Desde que era una niña pequeña, mis padres me repetían que nadie me necesitaba y que no servía para nada.
Siempre se dice que los miembros de la familia son los más cercanos, sobre todo las madres. Bueno, al fin y al cabo, ellas llevan al niño en su vientre durante nueve meses, lo traen al mundo, pasan noches enteras sin dormir y se entregan enteramente por su hijo.
En parte es cierto, pero no fue así en mi caso. Mi madre y yo somos personas completamente diferentes. Nunca logramos entendernos. Jamás sentí su apoyo en nada. Cada vez que me entusiasmaba con una idea, ella se encargaba de apagar esa chispa con su negatividad.
A ojos de mi madre, yo era una niña tonta, sin inteligencia y sin capacidad para nada, ni antes, ni nunca. No entendía por qué me trataba así. Pero en cuanto necesitaba algo, no dudaba en pedirme ayuda. Sí, así es, la hija que no sabe hacer nada servía cuando hacía falta. Menos mal que al menos mi padre sí me quería y siempre me apoyó como pudo.
Por eso decidí dejar mi ciudad natal, Salamanca, y mudarme a Madrid en busca de una vida mejor y de mi felicidad personal. Cuando mi madre se enteró, se puso como loca. Me dijo de todo, lo único que quería era mantener a su esclava trabajando en casa. Pero no me dejé aplastar por sus chantajes emocionales e hice lo que realmente deseaba.
Y aquí estoy ahora. Vivo en Madrid en un piso amplio, tengo mi propia empresa, dos hijos maravillosos y un marido estupendo. Y pensar que mi madre siempre decía que no sería capaz de nada Pero sí pude, y cualquiera que sea capaz de desconectar de las voces negativas y confiar en sí mismo también puede.







