Descubrí que mi exmarido me era infiel porque empezó a barrer la calle: así fue como la llegada de l…

Tía, te tengo que contar esto porque todavía no me lo creo Descubrí que mi ex-marido me estaba poniendo los cuernos porque, de repente, le dio por barrer la calle. Sí, suena de locos, pero es tal cual.

Mira, él se llamaba Fernando, trabajaba de electricista y tenía su taller montado en el garaje de casa aquí en Alcalá de Henares. El típico manitas que siempre estaba liado con cables, destornilladores, clientes que venían y tal. Jamás le gustó nada del tema de la limpieza de casa, tampoco es que fuese vago, simplemente no le salía de dentro. Cuando tenía un rato libre, lo aprovechaba para ver el fútbol, tomarse una caña con los colegas, o ponerse con las brasas. Súper tranquilo, ni de fiestas ni de malos rollos, ni un poquito celoso ni nada.

Nuestra calle era de esas de tierra, ancha, con plataneros a los lados. Siempre llena de hojas, polvo, y barro. Barrer era el cuento de nunca acabar, así que yo lo hacía temprano, mientras preparaba el desayuno. Todo normal. Hasta que, un día, se mudó una vecina nueva a la casa de al lado. Nada raro, esa casa siempre estaba de alquiler y era habitual que la gente cambiase.

Pues, varios meses después de que la vecina que se llamaba Lucía se instalara, Fernando empezó, así de repente, a decirme:
«Tranquila, cariño, hoy barro yo».
Me quedé tan sorprendida que hasta me pareció un detalle bonito. Aprovechaba para hacer otras cosas: los platos, limpiar el baño, colocar un poco por casa… Vamos, que ni le miraba porque no tenía por qué dudar.

Pero empezó a hacerlo todos los días. Y, ojo, siempre a la misma hora: a las siete en punto de la mañana. Nunca antes, nunca después. Me llamó la atención porque, si algo le caracteriza a Fernando, es que nunca tuvo horario fijo para nada, salvo para el taller. Un día, por pura curiosidad, me asomé por la ventana.

Y allí estaba: de pie con la escoba, pero sin barrer nada, hablando… y sonriendo. ¿Y a quién tenía delante? Pues sí, Lucía. Pensé, bueno, será casualidad. Pero al día siguiente, igual. Y al siguiente, igual. Cada vez que él bajaba a barrer, casualmente ella también salía de casa. Parecía que lo tenían pactado.

Ya me empezó a oler raro y me fijé aún más. Resulta que tampoco era sólo por las mañanas. Un sábado, por ejemplo, me dijo que iba a ir a tomar unas cervezas con amigos. Lo típico. Pero al abrir la puerta, sentí algo raro, una intuición de esas. Me asomo otra vez y veo que la vecina sale exactamente al mismo tiempo. Y encima va y suelta:
«¡Hola, vecino! Que pases buena noche».
Fernando tan campante le responde y ella añade:
«Qué casualidad, yo también voy para allá».
Y se van juntos.

El fin de semana siguiente, lo mismo, que si iba a jugar al fútbol. Nunca hacía esas cosas. Salió, y a los cinco minutos salió ella con el móvil, hablando con alguien, y se fue tras él, por la misma dirección.

No tenía pruebas de mensajes, ni fotos, ni nada. Solo horarios. Coincidencias que ya eran demasiado cantosas. Un día me armé de valor y le solté, sin rodeos:
«Sé que estás con Lucía, la vecina».
Se quedó pálido. Primero lo negó, pero le insistí:
«No me mientas, os he visto todos los días».
Ya bajó la mirada y, casi susurrando, me confesó:
«Sí. Estoy con ella. Me he enamorado».

Ni grité ni lloré, pero le dije bien clarito que cogiese sus cosas. No teníamos hijos ni nada pendiente. ¿Y sabes lo más irónico de todo? Que se mudó con ella justo a la casa de al lado. Los primeros días fue raro, pero no aguantaron mucho, dos meses como mucho, y luego desaparecieron los dos. Se fueron de la ciudad y no volví a saber nada. Los vecinos murmuraban, la familia también, pero yo, de verdad, no quise volver a saber absolutamente nada más.

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