Descubrí que alguien había dejado a este bebé en la Ventana de la Vida junto al área de maternidad del hospital. Decidí adoptar al niño abandonado por sus padres tres meses después de la muerte de mi marido. Tuve que reunir rápidamente toda la documentación necesaria, y lo logré. Después de múltiples inspecciones de diversos organismos y de una evaluación favorable sobre mí y mi entorno, unos días más tarde mi hijo ya estaba conmigo. Le quise como si fuera mío y le puse el nombre de mi marido. Fue una emoción indescriptible volver a oír y decir ese nombre. Mi hijo fue creciendo y comenzó a preguntar por un hermano. La verdad es que no me molestaba la idea. Trabajo en remoto y puedo gestionarlo todo desde el portátil, así que era una opción ideal para mí. Cuando regresé a casa para ocuparme de nuestro nuevo bebé, fui muy feliz. Me llevaron a una habitación y me enseñaron a una niña de apenas tres días en la cuna. Desde que la vi supe que sería nuestra. Ya conocía los documentos y pruebas necesarias, así que todo el proceso fue mucho más rápido de lo esperado. Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo. Somos la familia más feliz del mundo.

Soñé que vagaba por las antiguas calles de Toledo, cuando escuché que alguien había dejado un bebé en el Ventanuco de la Vida, ese pequeño hueco junto al paritorio del hospital San Juan. Todo era tan difuso, luces de farolas reflejadas en los adoquines mojados, murmullos que llegaban de entre las piedras centenarias.

Tras la pérdida de mi marido, tres lunas después, sentí como si el destino, envuelto en mantón de manila, me empujara a aquel niño abandonado bajo las estrellas de Castilla. Decidí adoptarlo, aunque el aire sabía a duelo, y todo parecía ocurrir fuera del tiempo.

Reuní los papeles que me exigíanDNI, certificado de empadronamiento y cuantas cosas máscomo si en el sueño la burocracia fuera una sombra amable. Las visitas de asistentes, las inspecciones minuciosas de mi casa en la colina, todo transcurrió como en una farsa donde los relojes gotean en las paredes. Valoraron mi corazón y mi refugio, aprobaron mi vida entre cortinas de lino y olor a azahar. Pronto, mi hijo ya dormía conmigo, acunado por canciones que mi abuela cantaba sobre los trigales. Le di el nombre de mi esposo perdido: Álvaro. Era dulce decirlo, dejarlo flotar de nuevo bajo el techo familiar, entre los susurros de la madera vieja.

El niño creció entre cuentos que brotaban espontáneamente de los libros de Cervantes y, un día, preguntó si tendría hermanos; su voz parecía venir desde el fondo de un pozo.

Nada me detenía. Yo trabajaba desde casa, frente a la ventana con vistas a la catedral, mi portátil sobre una mesa de madera. Todo encajaba como piezas de mosaico árabe. Cuando llegó la noticia de una niña recién depositada, solo de tres días, mis pasos me guiaron de nuevo al hospital. El tiempo fluyó hacia atrás y adelante mientras abría la puerta del cuarto; la niña me sonreía, diminuta y con una mantita bordada de iniciales desconocidas. Sentí, como en un relámpago, que debía ser parte de nuestra vida. Sabía ya qué hacer: los trámites, los análisis médicos… todo se resolvió en un parpadeo turbio, como si el reloj marcara la hora de la siesta eterna.

Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo, paseando entre los olivos y los recuerdos vaporosos de Castilla. En el sueño, éramos los seres más felices bajo el sol español, escuchando la guitarra en la distancia y el tintineo de un puñado de euros en el fondo del bolsillo, celebrando la vida que, a veces, se cuela por la rendija de un ventanuco antiguo.

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MagistrUm
Descubrí que alguien había dejado a este bebé en la Ventana de la Vida junto al área de maternidad del hospital. Decidí adoptar al niño abandonado por sus padres tres meses después de la muerte de mi marido. Tuve que reunir rápidamente toda la documentación necesaria, y lo logré. Después de múltiples inspecciones de diversos organismos y de una evaluación favorable sobre mí y mi entorno, unos días más tarde mi hijo ya estaba conmigo. Le quise como si fuera mío y le puse el nombre de mi marido. Fue una emoción indescriptible volver a oír y decir ese nombre. Mi hijo fue creciendo y comenzó a preguntar por un hermano. La verdad es que no me molestaba la idea. Trabajo en remoto y puedo gestionarlo todo desde el portátil, así que era una opción ideal para mí. Cuando regresé a casa para ocuparme de nuestro nuevo bebé, fui muy feliz. Me llevaron a una habitación y me enseñaron a una niña de apenas tres días en la cuna. Desde que la vi supe que sería nuestra. Ya conocía los documentos y pruebas necesarias, así que todo el proceso fue mucho más rápido de lo esperado. Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo. Somos la familia más feliz del mundo.