Me entero de que han dejado a un bebé en la Ventana de la Vida junto al área de maternidad del hospital de San Sebastián.
Tras perder a mi marido hace solo tres meses, decido adoptar a ese niño al que sus padres han abandonado. La noticia de que alguien dejó allí a esa criatura me llega mientras intento reconstruir mi vida en Madrid.
Debo reunir rápidamente toda la documentación que se requiere. Consigo hacerlo sin muchas dificultades. Después vienen varias visitas e inspecciones de distintos servicios sociales, además de una evaluación sobre mis condiciones de vida que resulta muy favorable. Pocos días después, mi nuevo hijo ya está conmigo en casa. Le quiero como si fuera mi propia sangre. Decido ponerle el nombre de mi esposo, Javier. Es una emoción inmensa poder escuchar y volver a pronunciar ese nombre en nuestro hogar. A medida que pasa el tiempo, mi hijo crece y empieza a preguntarme si algún día tendrá una hermana o un hermano.
La idea no me incomoda en absoluto. Tengo un trabajo remoto que gestiono perfectamente desde mi portátil, lo que me permite organizarme y atender a mi familia. Cuando regreso a casa tras los trámites para una nueva adopción, me invade la felicidad. Me acompañan a una habitación, donde me presentan a una niña de tan solo tres días de vida, dormida en su cuna. Desde el primer instante en que la veo, sé que será parte de nuestra familia. Ya tuve antes experiencia con el papeleo y los exámenes médicos, así que todo el proceso resulta mucho más ágil esta vez.
Ahora somos tres: mi hijo, mi hija y yo. Sin dudarlo, puedo decir que somos la familia más feliz de toda España.






