Dejando a su amante en una esquina difusa de la Gran Vía de Madrid o quizá era la Puerta del Sol pero derretida como en un reloj de Dalí, Buendía se despidió de ella con una ternura casi líquida y arrancó de regreso a casa. Aparcó junto a su portal, donde un hombre sin rostro vendía lotería con acento de Cuenca, y se detuvo un instante en la niebla de sus pensamientos, calibrando la danza de excusas que le ofrecería a su esposa. Subió las escaleras, que se alargaban y acortaban según su paso, y abrió la puerta de casa.
Hola dijo Buendía, los labios aún con el eco de besos ajenos. Clara, ¿estás en casa?
En casa, sí respondió la voz de Clara desde la cocina, con ese temple de meseta castellana. Buenas. ¿Voy friendo los filetes de lomo o no hace falta?
Buendía se prometió a sí mismo actuar con rectitud y coraje, como un hidalgo sin miedo: cortar de raíz su doble vida, justo ahora, antes de que el aroma de la rutina lo envolviera otra vez y le apagara la boca.
Clara carraspeó. Vengo a decirte… que tenemos que dejarlo.
La noticia flotó en el aire como un anuncio de tren retrasado. Clara siempre fue insumergible ante la tempestad. Por eso él de joven la llamaba Clara Niebla, porque no había tormenta que la despeinara.
¿Dejarlo? asomó su rostro tras la puerta de la cocina, sujetando una espumadera. Entonces, ¿no frío el lomo?
Haz lo que quieras dijo Buendía. Si quieres, fríelo. Si no, no. Me voy con otra mujer.
En la mayoría de los sueños, las esposas armarían un estrépito digno de zarzuela, arrojando cacerolas y lágrimas. Pero Clara era diferente. Era hierro toledano.
Vaya, qué melodrama manchego dijo. ¿Por cierto, has ido a recoger mis botas del zapatero?
No Balbuceó Buendía. Pero si es importante, bajo ahora mismo y las recojo, así me pille el desfile de gigantes y cabezudos.
Ay, Buendía… resopló Clara. Siempre igual. Manda a un tonto a por botas y te trae unas alpargatas de tu abuela.
Buendía se sintió descolocado, como si le hubieran cambiado las señales de tráfico de su propio sueño. ¡No había gritos, ni portazos, ni lágrimas! Solo esa calma de otoño en la vieja Castilla.
Me parece, Clara, que no me estás escuchando insistió, casi suplicando. Lo digo en serio: me voy con otra mujer. Te dejo. ¿Y tú solo piensas en botas?
Y sí, claro respondió Clara. Yo no puedo irme a ningún sitio, que tengo las botas en el zapatero. ¿Pero tú? Tus zapatos nuevos están relucientes, libre eres de irte rodando por todo Madrid.
Habían compartido años y verbos juntos, pero Buendía jamás descifró el momento en que Clara bromeaba o hablaba en serio. Quizás fue lo que le enamoró: su modo de navegar la vida sin hundirse, y ese cuerpo cálido que recordaba a las viñas de La Rioja.
Clara era roca: leal, fría y serena como la estatua de Colón en la Plaza Mayor. Pero Buendía ahora soñaba con otra. Un amor caluroso y clandestino, como un chocolate espeso recién salido de la taza. Tenía que ser honesto, o eso le dictaba la lógica borrosa del sueño.
Así es, Clara entonó Buendía, con solemnidad de procesión en Semana Santa. Te agradezco todo, pero me enamoré de otra mujer. Y a ti ya no te quiero.
No me digas replicó ella. No me quiere, el mocasín perdido. Mi madre, por ejemplo, amaba al vecino, y mi padre prefería el mus y un copazo de Anís del Mono. Y mírame, aquí estoy, tan pancha.
Discutir con Clara era como correr cien veces la San Silvestre. Cansaba y nunca se llegaba a meta. Todo el ímpetu de Buendía se disipó como burbujas en un tinto de verano.
Eres estupenda, Clarita, de verdad suspiró Buendía. Pero amo a otra, de una forma ardiente, prohibida y deliciosa. Me voy con ella.
¿Otra? ¿Quién, la Elvira la del tercero? inquirió Clara, inclinando la cabeza.
Buendía se encogió sobre sí mismo. Cierto, con Elvira hubo fuegos artificiales hace un año. Pero ¿cómo podía saberlo Clara?
¿Y tú de dónde? intentó emborronar una pregunta, pero desistió. En todo caso, no, no es Elvira.
Clara bostezo, el ruido suave como un gato en la siesta.
¿Igual es Eva la farmacéutica, la de la esquina?
Un escalofrío cruzó la espalda de Buendía. Fue a notar el hielo de la culpa, porque Eva también.
No es Eva, ni Elvira gruñó. Es otra, una mujer fantástica, mi cima de sueños. No intentes disuadirme.
Entonces, seguro que es Maite zanjó Clara. Buendía, eres más transparente que un billete de cinco euros nuevo: Tu cima de sueños es Maite Valentín Gutiérrez. Treinta y cuatro años, una hija, dos intervenciones ¿sí?
A Buendía se le hundieron las sienes entre las manos. Había dado en el clavo. Su amante era Maite.
¿Pero cómo? ¿Quién te ha contado? ¿Me has espiado?
Es simple, Buendía dijo Clara, cruzando los brazos. Mira, cariño: soy ginecóloga y en este pueblo he conocido más secretos que una chirigota en Cádiz. Tú sólo has tocado la superficie, pero yo lo veo todo. Basta con mirar donde hace falta para saber dónde andas metido, piltrafilla.
Buendía tragó saliva, sintiendo la textura indescriptible de la vergüenza onírica.
Bueno, supón que acertaste replicó con dignidad desvaída. Eso no cambia nada: me voy con Maite.
Poca cabeza la tuya, Buendía. Antes podrías haberme preguntado. Y te digo, como médico, que en Maite no hay nada extraordinario. Es tan común como el pan con tomate. ¿O acaso has visto su historial clínico?
N-no musitó Buendía.
Pues eso sentenció Clara, girando sobre sí misma. Primero, date una buena ducha. Segundo, mañana llamo al doctor Fernández, para que pases revisión sin esperar cola. Luego hablamos. Vaya papelón: el marido de una ginecóloga sin saber escoger a una mujer sana…
¿Y qué hago yo ahora? se lamentó Buendía, flotando en la atmósfera absurda del sueño.
Voy a freír los filetes resumió Clara. Tú dúchate y haz lo que te venga en gana. Y si de verdad buscas la cima de tus sueños, limpia y sin historias, solo dímelo. Ya te recomendaré yo lo mejor de lo mejor…




