Después de la cena de Navidad, me escondí bajo la cama para sorprender a mi prometido – pero en la casa familiar de los Gable, rodeada del aroma a lavanda y el bullicio navideño, descubrí un plan frío y calculado: ellos no querían mi amor, sino encerrarme en un psiquiátrico suizo y quedarse con mi fortuna. Fue entonces cuando tramé la venganza perfecta, y en una boda de lujo en el corazón de Madrid, les hice confesar sus crímenes ante todos, arruinando sus vidas mientras recuperaba la mía.

Después de la cena de Nochebuena, me escabullí bajo la cama, planeando sorprender a mi prometido. La habitación de invitados en la casa de los Velasco olía a lavanda y a polvo de siglos. Era Nochebuena, y fuera nevaba con copos tan grandes que daban para anuncio de turrón. Dentro, la casa estaba llena de calor, de olor a cordero asado y del murmullo lejano de risas.

Jimena Hidalgo, heredera del emporio naviero Hidalgo, yacía boca abajo bajo una antigua cama con baldaquino.

Se sentía ridícula. Tenía veinticuatro años, llevaba un vestido rojo de seda que valía más que toda la casa y estaba pegándose la cara contra unas tablas que raspaban. Pero claro, el amor hace que una haga tonterías.

En la mano apretaba una cajita de terciopelo. Dentro descansaba un reloj antiguo de oro de la firma Girard-Perregaux, modelo de 1952. Le había costado tres meses dar con él. Era su regalo de Navidad para Álvaro, su prometido. Álvaro adoraba las cosas antiguas. Decía que tenían alma, no como el lujo aséptico en el que Jimena se había criado.

Le va a encantar, pensó Jimena, conteniendo una risita.

Había dicho a Álvaro que iba al baño. Pero se coló en la habitación de invitados donde se alojaban. Su plan era sencillo: esperar a que él entrase a cambiarse para la cena, saltar de debajo de la cama, gritar ¡Sorpresa! y ver cómo se le iluminaban esos ojazos.

Oyó pasos en el pasillo. Pasos pesados, con determinación. No eran los ligeros de Álvaro.

Giró el pomo. Clic.

Jimena contuvo la respiración, lista para saltar.

Pero, en vez de los Oxford de Álvaro, aparecieron unos tacones beige gastados. Detrás, los mocasines sensatos de un señor.

La puerta se cerró con un clack definitivo.

Por fin bufó una voz. Era la madre de Álvaro, doña María, normalmente el colmo de la dulzura, pero ahora sonaba irreconocible, como si se hubiese tragado medio litro de vinagre. Pensé que la niña tonta esa no saldría nunca del salón. Tengo la cara entumecida de sonreír.

Jimena se quedó tiesa. La caja de terciopelo se clava aún más en la palma.

Tranquila, mamá respondió Álvaro. Pero no era el tono cálido que Jimena conocía; era frío, plano, pragmático. Tenemos diez minutos antes de que venga a buscarme. ¿Has llamado al doctor Solís?

Sí cortó doña María. Está en el ajo. Pero, Álvaro, ¿estás seguro? Esa chica es pegajosa. ¡Me mira como si fuera la Virgen de la Macarena! Qué asco.

Aguanta dijo Álvaro. Solo quedan dos meses para la boda.

Al otro lado del somier, a Jimena el corazón le golpeaba las costillas como un canario. ¿De qué están hablando?

Es que la odio gruñó doña María. ¿Has visto cómo ha mirado mi mantel? Como si fuera un trapo. Menuda niñata condescendiente y mimada. Le habría estampado la sonrisa del Girard-Perregaux de una bofetada.

Mamá suspiró Álvaro, con el sonido inequívoco de una cremallera bajándose. No lo tomes a lo personal. No es una persona, es un cajero automático. Un cajero automátic*o* enorme.

Jimena se mordió la muñeca para no gritar. Sabía a óxido.

¿Entonces seguimos con el plan de la luna de miel? preguntó doña María, en voz baja.

Sí dijo Álvaro. Menorca, islita privada. Yo simulo que tiene un brote. Paranoia, alucinaciones. Ya les he dicho a sus amigas que la noto rara, olvidadiza. El doctor Solís firmará el ingreso involuntario. La metemos en una clínica suiza. Como esposo, yo recibo la tutela. Liquidamos el patrimonio, y ella se pasa la vida con las paredes forradas.

¿Y no podrá salir nunca?

Con lo que le va a meter Solís, no rió bajo Álvaro. No sale ni a por churros.

Los muelles del colchón gimieron cuando Álvaro se sentó. El colchón bajó, pillando el mechón de Jimena contra la madera. No podía moverse. Apenas podía respirar. Las lágrimas brotaban silenciosas, empapando el polvo en el que se escondía: en la casa de quienes tramaban enterrarla en vida.

Vamos dijo Álvaro, poniéndose de pie. Tengo que ir a besar a mi cajero automático de buenas noches. Espero que el reloj sea caro; así lo empeño y dejo el anticipo para el Porsche.

Salieron. Clic de la puerta.

Jimena permaneció bajo la cama, el polvo rasgándole la garganta y el peso de la cajita clavándose como piedra.

Parte 2: El complot

Jimena no salió. No les enfrentó. Se quedó media hora bajo la cama, temblando hasta que los dientes le castañetearon.

Ingenua, sí. Había creído que todos eran tan buena gente como ella. Pero tonta no era.

Si les plantaba cara ahí, en su casa, a kilómetros de Madrid ¿qué harían? Álvaro era fuerte. María, una arpía. Y acababan de confesar un plan de secuestro y estafa. Si supieran que ella lo había oído, igual ni llegaba a la clínica suiza. Accidente por las escaleras y listos.

Jimena se limpió la cara. Salió arrastrándose debajo de la cama. Se miró en el espejo. Los ojos rojos, el vestido polvoriento. Tenía cara de víctima.

No, pensó. No soy víctima.

Abrió el bolso. Sacó el móvil. Empezó un audio.

Me llamo Jimena Hidalgo susurró. Si muero, Álvaro Velasco y su madre han sido los culpables. Esto es lo que he escuchado

Grabó todo lo que recordaba. Después, lo subió a una nube secreta y se lo mandó con bloqueo de tiempo al jefe de seguridad de su padre.

Se sacudió el vestido, se puso polvos para tapar el drama y forzó una sonrisa como si llevase una máscara de cristal.

Bajó las escaleras.

¡Aquí estás! rió Álvaro, copa de ponche en la mano frente a la chimenea. Pensábamos que te habías perdido.

Se acercó para abrazarla. Jimena sintió los brazos del hombre que planeaba encerrarla en un manicomio. Se le heló la piel.

Aun así, le devolvió el abrazo.

Estaba retocando el maquillaje dijo Jimena, voz aguda y apurada. Quiero estar perfecta para ti.

Siempre lo estás murmuró Álvaro, besándole la frente.

¡Ay! se separó ella. Se me olvidaba.

Le tendió la caja.

Álvaro la abrió. Se le pusieron los ojos redondos como monedas de dos euros. ¿Un Girard-Perregaux? Jimena esto

¿Te gusta? inquirió ella, mirando cómo resplandecía la avaricia en su mirada.

Me encanta sonrió. Eres increíble.

Me alegro dijo Jimena. Haría cualquier cosa por ti, Álvaro. Cualquiera.

Incluida destruirte, añadió por dentro.

Los siguientes dos meses, Jimena fue novia modélica. Dedicada, divertida, despistada. Pero, por las noches, trabajaba como Sherlock.

Contrató a un detective. Encontró al doctor Solís: psiquiatra caído en desgracia con una deuda de apuestas que Álvaro le había pagado. Maletín de pruebas. Correos con la clínica suiza. Un dosier grueso como una enciclopedia.

Pero la cárcel no era suficiente. ¿Querían su dinero y ridiculizarla?

Ella les daría justo eso.

Una semana antes de la boda, Jimena se sentó en la oficina de la wedding planner con más fama de Madrid. Coste estimado: 500.000 euros.

Es mucho fingió Álvaro. ¿No deberíamos recortar?

¡Pero hombre! rió Jimena. Papá quiere lo mejor. Aunque hay un problemilla.

¿Qué pasa? Doña María, pinchando.

Mi padre, que es chapado a la antigua. Dice que queda fatal que la familia del novio no ponga nada. Que la gente hablará. Ese Álvaro es un cazafortunas, dice.

Álvaro se tensó. Me da igual lo que digan.

Ya, mi vida susurró ella. Pero para guardar las formas ¿podrías firmar tú los contratos? Solo de cara a la galería, ser el anfitrión en los papeles.

¡Pero no tenemos medio millón de euros! saltó doña María.

¡Ya, es el truco! rió Jimena. Tú firmas y, el mismo día de la boda, a las 8, hago la transferencia íntegra, y encima un bono de 50.000 solo para ti, doña María. Pagáis a los proveedores, quedáis como reyes y mi padre se calla. Todos contentos.

Álvaro y su madre se miraron la misma mirada de codicia y soberbia de la habitación.

¿De verdad transfieres el dinero por la mañana? preguntó él.

Palabrita Jimena, teatrera, se hizo la cruz en el pecho.

Álvaro agarró el bolígrafo. Firmó. Catering, hotel, flores, orquesta. Se hizo responsable legal de hasta el último céntimo.

Listo sonrió.

Perfecto respondió Jimena.

Parte 3: El caballo de Troya

Llegó el día de la boda. Una primavera fresca en el Hotel Ritz de Madrid.

Jimena esperaba en la suite nupcial. Vestido de novia espectacular una nube de tul de Rosa Clará. Maquillaje de película.

Vibró el móvil.

Álvaro: Esperando la transferencia, cari. El director del hotel pregunta

Jimena respondió: El banco dice que se está procesando. Las transferencias internacionales los sábados son lentas. ¡Tranquilo, diles que llega! Te quiero.

Dejó el móvil. El dinero no iba a llegar. No existía. Aquella mañana, había metido todo su patrimonio líquido en un fideicomiso blindado por su padre.

Sacó de su bolso un pendrive negro y corriente.

Mandó llamar al DJ.

Hola dijo Jimena, entregando un billete de 500 euros. Tengo una sorpresa para Álvaro, una grabación de su abuela. Quiero que la pongas cuando el cura pregunte si alguien se opone. Es una coña interna.

El DJ arqueó una ceja. ¿Ahí? Vaya…

Cosas de novios le apretó el billete. Cuando me toque el collar, le das al play.

El DJ se encogió de hombros.

Jimena caminó hacia el altar. Trescientos invitados la élite madrileña, familiares de Álvaro, socios.

Álvaro esperaba. Guapo en su traje, pero sudando. El director del hotel al fondo, tique impagado en mano.

Jimena llegó a su lado. Álvaro susurró:

Estás preciosa. ¿Ha llegado la transferencia?

Chss sonrió ella. Concéntrate en nosotros.

Empezó la ceremonia. El cura habló de amor, confianza, bla, bla. Doña María al frente, sonriendo con ojos secos de culebra.

Y ahora anunció el cura, si alguien tiene un motivo por el que estos dos no deban casarse, que hable ahora o calle para siempre.

Silencio.

Jimena miró al público. Luego a la suegra. Luego a Álvaro.

Se agarró el collar.

Por los altavoces, chisporroteo y una voz.

Parte 4: Las verdaderas promesas

Voz de doña María: Es que la odio. ¿Has visto cómo mira mi mantel? Como un trapo. Menuda niña mimada

Un susurro recorrió la sala. Doña María se petrificó, el pañuelo a medio camino.

Los ojos de Álvaro, desorbitados: ¿Pero qué?

La grabación continuó, diáfana.

Voz de Álvaro: No es una persona, es un cajero automátic*o*. Un cajero automático muuy rentable.

Estallido de murmullos. El padre de Jimena se puso morado.

Álvaro saltó al micro:

¡Corta eso! ¡Corta el sonido!

Pero el DJ, lívido, solo lograba liar los cables. El audio seguía.

Voz de Álvaro: La ingresamos en Suiza Nunca verá el sol otra vez.

Una ola de horror inundó el salón. No eran rumores. Era una confesión.

Jimena, imperturbable, miraba a su alrededor con la serenidad de quien tiene la paella bien atada.

¡Álvaro! chilló doña María.

La grabación acabó. Silencio de cemento armado.

Álvaro, bañado en sudor, articuló: ¡Es falso! ¡Es IA! ¡Nos han hackeado!

Jimena cogió el micro del cura.

No, Álvaro. Grabado en Nochebuena. ¿Recuerdas? Oculta bajo la cama, queriéndote dar tu regalo.

Se acercó.

¿Encerrarme? ¿Dejarme en una celda?

Se giró al público.

Igual soy una princesa y mimada. Pero la celda la va a estrenar otro.

A Álvaro se le torció la cara de forma grotesca. Le sujetó el brazo con rabia:

¡Puta! ¡Nos has hecho una trampa!

¡Suelta a mi hija! gritó el padre, saltando la valla. Tres seguratas (fichados por Jimena, ojo) inmovilizaron a Álvaro.

Álvaro chillaba entre los baldosines. Doña María intentó huir, bloqueada por las damas de honor, majas y firmes.

Jimena miró a su exnovio derribado:

Aquí no se dice sí, quiero dijo al micro. Se dice sí, lo sé.

Soltó el micro. Pum.

Recogió la cola. Caminó hacia la salida.

Pero aún quedaba la puntillita.

Parte 5: La factura

Jimena llegó a las puertas de la sala de banquetes. Allí estaban el director, el jefe de catering y la florista, cabreados como monos.

¡Señorita Hidalgo! clamó el director. ¿Dónde va? ¡La factura de 500.000 euros sigue impagada!

Jimena sonrió como la niña buena.

Ay, yo no soy la anfitriona dijo. Yo no firmé nada.

¿Cómo?

Mire las firmas dijo Jimena. Álvaro Velasco, su madre de avalista. Ellos pagan todo.

El director echó un ojo: Álvaro Velasco.

Pero ¡dijo que usted haría la transferencia!

Pues miente más que habla. Igual tiene efectivo encima, quería comprarse un Porsche, ¿no?

Jimena pasó entre ellos.

Detrás, caos. Los proveedores asaltaban a Álvaro y doña María.

¡Señor Velasco, necesitamos el pago!
¡Mis flores cortadas ya! ¡Son cuarenta mil euros!
¡Llamo a los abogados!

Doña María lloraba a moco tendido. ¡No tenemos ese dinero! ¡Que lo mire en su cuenta, por Dios!

Antes de cruzar la puerta, Jimena envió un mensaje al móvil de Álvaro. Él no lo leería, pero la policía sí.

Jimena: No te he robado el dinero, Álvaro. Lo he donado a investigación de salud mental infantil en tu nombre. Ya eres todo un filántropo. De nada.

Suenan sirenas fuera.

El padre esperaba en la puerta del coche.

¿Sabías esto todo este tiempo?

Necesitaba pruebas respondió ella. Y quería arruinarles primero.

Su padre la miró: miedo y orgullo. Recuérdame no cabrearte nunca.

Buena idea.

Los patrullas pararon en la entrada. Los agentes entraron corriendo.

Jimena subió al coche. Al aeropuerto, por favor.

Parte 6: El último brindis

Tres horas después.

El Falcon privado volaba a 12.000 metros. Paz, olor a cuero y a cava.

Jimena miraba por la ventanilla, enfundada en chándal de cachemir. Ni novio, ni suegra. Solo paz.

Viaja a Menorca, a la isla privada donde le iban a montar la crisis nerviosa. Pero no para perder el juicio: para ponerse morena.

Sacó del bolso la caja. Abrió el Girard-Perregaux, que brilló al sol.

Era precioso. Álvaro lo había deseado. Con avidez.

Tenía razón, doña María susurró Jimena al asiento vacío. Soy una niña mimada.

Se puso el reloj. Le quedaba grande, algo masculino, imponente.

Y las niñas con posibles añadió pueden contratar a los mejores abogados. Mi equipo legal se encargará de que ustedes no tengan vistas a los Alpes. Tendrán vistas a la celda de Soto del Real.

Bebió del cava.

Abrió la agenda.

Álvaro Velasco. María Velasco.

Seleccionar todo. Borrar.

Luego, miró las fotos con ellos: las de la pedida, la boda, las sonrisas falsas.

Borrar todo.

Pantalla en negro.

Jimena miró a través de las nubes. Dos meses bajo una cama, asustada, en un teatrillo, aguantando la respiración.

Ahora, podía respirar.

Cerró los ojos y escuchó el zumbido de los reactores. No era ruido cualquiera, era la banda sonora de su segunda vida.

No era víctima. Tampoco princesa. Era la reina de la partiday el jaque mate nunca supo tan dulce.

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MagistrUm
Después de la cena de Navidad, me escondí bajo la cama para sorprender a mi prometido – pero en la casa familiar de los Gable, rodeada del aroma a lavanda y el bullicio navideño, descubrí un plan frío y calculado: ellos no querían mi amor, sino encerrarme en un psiquiátrico suizo y quedarse con mi fortuna. Fue entonces cuando tramé la venganza perfecta, y en una boda de lujo en el corazón de Madrid, les hice confesar sus crímenes ante todos, arruinando sus vidas mientras recuperaba la mía.