Después de dejar a su amante en una esquina del Barrio de Salamanca, Buchín se despidió de ella con ternura y se dirigió a su casa. Frente al portal, se detuvo un instante, repasando en la cabeza todo lo que tendría que decirle a su esposa. Subió por las escaleras y abrió la puerta con la llave.
Hola dijo Buchín. Verónica, ¿estás en casa?
En casa respondió su mujer, con la misma calma de siempre desde el salón. Hola. ¿Qué, voy encendiendo la vitro para hacer los escalopes?
Buchín decidió que esta vez lo haría distinto: directo y sin rodeos, como un hombre. Que se acabase la doble vida mientras aún sentía el sabor de los besos de su amante y antes de que la rutina volviera a tragárselo.
Verónica aclaró la garganta Buchín. Vengo a decirte que tenemos que separarnos.
A semejante noticia, Verónica reaccionó con sorprendente serenidad. Siempre había sido difícil pillar a Verónica por sorpresa o sacarla de quicio. Ciertamente, él solía llamarla Verónica la Fría en broma por su carácter imperturbable.
¿O sea que no hago los escalopes? preguntó Verónica desde la puerta de la cocina.
Haz lo que quieras respondió Buchín. Si te apetece, los haces, si no, no. Yo me voy con otra mujer.
Tras tal declaración, la mayoría de las mujeres le habrían estampado la sartén en la cabeza o montado alguna escenita. Pero Verónica no era del común.
Vaya, qué fenómeno eres comentó ella. ¿Trajiste mis botas del zapatero?
No… se turbó Buchín. Si para ti es importante, voy ahora mismo a buscarlas.
Ay, qué cruz murmuró Verónica. Tal como eres, Buchín. Si te piden las botas, seguro traes las viejas.
Buchín se sintió herido en su orgullo. Le parecía que la conversación sobre la ruptura estaba yendo por derroteros extraños, faltaban emociones, gritos, pasión. Claro, ¿qué iba a esperar de Verónica la Fría?
¡Verónica, creo que no me escuchas! exclamó Buchín. ¡Te digo oficialmente que me voy con otra mujer! ¡Que te dejo! ¡Y tú, con las botas!
Normal dijo su mujer. Para irte a donde quieras, no te hace falta el calzado en el zapatero. Puedes andar por todo Madrid si te da la gana.
Habían vivido muchos años juntos, pero Buchín nunca supo distinguir si Verónica hablaba en serio o le tomaba el pelo. Se había enamorado de ella precisamente por su temple, su falta de dramas y su manera de hablar poco, pero siempre a tiro hecho. Además, cocinaba bien y tenía un cuerpo que era una delicia.
Verónica era fiable, leal y fría como un ancla de barco. Pero ahora él amaba a otra, lo hacía con locura, con deseo y remordimiento. Tocaba poner las cartas sobre la mesa y empezar una vida nueva.
Verónica dijo Buchín, ahora con solemnidad, pena y resignación. Te agradezco todo, pero me marcho porque amo a otra mujer. Ya no te quiero.
Pues menudo espectáculo dijo Verónica. No me quieres, menuda novedad. Mira, mi madre adoraba al vecino de arriba. Mi padre era fanático del dominó y el orujo. Y mira qué bien he salido yo al final.
Buchín sabía que discutir con Verónica era una batalla perdida. Sus palabras pesaban como piedras. Se le habían apagado las ganas de lío, las fuerzas para discutir.
Verito, eres estupenda suspiró Buchín. Pero amo a otra. La amo de verdad, apasionadamente. Y me marcho, ¿lo entiendes?
¿Otra, quién? preguntó su mujer. ¿Isabel la del estanco?
Buchín palideció. Un año atrás, efectivamente, se había liado con Isabel, pero él no sabía que Verónica también la conocía.
¿Y tú cómo? comenzó tartamudeando, pero lo dejó. En fin, no, no es Isabel.
Verónica se estiró, bostezando.
¿Entonces será Esperanza la de la panadería? ¿Te vas con ella?
A Buchín le recorrió un escalofrío. Lo de Esperanza quedaba en el pasado, pero, si Verónica lo sabía ¿por qué nunca dijo nada? Claro, era de piedra, ni una palabra más de la cuenta.
No acertaste dijo Buchín, recobrando voz. No es Esperanza ni Isabel. Es otra. Una mujer extraordinaria. Inalcanzable. No puedo seguir sin ella y me voy con ella. No intentes convencerme.
Será Macarena entonces soltó Verónica. Ay, Buchín, eres más simple… Si era un secreto a voces. Tu mujer ideal, la señora Macarena Valdivieso. Treinta y cinco años, un hijo, dos abortos ¿me equivoco?
A Buchín se le encogió el corazón. Daba en el clavo: era Macarena Valdivieso.
¿Pero cómo lo? ¿Quién te? ¿Me has estado espiando?
Elemental, Buchín dijo Verónica. Cariño, soy ginecóloga de toda la vida. Me conozco a todas las mujeres de este bendito barrio, mientras tú solo te has paseado por unas pocas. Solo necesito echar un vistazo donde debo para saber que tú ya has pasado por ahí, cabeza de chorlito.
Buchín intentó recomponerse.
Supón que aciertas dijo con dignidad. Incluso si es Macarena, no cambia nada: me voy igualmente.
Eres como un niño, Buchín resopló Verónica. ¿Ni por curiosidad me preguntas? Aparte, de extraordinaria, Macarena no tiene nada, es como todas; te lo digo como médica. ¿Has leído el historial clínico de tu mujer ideal?
N-no admitió Buchín.
Pues ya te vale. Primero, date una ducha. Y mañana, llamo a Fermín, para que te vea en el centro de salud sin tener que esperar turno afirmó Verónica. Luego hablamos. Es de traca: ¡el marido de una ginecóloga yendo con chicas con historial que ni revisar sabe!
¿Y ahora qué hago? preguntó Buchín, apesadumbrado.
Me voy a hacer los escalopes dijo Verónica. Tú dúchate y haz lo que te plazca. Si algún día buscas a una mujer ideal sin sorpresas ni enfermedades, habla conmigo, que te recomiendo algunaBuchín fue hacia el baño, con la cabeza como si le pesaran cien kilos los pensamientos. El eco de la voz serena de Verónica lo seguía por el pasillo, impasible, casi maternal a pesar de todo. Cerró la puerta y se miró al espejo: ojeras, pelo revuelto, esa cara de chiquillo que no había aprendido a crecer. En el agua caliente buscó redención, pero solo encontró la verdad desnuda: no tenía respuestas para nada, solo preguntas en bucle.
Cuando salió, los escalopes chisporroteaban en la cocina. Buchín olió el aceite y la mantequilla, ese aroma antiguo de hogar que se le agarró al pecho. Verónica estaba allí, vuelta de espaldas, cortando perejil con la precisión de quien ya ha elegido la batalla que quiere librar en la vida. Preparó la mesa, colocó dos platos, dos vasos, sirvió el agua.
Buchín dudó en abrir la boca, en decir algo, pero Verónica le sonrió sin ironía, con esa breve dulzura que él siempre temió y admiró. Siéntate, anda, que la vida es corta para ayunos, murmuró.
Comieron juntos en silencio. Y en ese silencio largo y tibio, Buchín supo por primera vez lo que era estar verdaderamente solo; pero también, por primera vez, comprendió la libertad de quien no debe nada a nadie más que a sí mismo.
Cuando terminó, cogió su abrigo y, sin mirar atrás, salió al rellano. Por la escalera le llegó la voz despreocupada de Verónica, crujiendo el pan:
Devuélveme mañana las llaves, por favor. Y cuidado ahí fuera, Buchín: el mundo no es tan cómodo como una cocina caliente en casa. Ni tan comprensible como una ginecóloga.
Bajó los peldaños con el corazón en la garganta, sabiendo de una vez por todas que hay despedidas ruidosas y otras tan calladas como un escalopín bien hecho, pero ambas son definitivas. Cerró la puerta del portal, aspiró el aire afilado de la calle, y por fin sintió, entre miedo y alivio, la certeza de que empezaba su propia vida. Sin certezas, pero libre.





