Hoy ha sido uno de esos días en los que siento que la vida me pondrá a prueba hasta el final. Cuando descubrí que mi hijo había abandonado a una joven embarazada, sentí como si el mundo entero se desplomara sobre mis hombros. No era vergüenza lo que sentía, sino una profunda tristeza por esa chica, Lucía, a la que vi una vez repartir pedidos en moto por las calles de Madrid bajo un sol abrasador; estaba visiblemente agotada, el embarazo marcado en su figura, y una melancolía indescriptible en su mirada. En ese momento supe que debía intervenir de alguna forma.
Llamé a la puerta de su piso un martes por la tarde. Abrió vestida aún con su ropa de trabajo; el vientre le sobresalía bajo el delantal, el rostro pálido y los ojos ojerosos, como si cargara muchas noches de desvelo.
¿Sí? me respondió, en un tono inseguro.
Soy la madre de ese irresponsable que te ha dejado sola le solté, sin rodeos. Vengo a arreglar lo que mi hijo ha destrozado.
Sus ojos se llenaron enseguida de lágrimas.
Señora, no quiero líos
No vengo a darte ningún problema, hija. Vengo con soluciones. ¿Sabes quién es el mejor abogado de familia de Madrid? Pues ya le he pagado los honorarios. Mañana tienes una cita con él.
Lucía abrió mucho los ojos, sin saber qué responder. Yo continué:
Ese muchacho, por más que haya salido de mis entrañas, no ha heredado mis valores. Va a pagar la manutención de esa niña, aunque tenga que trabajar tres turnos al día.
Y así fue. El abogado, don Álvaro, hizo un trabajo impecable. Cuando nació mi nieta porque esa chiquilla es y será mi nieta, aunque mi hijo se empecine en negarlo, fui al hospital con pañales, ropita y una cuna desmontada en el maletero.
De verdad, señora, no hace falta
Claro que hace falta le corté. Soy la abuela.
Desde aquel día, mi hijo dejó de hablarme. Me recriminó que le había traicionado, que me había entrometido en su vida, que le arruiné el futuro. Yo le contesté que quien ha arruinado algo ha sido él, y lo único que estoy haciendo es intentar reparar el daño causado.
Han pasado ya dos años. Lucía y mi nieta viven conmigo en nuestro piso en Lavapiés. Lucía estudia por las noches para llegar a ser enfermera, y yo me encargo de la niña mientras ella va a clase. Somos, con diferencia, la familia más peculiar, pero también la más unida y solidaria de toda la manzana. Mi hijo, pese al silencio, cumple rigurosamente con la pensión. Será por el buen hacer del abogado, que en España no se anda con rodeos.
Ayer, mientras daba el biberón a mi nieta, Lucía se acercó y me abrazó por la espalda.
Gracias, mamá susurró, emocionada.
Mamá.
¿Hay mayor regalo en la vida que ganar una hija y una nieta, aunque de momento haya perdido a un hijo? A veces, la familia no es la que te toca, sino la que decides proteger, aunque cueste noches de insomnio y sacrificios que nadie ve.
La responsabilidad, la conciencia y el cariño inesperado también forman parte de la herencia que quiero dejar y del ejemplo que, al menos, yo intento dar.







