En una mañana nebulosa y extraña, Carmen, profesora de matemáticas en Madrid, se preparaba para celebrar el cumpleaños de su querida amiga y colega, con la que trabajó codo a codo y compartió largos paseos hasta el colegio durante cuarenta años que parecían fluir como agua por los adoquines. Carmen eligió despacio una camisa y una falda elegante, casi como si los colores bailaran en el espejo bajo la luz gris. Aunque la ciudad aún tenía charcos frescos de la tormenta de la noche anterior y las aceras olían a humedad, ella salió hacia una pastelería cercana, decidida a comprar un gran pastel y un ramo de claveles, esos rojos intensos que sólo florecen en Castilla.
Su jornada, sin embargo, se volvió surrealista cuando una mujer rubia apareció conduciendo un descapotable, como si la escena fuera una pintura distorsionada de Dalí. Cuando la rueda giró sobre el charco, una ola de barro salpicó a Carmen y sus delicados regalos. La mujer, con ojos de espejismo, asomó la cabeza y gritó con voz de burla: ¡Abuela! ¿A dónde vas así vestida? ¡Ya es tarde! Las abuelas como tú deberían estar en casa tomando café con leche y bizcochos.
Carmen, con una mezcla de rabia, orgullo y ese coraje que se siente sólo en sueños, contestó en voz alta: ¡Yo tengo asuntos importantes hoy! ¡Qué vergüenza te debería dar!. Pero la conversación derivó en una discusión absurda sobre charcos y pasos de cebra, como si el tiempo girara en círculos y las palabras se convirtieran en viento. De repente, una visión apareció: un hombre alto, vestido con traje oscuro y corbata de oro, salió de una casa de la calle. Con acento castizo preguntó curioso: ¿Qué sucede aquí?. La mujer rubia se apresuró en señalar a Carmen: ¡La culpa es de esta señora mayor! Ahora me incomoda.
Pero el hombre se detuvo, como si reconociera el rostro de Carmen en la niebla madrileña, y de pronto sonrió con alegría: ¡Carmen! ¡Qué milagro verte de nuevo!. Caía la luz sobre ellos como si el sol quisiera entrar a la calle. La abrazó cálidamente; era su antigua profesora favorita. Mirando a la mujer rubia, quien resultó ser su secretaria, entendió el error y pidió disculpas con sinceridad. Ordenó a la secretaria que pidiera perdón también, y ella murmuró un Lo siento que se desvaneció en el aire.
Como sucedía sólo en los sueños y en las historias de Madrid, el hombre decidió despedir a su secretaria luego de aquel incidente. Después acompañó a Carmen hasta su portal, esperó a que se cambiara la ropa manchada, y entretanto él mismo fue a comprar un ramo de rosas frescas y un pastel enorme, pagando por todo con billetes relucientes de euros. El día acabó celebrando el cumpleaños de la amiga de Carmen, en un salón lleno de risas, flores y dulces, donde todo parecía un cuadro surrealista, lleno de recuerdos fugaces y ternura.





