Después de años de vida juntos, confesó que se había enamorado. No de mí – y no tiene intención de o…

Después de quince años de convivencia, mi esposa me soltó, sin disimular, que se había enamorado. No de mí y no pretendía ocultarlo.

Preparé una infusión de manzanilla, porque cuando las cosas empiezan a resquebrajarse, el instinto nos lleva a taparlas con agua caliente. Ella estaba recostada contra el marco de la puerta, como si acabara de volver de una carrera, no de una decisión que sacude los cimientos del hogar. Hablaba con la calma de quien comenta un cambio de planes de fin de semana.

Me he enamorado. No quiero mentirte. No sé cómo detenerlo dijo, cada palabra encajada como una pieza de puzzle, sin adjetivos ni florituras. En esa pureza había algo brutal, tan blanco como la pared de un hospital.

Quince años antes había sido ella quien, por primera vez, me llevó a esa dirección. Aquí tendremos una cocina con una mesa larga bromeó, golpeando con los dedos la pared cruda. La cocina llegó. La mesa también.

Con los años, el salón se convirtió en el lugar donde firmábamos pactos logísticos: quién lleva al niño al cole, quién lleva al dentista, quién encarga la bolsa de pellet, cuándo llegan los abuelos. Esas charlas son pegajosas como la miel: parecen dulces, pero atan los puños. Quizá fue de esa rutina pegajosa que nació su serenidad actual. Me he enamorado sonó como: He creado algo vivo.

Sabes que esto no es una carta a Papá Noel le pregunté. No vas a encargar enamoramiento con entrega a domicilio.

Lo sé contestó. Pero no quiero fingir que nada pasa. Eso sería peor.

¿Peor para quién? ¿Para él, que no soporta el peso del secreto, o para mí, que le tengo que cargar su honestidad? Coloqué una taza frente a ella. El vapor de la infusión subía, como queriendo ocultar nuestras caras.

No le hice preguntas de detalle. No quería un catálogo de infidelidad: fechas, lugares, sorpresas. La traición no necesita agenda para doler. Solo una:

¿Qué pretendes hacer?

No lo sé se sentó. Solo sé que no quiero herirte. Pero tampoco quiero vivir con el plan de otro. Pensaba en una pausa. En darnos tiempo.

El tiempo, esa palabra que en la boca de un hombre adulto suena como cuna de mi responsabilidad. Tomé un sorbo; el sabor era metálico.

Durante un momento escuché en mi cabeza todos nuestros algún día: algún día iremos en autocarril por la costa, algún día aprenderé a hacer pad thai, algún día reformaremos el balcón. Algún día era sinónimo de después de lo urgente. Pero lo urgente había cruzado el umbral y se había sentado a la mesa.

No competiré contigo dije en voz baja. Ni organizaré un casting para el amor mejor.

Yo tampoco quiero competencia replicó al instante. Solo la verdad.

La verdad también tiene consecuencias le recordé. No es una palabra bonita. La verdad son cajas, direcciones, números de cuenta, conversaciones con los hijos. La verdad es una elección que no se queda en veremos.

Asintió. Por primera vez bajó la mirada. Vi cómo colocaba las manos sobre la mesa, como si estuviera calculando tendones. Jamás había prestado atención a sus manos; ahora pensé: esas mismas que ajustaron nuestra mesa, esas mismas que ahora quieren arreglar su futuro en otro sitio.

Me acerqué más. Sentí que debía establecer normas antes de que la emoción nos devorara las sillas.

Quédate hoy en la sala de visitas le dije. Mañana por la mañana llevarás algunas cosas. No porque te esté echando, sino porque la casa no es una sala de espera para la indecisión.

Está bien contestó. Lo siento.

Las disculpas son para ti. Para mí son hechos interrumpí. Los niños sabrán de nosotros, juntos, sin historias de asuntos complicados. Entenderán lo que puedan, pero no practicaremos el teatro del todo está bien.

Silencio. El reloj marcaba más fuerte de lo habitual. En la cocina olía a limón del limpiador de encimeras. De pronto comprendí que durante años habíamos construido el hogar con sonidos: risas, conversaciones, la radio, incluso ese maldito tic-tac. Y ahora un solo anuncio lo había convertido en una sala de gimnasia silenciosa después de clase.

Me levanté, abrí la ventana. El aire frío me pinchó la piel como pequeñas agujas. Él se acercó a un paso, como queriendo tocar, pero se detuvo. Buen signo. Tal vez, por primera vez en mucho tiempo, comprendió que el enamoramiento no le daba licencia para invadir territorios ajenos.

Al caer la noche, después de la cena con los niños (hablábamos con cautela, sin entrar en detalles; la hija apretó los labios, el hijo preguntó si era para siempre), él empacó una mochila. No fue dramatismo. Silenciaba sus pasos. Dejó su chaqueta en el perchero esa en la que siempre pierde los tickets. Pensé que en esa chaqueta había más de nuestra vida que en sus palabras de hoy.

¿A dónde vas? pregunté.

A casa de un amigo. Tengo la llave respondió. No quiero dejarte el caos.

El caos ya está dije, sin sarcasmo. Sólo que es invisible.

Sonrió tristemente.

No sé si está bien decirte esto así.

Callar fue peor repliqué. Lastimar también lo es, pero lo peor es herir y suplicar que nadie grite. Así que no gritaré. Ordenaré.

Cuando salió al segundo cuarto, tomé mi cuaderno y las llaves. No para planear de nuevo la vida en una hoja de cálculo, sino para anotar tres frases que podría cargar: No competiré. No fingiré. No seré su perchero de dudas. Cerré el cuaderno. Era suficiente.

La noche era dura como el vidrio. Me volteaba de un lado a otro pensando en todas las mujeres que recibieron honestidad como un regalo sin ticket. En las que se quedaron por los niños. En las que se fueron por sí mismas. A la mañana me levanté con un leve movimiento, como si el cuerpo quisiera adelantarse.

Preparé café y me senté junto a la ventana. Él salió de la sala de visitas con la camiseta de correr y una bolsa en la mano. No me miró pidiendo sentencia. Y bien.

¿Quieres que lleve algo más? preguntó.

Sí respondí después de un instante. Llévate tu veremos. Déjame el silencio. Yo lo domesticaré.

Asintió. Besó el aire donde antes estuvo mi mejilla. Cerró la puerta con suavidad. Oí sus pasos bajar la escalera: uno, dos, tres seis pisos. Cuando el silencio se asentó, el apartamento se volvió extrañamente claro.

Abrí la nevera, saqué la leche, puse en marcha el lavavajillas. La cotidianidad puede ser más valiente que los grandes gestos. Mandé al trabajo un mensaje: Tomo el día. Llamé a una amiga: Necesito caminar. Puse el anillo de la abuela sobre el plato, no por rebeldía, sino por cuidarme a mí mismo.

Al atardecer llegó un SMS de él: Estoy a salvo. Pienso en nosotros. No quiero que sea el final. Respondí después de una larga pausa: No quiero ser mediovida de nadie. Si quieres estar con ella, vete. Si quieres estar conmigo, vuelve, pero sin planes paralelos. No hoy. Y sin ese amor entre comillas.

No volvió a escribir. Y bien. Hay momentos en los que la ausencia de respuesta es la primera palabra honesta.

¿Podremos volver a encontrarnos al otro lado de la misma mesa? No lo sé. Sé que no quedaré en el umbral convertido en signo de interrogación. Mañana cambiaré la ropa de cama, moveré las tazas, bajaré cajas al sótano. No como ritual de ruptura, sino como preparación del espacio para lo que venga: o yo sola, entera, o nosotros, también completos.

Y si algún día me pregunta si me arrepiento de haberle hecho salir ese día, le diré: no me arrepiento de haber abierto la ventana. Aunque vuelva a entrar una corriente. Porque sólo en el aire fresco se comprueba si lo que queda tiene aliento.

A veces, en las noches tardías, cuando el piso se duerme antes que yo, surge un susurro que no consigo silenciar: ¿y si debí haberlo detenido, aunque fuera un instante más?

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Después de años de vida juntos, confesó que se había enamorado. No de mí – y no tiene intención de o…