Después de dejar a su amante fuera del coche, Buchín se despidió de ella con ternura y se fue rumbo a casa

Después de dejar a su amante en una bocacalle discreta, Buchín le dijo adiós con cariño y se marchó directo a casa. Se quedó un momentillo parado frente al portal, repasando mentalmente las cosas que le iba a soltar a su mujer. Subió las escaleras, abrió la puerta y respiró hondo.
Hola dijo Buchín. ¿Estás en casa, Aurora?
En casa contestó Aurora, tan tranquila como siempre. Hola. ¿Hago ya los filetes de ternera o qué?
Buchín se obligó a ser valiente, claro, decidido, un hombre hecho y derecho. Tenía que zanjar ya la doble vida antes de que los besos de la otra se le enfriaran en los labios y la rutina volviera a absorberle.
Aurora Buchín carraspeó. He venido a decirte que tenemos que separarnos.
Aurora reaccionó con una calma pasmosa. Sacarla de quicio era casi imposible. De hecho, Buchín solía llamarla en broma Aurora la Fría.
¿En serio? preguntó ella desde la cocina. ¿Entonces, dejo los filetes?
Haz lo que quieras dijo Buchín. Si te apetece, los haces. Si no, no. Pero yo me voy con otra.
Cualquier otra esposa le habría tirado la sartén a la cabeza o montado una escena de telenovela. Pero Aurora no era como la mayoría.
Vaya, menudo pajarillo estás hecho dijo. ¿Trajiste al final mis botas del zapatero?
Pues no Buchín se sintió cortado. Pero si te hace ilusión, bajo ahora mismo y las recojo.
Ay, madre refunfuñó Aurora. Así eres tú, Buchín. Te mando por unas botas y seguro que acabas trayendo las viejas.
Eso picó a Buchín. Sentía que su trascendental anuncio de ruptura de pareja no estaba saliendo como había imaginado. Se echaban en falta los dramas, la intensidad, los reproches. Pero claro, ¿qué esperar de Aurora la Fría?
Aurora, ¡no me estás tomando en serio! soltó Buchín. Que es en serio, me voy de casa y tú solo piensas en tus botas.
Y con razón replicó ella. Yo, a diferencia de ti, no puedo irme tan lejos. Mis botas siguen en el zapatero. Tú las tienes listas, así que puedes largarte cuando quieras.
Llevaban juntos media vida, y, sin embargo, Buchín aún no era capaz de distinguir cuándo su mujer hablaba de broma y cuándo estaba en serio. Precisamente eso, su calma, su falta de broncas y su manera de ir al grano, fue lo que le había enamorado de Aurora. Sin olvidar, claro, su sentido práctico y, para qué engañarse, sus buenas curvas.
Aurora era más fiable que un ancla del puerto de Valencia. Pero ahora Buchín se sentía atrapado por la pasión y el morbo… Conclusión: había que dejar las cosas claras y largarse.
Pues eso, Aurora dijo Buchín, ahora ceremonioso, con un punto de tristeza y otro de alivio. Te agradezco todo, pero me marcho porque amo a otra. A ti ya no te quiero.
Fíjate tú, lo que hay que oír respondió Aurora. No me quiere, el pobrecillo. Mi madre, por ejemplo, se encaprichó con el vecino. Mi padre, en cambio, era más de mus y de sol y sombra. ¿Y qué? Mira qué hija tan estupenda les salió.
Discutir con Aurora era imposible. Cada palabra pesaba como un saco de garbanzos. A Buchín ya se le habían pasado las ganas de discutir.
Aurora, eres estupenda dijo sin gracia. Pero yo quiero a otra y me voy con ella, ¿a que sí?
¿Otra quién? preguntó ella. ¿La María de la tienda, quizá?
Buchín se quedó helado. El año pasado, en efecto, había tenido un lío con María, pero no pensó jamás que Aurora lo supiera.
¿Tú la conoces? intentó preguntar, pero se mordió la lengua. Bah, da igual. No, Aurora, no es María.
Aurora bostezó.
Entonces, será Carmen, la de la farmacia. ¿Con ella te vas?
Buchín se puso tenso. Carmen también había sido un escarceo antiguo. Y si Aurora ya lo sabía buf, no había quién la pillara.
No, no es Carmen tampoco. Es otra, una mujer maravillosa, el colmo de mis sueños. Me voy con ella y no hay vuelta atrás, ¿vale?
A ver entonces seguro que es Silvia, ¿verdad? Ay, Buchín, mira que eres de manual. Tu gran amor es Silvia Martínez de la Torre. Treinta y cinco años, un hijo, dos asuntillos resueltos ¿eh?
Buchín se llevó las manos a la cabeza. Aurora había acertado de lleno. Efectivamente, estaba liado con Silvia Martínez.
Pero ¿Cómo? ¿Quién te lo ha contado? ¿Me has estado espiando?
Está claro, Buchín dijo Aurora. No olvides que llevo quince años pasando consulta. He visto a más mujeres desnudas que tú en toda tu vida. Me basta echar un vistazo para saber por dónde andas, alma en pena.
Buchín se recompuso.
Vale, acertaste. Que sea Silvia, da igual, ¡me voy con ella!
Qué iluso eres, Buchín dijo Aurora. Por lo menos podías haberme preguntado. Como médica te digo: de maravillosa, nada. Es como las demás. ¿Has visto el historial médico de tu diosa?
N… no murmuró Buchín.
Pues eso. Primero, métete en la ducha ya. Segundo, mañana llamo a Ricardo del ambulatorio y te prepara consulta sin esperar cola sentenció Aurora. Luego, hablamos. Porque menuda vergüenza: ¡El marido de una ginecóloga, yendo detrás de cualquier chica sin asegurarse de que está sana!
¿Y ahora qué hago? se lamentó Buchín.
Yo voy a hacer los filetes dijo Aurora. Tú dúchate y haz lo que quieras. Si alguna vez quieres consejos sobre mujeres de fiar, me avisas, te hago una listaBuchín obedeció como quien obedece a una voz antigua: se metió en la ducha. El agua caliente le resbaló por la nuca, llevándose poco a poco el peso del dramatismo. Pensó en Aurora, en las botas olvidadas, en los filetes chisporroteando. Allí, bajo el chorro, entendió que el gran incendio de la pasión era, a veces, menos peligroso que el calor constante de la rutina compartida.

Se vistió lentamente, tembloroso aún. Cuando salió, encontró la mesa puesta, el olor de los filetes llenando la casa, y a Aurora sentada en el sillón, leyendo tranquila como si nada.

Buchín se le quedó mirando largamente, a punto de decir algo definitivo. Pero Aurora levantó una ceja, pragmática, y señaló la silla.

Si te vas a ir, al menos cena. No sea que en casa de Silvia te quedes con hambre.

Buchín se sentó. Probó el filete. Sabe, pensó, como en los viejos tiempos: a familia, a tranquilidad, a verdad. En silencio, escuchó el tintineo de los cubiertos y el lejano murmullo de la calle. A lo mejor, se dijo, hay amores que no mueren de frío, sino que sobreviven en la tibieza ordinaria de cada día.

Esa noche, cuando Aurora apagó la luz y él se tumbó a su lado, comprendió que a veces regresar era más valiente que marcharse.

Y, envuelto en el calor suave de las sábanas y el olor a haber sido perdonado, Buchín decidió no irse. No todavía. Tal vez nunca.

Rate article
MagistrUm
Después de dejar a su amante fuera del coche, Buchín se despidió de ella con ternura y se fue rumbo a casa