Me di cuenta de que mi exmarido me estaba engañando cuando, de repente, empezó a barrer la calle.
Suena absurdo, pero así fue como sucedió. Él era electricista y trabajaba desde casa. Tenía su taller en el garaje y se pasaba el día entre cables, herramientas y clientes. Las tareas domésticas nunca habían sido lo suyo, no por otra razón salvo que simplemente no le gustaban. Cuando tenía un rato libre, prefería descansar: ver el fútbol en la tele, tomarse una caña con los amigos en el bar de la esquina o echar unas sardinas a la brasa. Tenía un temperamento tranquilo. Rehuía las fiestas ruidosas, nunca fue conflictivo, ni era de los que llaman la atención dando motivos de sospecha.
La calle en la que vivíamos, en las afueras de Valladolid, era un camino amplio flanqueado de plátanos. Siempre estaba llena de hojas secas, polvo y barro, sobre todo en otoño. Barrer delante de casa era casi una rutina diaria. Normalmente me encargaba yo a primera hora, mientras preparaba el desayuno. Hasta que, un día, llegó una nueva vecina a la casa de al lado. No tenía nada de especial, en ese chalet cada poco cambiaban los inquilinos en alquiler.
Pasaron unos meses y él empezó a decirme:
Hoy barro yo, tú no te preocupes, Laura.
Al principio me pareció hasta tierno. Aprovechaba para fregar los cacharros, limpiar el baño o recoger la colada. No le miraba, no tenía motivo. Pero poco a poco, comenzó a hacerlo cada día. Y siempre a la misma hora: las siete de la mañana. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Me extrañó, porque él nunca había tenido horarios fijos, salvo para el trabajo. Un día, movida por la curiosidad, miré discretamente por la ventana.
Ahí estaba él. Escoba en mano, quieto, hablando animadamente. Sonriendo. Y frente a él, la vecina. Casualidad, pensé. Pero al día siguiente, lo mismo. Y al siguiente. Cada vez que mi marido salía, ella también bajaba a la calle. Como si lo hubieran pactado.
Empecé a observar más a menudo. No solo era por las mañanas. Un sábado, me dijo que iba a tomar una cerveza con unos amigos. Nada fuera de lo común. Pero al salir por la puerta, noté algo extraño. Desde la ventana lo vi, justo cuando la vecina salía a la calle al mismo tiempo. La oí decir en alto:
¡Hola, vecino! Que pases buena noche.
Él le respondió con total naturalidad. Y ella añadió:
¡Qué coincidencia! Yo también voy para allí.
Y se marcharon juntos.
El siguiente fin de semana, él anunció que iría a jugar al fútbol, cosa que hacía rara vez. Salió, y minutos después, vi a la vecina salir tras él, hablando por el móvil, caminando en la misma dirección.
No tenía pruebas. No mensajes, ni fotos, nada tangible. Solo horarios. Rutinas. Coincidencias que ya no lo eran.
Un día, busqué el valor y le enfrenté. No pregunté. Se lo solté a bocajarro:
Sé que estás con la vecina.
Me miró sorprendido. Primero lo negó, pero entonces le dije:
Os he visto. Todos los días. No me mientas.
Guardó silencio. Bajó la mirada y susurró:
Sí. Estoy con ella. Me he enamorado.
Le grité que se fuera de la casa. No teníamos hijos, no había nada más que negociar. Y la ironía final: se mudó a vivir justo al lado, con ella.
No duraron mucho allí. Quizá dos meses. Luego se fueron, nadie supo bien por qué. Dejaron la ciudad y nunca más volví a saber de ellos. Los vecinos comentaban, las primas cotilleaban, pero a mí ya no me interesaba saber nada más.







