó, quizá tanto para ella como para sí mismo.
Almudena miraba a Fernando y reflexionaba: su madre tenía razón. ¿No sería mejor llegar a casa y que la esperara un marido? Tener una vida con sentido, hijos… Estaba cerca de los treinta y vivía con su madre, sin perspectivas. Leo, el último hombre, la había traicionado con su mejor amiga.
Es usted muy buena persona. Seguro que todo le irá bien dijo de repente Fernando, interrumpiendo su ensimismamiento.
¿Y usted? Parece tenerlo todo: empresa, recursos…
¿Yo? Iba solo a la boda. Con la exmujer nada salió bien. No coincidí con otra como usted, tan amable. Las mujeres de hoy piensan mucho en sus propios intereses. Y los hombres. Usted llega de guardia y yo no la he dejado ni descansar, le he caído del cielo sin pedirlo.
Conversaron largo rato más. Ya caía la tarde cuando sonó el móvil.
Es mi conductor, Santi. Ya llegó explicó Fernando, cogiendo el teléfono de Almudena. He grabado mi número, firmando como Fernando del tren. Sé que igual nunca llamas, pero si algún día necesitas algo, cuenta conmigo. Muchas gracias por todo. Devolveré ropa, no lo dudes. Y discúlpame ante tu madre; seguro que piensa que soy un ladrón dijo Fernando, con una mirada triste que casi hizo llorar a Almudena.
Era un perfecto desconocido, pero no quería que se fuera. ¿Quién era ella, quién él…? Almudena sonrió.
No vuelva a meterse en líos así.
Nada, yo ya sólo viajo en coche o avión. Nada de trenes Fernando sonrió.
Almudena le vio bajar a la calle y buscar su ventana para despedirse con la mano antes de subir al coche entre las sombras frías del invierno.
Ya está, mañana ni se acordará de mí.
¿Ya le has dejado irte? preguntó la madre desde la puerta al volver.
Antes te quejabas de que lo trajera, ahora de que lo deje marchar intentó disimular su pena Almudena.
Es buena gente, se le nota.
¿Entonces por qué saliste corriendo a esconder la bisutería? inquirió Almudena.
Por tonta, hija, por vieja desconfiada suspiró la madre.
Pasaron tres semanas, llegó la víspera de Año Nuevo. A Almudena casi le parecía haber soñado a Fernando, todo resultaba irreal. El turno de guardia en Nochevieja parecía tranquilo. Había un arbolito en la sala de personal, pocos pacientes en planta. Difícil que trajeran a alguien por urgencias. Si pasaba algo, sería los días siguientes, cuando terminara la fiesta. Al fin podría dormir.
Bueno, Almudena, ¿otra vez juntos de guardia? El doctor Velasco sonrió mirándola con intensidad.
Ella intuía que no era casualidad: seguramente él mismo organizaba el turno nocturno para coincidir con ella. Doctor Velasco era famoso por su debilidad por las enfermeras jóvenes. Almudena disimulaba que lo sabía.
¿Estáis aquí? ¡Vaya lo que pasa! Lola irrumpió corriendo en la sala.
¿Han traído a alguien? Velasco se puso la mascarilla y buscó unos guantes en el bolsillo.
¡Está Papá Noel! ¡De verdad! Con regalos, quiere entrar en las salas para animar a todos. ¿Le dejo pasar? preguntó Lola acelerada.
¿Santa Claus, dices? Bueno, por qué no. Vamos a ver quién es ese generoso dijo Velasco, tomando a Almudena del brazo para salir.
Desde el pasillo ya oían la voz potente en urgencias: un hombre con abrigo rojo bordado, gorro y barba blanca, con un gran saco, quería que lo dejaran entrar.
Vengo directo desde Laponia y no me dejáis pasar protestaba, y la voz le resultó familiar a Almudena.
Juraría que Papá Noel vive en Laponia, pero aquí lo tenemos bromeó Velasco. No arme mucho jaleo, que hay enfermos descansando.
El falso Papá Noel pasó por las habitaciones, repartiendo mandarinas y dulces entre los pacientes. Los mayores lo recibían encantados. Hasta la auxiliar Aitana pidió que pasara por su unidad y Papá Noel miró a Almudena sin saber qué hacer.
A la enfermera no te la llevas; tienes que venir ya con tu propia reina maga le cortó con descaro Velasco, cogiendo a Almudena del brazo.
Al poco Papá Noel regresó al vestuario, quitándose la barba y el gorro, con la chaqueta desabrochada y el saco casi vacío. Almudena rompió a reír al verlo.
Sabía que hoy tenías guardia y quería sorprenderte, animarte un poco. ¿Lo he logrado? le preguntó Fernando, ilusionado.
Has podido; las abuelas no van a dormir en toda la noche rió Almudena.
Veo que hoy me toca quedarme solo de guardia Velasco suspiró teatralmente. Ve con Papá Noel, Almudena, que Lola me echará una mano. Disfruta de la noche.
No la tuvo que convencer. Un mes después Almudena pidió el traslado y se fue con Fernando. Su madre no cabía de gozo: Ya tengo a mi hija encaminada, ahora sí podré morirme tranquila… ¡Pero qué digo! ¡Me esperan los nietos, aún tengo que ayudar! Y decidió seguir viviendo.
Por alguna razón, todo lo malo lo llamamos destino, y lo bueno, simple casualidad. Pero, en realidad, suelen ir siempre de la mano.




