Quiero reformar el piso, pero mi suegra exige una boda ruidosa para que todo el barrio lo sepa. ¿Quién acabará imponiéndose?
Si alguien me hubiera dicho hace un año que discutiría con mi marido por culpa de una boda, me habría reído. ¿Pero no lo más importante es el amor? Javier y yo llevamos casi cinco años juntos. Vivimos en mi piso en Valencia, que alquilé durante años antes de hacer una reforma básica y mudarme. Ahora necesita urgentemente una reforma integral: tuberías, paredes, cableado, suelo. No es un capricho, es una necesidad.
Propuse un compromiso: casarnos en el registro civil, sin restaurantes ni fiestas escandalosas. Una cena tranquila con los padres. El dinero ahorrado lo invertiríamos en nuestro hogar, en nuestra vida. Pero en esta lógica entró una mujer a quien nada parece detener: la madre de mi marido, Carmen López.
—¡Javier es mi único hijo! —exclama—. ¿Cómo que sin boda? ¡Hemos invitado a todos los familiares a sus celebraciones y ahora vamos a quedar como unos cutres? ¡Todo el mundo lo espera! ¡Ya saben que habrá fiesta!
—Pero nosotros no les pedimos que invitasen a nadie —le recordé con calma.
—¡Eso no te incumbe! ¡No permitiré que mi hijo se case como si fuese a comprar el pan!
El problema es que no conozco a esos “todos los familiares”. Ni sus nombres, ni de dónde son, ni cuántos son. Pero mi suegra ya los ha llamado, avisado e incluso sugerido fechas.
—Vosotros tenéis ahorros, yo he juntado algo y tus padres quizá ayuden… ¡Haremos una boda decente! —anuncia alegre, ignorando mis palabras.
Mis padres, por cierto, están de mi lado. Creen que es mejor invertir en la reforma que gastar miles de euros en un vestido que solo llevaré una vez y un banquete. Pero dijeron que, si lo decidíamos, ayudarían. Sin presiones.
Carmen López piensa distinto. Para ella, la boda no es sobre nosotros, sino sobre ella. Sobre cómo la verán sus parientes. Y, para presionar más, recurrió al chantaje:
—Si no hacéis una boda como Dios manda, ya no tengo hijo. ¡No quiero saber nada de vosotros! ¡Qué vergüenza!
Miré a Javier. Se quedó callado. Luego… empezó a inclinarse hacia su madre. No por estar de acuerdo, sino por pena. Porque ella llora, sufre y dice sentirse humillada.
Le dije claramente:
—Si tu madre quiere una boda, que la pague ella entera. Nosotros no participamos. Ni yo, ni mis padres. Ni un euro.
Y, claro, llegó el remate final:
—¡Yo no tengo ese dinero! —gritó mi suegra—. ¡Pero vosotros tampoco vivís en la calle!
Y así. Círculo vicioso. Javier, entre dos aguas. Yo, desconcertada. En casa hay una tensión que presagia tormenta. Él no exige la boda, pero tampoco soluciona nada. Dice que ahora queda “feo” cancelar ante los familiares. Y yo me pregunto: ¿desde cuándo personas ajenas importan más que nuestro futuro?
No me opongo a una boda si fuera nuestro deseo, no el teatro de Carmen López. Quiero respirar aire limpio, no moho. Quiero ventanas nuevas, un baño funcional, una cocina moderna. Quiero un hogar, no fotos para un álbum que olvidaremos.
Y si para lograrlo debo pelear contra mi suegra, lo haré. Porque mi casa es mi decisión. Y si Javier sigue siendo mi compañero, no solo un hijo obediente, lo entenderá.
La lección es clara: el amor se construye con hechos, no con apariencias. Un hogar no son fotos en las redes, sino el lugar donde se vive en paz. Y, a veces, hay que elegir entre complacer a otros o construir la vida que mereces.







