Descaro sin límites: —Vamos a ver, Natalia, dime sinceramente —se lamentó Nicolás—, ¿de verdad importa a quién alquilamos la casa? ¿A la familia o a desconocidos? El dinero es el mismo. Natalia terminó de tender la colada. Mejor sería que, en vez de protestar, ayudase. —Colín —le contestó ella—, la diferencia es que luego, a los parientes, no hay quien les saque el dinero. —¿Lo dices por Diego? —qué desagradable era oírlo— ¡Pero si Diego es mi hermano! Te juro al cien por cien que pagará. Ni siquiera está pidiendo descuento. Alquilará la casa por el precio completo, todo el verano. Y así no tendremos que buscar inquilinos. —Esta casa está en la costa, Nico. Yo encuentro inquilinos en cinco minutos. —¿Por qué es tan importante para ti alquilarla solo a desconocidos? —Con desconocidos es fácil: contrato, adelanto, si no pagan se van, y punto. Con la familia empiezan con el “ay, Natalia, entiéndenos, que tenemos niños”, “ay, ya te transferimos después”, “ay, rompimos la tele, pero no pretenderás cobrarnos el daño, ¿no?” Créeme, ya lo he visto demasiadas veces. Tú no sabes dónde acaba eso. La casa le vino a Natalia heredada de sus padres, que también la alquilaban desde su piso de Málaga; un buen complemento para el sueldo. Natalia siguió el ejemplo, pero con una condición: ni amigos ni familiares. Ya había visto a sus padres cómo los “amigos” les dejaban a deber dinero. —¿Y en qué acabó la cosa? —preguntó el marido. —En que los parientes ni pagaban, ni se molestaban siquiera en pedir perdón. Como si costara mucho alojarles gratis, vamos. No, Nico, la casa es un negocio, no una pensión gratuita para tu familia. Diego, hacía poco, decidió que tres meses en la costa era justo lo que necesitaba su mujer y sus tres niños. El verano es calma en su trabajo, así que mejor disfrutar la vida. Natalia ni un momento dudó de que Diego no pensaba pagar alojamiento alguno. —¡Diego no pide que se lo regalemos! —insistió Nicolás—. ¡Pagará! Todos al principio prometen. —¿Para qué nos complicamos? Siempre hay cola de gente queriendo pagar el precio justo. Hago contrato y duermo tranquila. No, ni familiares ni amigos. Negro sobre blanco y dinero aparte. Imposible discutir la actitud pragmática de Natalia, pero Nicolás sabía cómo convencerla. —Vale, si no confías en Diego, ¿y en mí sí? Natalia le miró, esperando más. —Confío, ¿y qué? —Te pago yo el alquiler si Diego falla —soltó Nicolás. Héroe… o casi. Argumento flojo. —Magnífica propuesta: me pagas con nuestro propio dinero. —Bueno, si lo prefieres… —dudó—. Busco un empleo extra, lo que gane te lo doy. Así no será nuestro dinero, solo tuyo. ¿Trato hecho? No esperaba Natalia que para Nicolás fuese tan esencial. Quizá, si él tenía tanta fe en su hermano, ella también debía confiar… —Convences a cualquiera —le dijo—. Toda la responsabilidad es tuya. Vale. Aún faltaba para el verano, así que Natalia tuvo tiempo para calmarse y hasta confiar en su marido. Llegó junio, y con él, los primeros problemas. Nicolás, que llamaba a Diego cada pocos días para pedir al menos un mes pagado por adelantado, recibía siempre excusas esperanzadoras. —Sí, sí, Niko, todo bien. ¿El dinero? Ya estoy esperando el pago de un cliente importante. Me lo transfiere a final de mes. En cuanto me llegue, te pago. No te agobies, solo ha surgido así. Y acabó junio. Y el dinero no llegó. Natalia aguantó un mes, sin preguntar ni discutir. Nicolás había pedido confianza, y ella se la dio. Pero después de otra llamada a su hermano, Natalia preguntó: —¿Y bien? ¿Pagó? —Aún no le han hecho el ingreso del último trabajo. En cuanto le paguen, nos paga. Lo prometió. Ni la excusa cambiaba. “¿Quién lo habría dudado?”, le tentaba la lengua responder con sarcasmo. —¿Ves lo que te decía? Que a los familiares nunca les faltan motivos para retrasarse. —Nat, es una coincidencia. ¡No lo hace a propósito! Sé que no lo parece, pero simplemente, ha surgido así. Solo hay que esperar un poco. —Esperamos hasta septiembre, ¿no? Cuando se lleven sus maletas y nos deseen felices vacaciones, claro. —Pero a ti no te afecta, iré yo a trabajar un extra. —¿Ahora? Él se desinfló. —Dale un par de semanas más. Si no, pues… te pagaré yo, si es tan importante para ti. —No te obligué a prometerlo. Fuiste tú quien insistía en demostrar que tu hermano es de confianza. ¡Demúestralo! Y así el ambiente en casa cambió; Nicolás, taciturno, apenas hablaba con su mujer. Llegó julio, el calor asfixiaba, y Natalia pillaba a su marido mirando ofertas de empleo en internet, sin atreverse a llamar. —Niko, ¿sabes qué día es hoy? Treinta de julio. Dos tercios del verano y no hemos visto ni un céntimo de alquiler. —Sigue igual, pero… —Como siempre: en cuanto pueda. —¡Nos lo devolverá! Y además nos compensará por las molestias. —Ya no me lo creo. Dijiste que respondías por él. Pues paga tú. ¿Dónde está tu trabajo extra? A estas alturas, ni Nicolás creía en su propia promesa, mucho más sencillo era prometer de palabra que doblar el lomo. —Encontraré algo, pero… las ofertas no son buenas. Con mi espalda, no puedo cargar cajas. —Mejor dile a tu hermano que vaya a cargar cajas. Lo prometiste. O buscas trabajo ya, o llamo a Diego, y le digo que si para el viernes no tengo al menos la mitad, le vacío la casa por la vía legal y reclamo el resto por juicio. Un sudor frío recorrió a Nicolás. —¡No llames a Diego! ¿Juicio, de verdad? ¿Qué va a pensar la familia? ¿Y mi madre? ¡Contra mi hermano en los tribunales, Nat! Nadie lo entendería. Diego no quería pagar, Nicolás tampoco quería cumplir su promesa ni denunciarle, y de pronto, decidió culpar a Natalia: —¡Así cuidas tú de tu marido! ¿No te importa que me reviente a trabajar para pagarte, esposa? —No te obligué a nada, Nicolás. Fuiste tú. —Pero no pensé que Diego nos la haría. —Yo sí lo sabía —contestó Natalia—. Lo sé porque lo he vivido muchas veces. Tú no quisiste escucharme. —¡Ya lo he entendido! —Nicolás, escudándose de víctima—. Pero tú también tienes lo tuyo: ¡prefieres el dinero antes que mi salud! Te da igual si me da un infarto. ¿Eso es amor? —No te obligo. Solo exijo que cumplas lo que prometiste. —¡Vale! Iré a trabajar y pagaré lo de Diego, ¿sí? Si el dinero vale más que yo, pues eso. El trato falló en sus términos, pero al menos Natalia logró que su marido trabajara. Aunque le supo amargo. Nicolás, por las tardes, hacía de repartidor y la miraba con rencor. —Todo por tu culpa… —murmuró un día. —¿Por mi culpa? —¡Sí! —Quizá así aprendías… Es fácil ser buena persona con el dinero de otros, pero ahora que pagas tú, tal vez recapacites. Natalia aún albergaba la esperanza de que Diego tendría decencia y pagaría. Y justo entonces, Diego la llamó, a ella, no a su hermano. ¿Se habría equivocado Natalia? ¿Iba a pagar al fin? —Natalia, tengo un problemilla… —Diego, no tengo tiempo para tus problemas. Ya debíais haber pagado agosto, y seguimos esperando julio. No es mi asunto, es responsabilidad de Nicolás, que te dio su palabra. —Sí, Niko me lo dijo. El pobre… Pero mira, se me ha estropeado el coche y lo he tenido que gastar todo en el taller. Tengo que llevarme a la familia como sea, ya veré cómo te lo pago después, ¿vale? Previsible. Natalia colgó. Nicolás lo vio todo reflejado en su cara. —Vale —admitió él—. Me equivoqué confiando tanto en él. Pero tú… no me permites ni un error, y, en vez de apoyarme, me rematas. —¿Qué debía hacer? ¿Sonreír y decir: “No pasa nada, que nos usen la casa gratis, que yo ya lo superaré”? Fuiste tú quien insistió en pagar. —¡Eso hice! —se indignó—. Pero no esperaba que fueras tan fría, aceptando alegre que trabaje para ti sacrificando mi salud. ¿Has pensado en mí? —¿Y tu hermano ha pensado en ti? —No es mala persona, sólo ha surgido así… —Perfecto. Él nos estafa y te pone en un compromiso, pero ¿la mala soy yo porque exijo lo justo? Nicolás bajó la vista. Parece que se avecinan tiempos difíciles en su matrimonio.

Mira, Marta, tú dime con sinceridad empezó a lamentarse Luis ¿qué más da a quién alquilemos la casa? ¿A conocidos o desconocidos? El dinero es el mismo, euros igual son.

Marta terminó de tender la ropa, mientras pensaba que igual le vendría mejor un poco de ayuda que tanta charla.

Luisito le respondió con paciencia, la diferencia está en que luego a los familiares no hay forma humana de sacarles el dinero.

¿Por Javier lo dices? y lo de Javier no le gustaba nada. ¡Si Javier es mi hermano! Él pagará, de verdad te lo digo. Ni siquiera te pide rebaja. Va a alquilar la casa por el precio completo, todo el verano. Así nos despreocupamos de encontrar inquilinos.

Luis, es una casa en la playa… Sé de sobra que en cinco minutos encuentro a alguien que pague bien.

¿Pero por qué tienes esa manía de alquilar solo a extraños?

Con extraños es fácil: contrato, señal, y si no pagan, los echo y santas pascuas. Con los de casa empiezan con el ay, Martita, entiéndenos, que tenemos niños y el ya te lo pasaremos más adelante o el oye, rompimos la tele, pero no nos vas a cobrar más, ¿verdad?. Créeme, ya lo he visto antes. No sabes cómo acaba eso.

La casa le vino a Marta de sus padres, que también la alquilaban. Ellos vivían en Alicante y aquella casita familiar junto al mar siempre había sido un buen complemento para llegar a fin de mes. Marta hizo lo mismo pero con una regla clara: nada de amigos ni familiares. Había visto de sobra como los amigos de sus padres muchas veces acababan por no pagar ni dar las gracias.

¿Y cómo acababa? preguntó Luis.

Pues porque no pagaban y luego ni una disculpa. Encima te ven con cara de ¿te cuesta tanto dejar que la familia pase unos días? No, Luis. Una cosa es negocio y otra es una pensión gratis para tu parentela.

Resulta que Javier se le había metido en la cabeza pasar tres meses en la playa con su mujer y sus tres niños. El verano era tranquilo en su trabajo y podían permitirse el lujo. Pero Marta intuía lo que pasaría con el pago; vamos, clarísimo estaba que Javier ni pensaba pagar nada.

Javier ni siquiera te pide que se la dejes gratis insistía Luis. Dice que va a pagar.

Todos dicen que sí al principio.

¿Qué nos cuesta, entonces? Siempre hay fila para alquilar la casa en verano, y todos pagan lo suyo, con contrato y sin líos. No quiero líos de amigos ni de familia. Lo justo es justo.

Era complicado hacerle entrar en razón a Marta, pero Luis todavía tenía una baza.

Vale, no te fías de Javier… ¿Pero de mí sí, ¿no?

Marta le miró esperando a ver por dónde le salía.

¿Te fías de mí? repitió Luis.

Claro, ¿y eso?

Si Javier nos falla, yo te pago el alquiler. Te lo prometo.

Muy heroico, sí, pensó Marta.

Menuda solución: me lo pagas tú ¡con nuestro dinero!

Bueno se vino abajo. Si quieres, busco un trabajo extra. Lo que gane, te lo paso a ti, solo a ti, no saldrá de lo nuestro. ¿Trato hecho?

Costó, pero a Marta le tocó la fibra. Si tanto se empeñaba, pensó, igual debía confiar un poco en el marido… aunque no tenía esperanzas con Javier.

Lo tuyo es convencer a cualquiera, Luis le dijo al final. Pero es tu responsabilidad.

Quedaba mucho para el verano aún, así que Marta se relajó y quiso confiar en él.

Llegó junio y, claro, empezó el festival. Luis llamaba a Javier cada tres días, preguntando si podía adelantar aunque fuera un mes de alquiler. Javier siempre prometía.

Sí, Luis, sí, todo bien. ¿El dinero? A la que me paguen un encargo grande que tengo pendiente, te paso la transferencia. Final de mes sin falta. No te preocupes.

Llegó el final de junio.

El dinero, ni rastro.

Marta aguantó el mes entero sin decir nada, aunque las ganas no le faltaban. No quería rebajarle la moral a Luis, pero ya no podía evitarlo:

Entonces, ¿ha pagado ya?

Que no, que el encargo está pendiente todavía, pero en cuanto cobre, lo primero es pagar la casa, de verdad…

La excusa, la misma de siempre.

Tenía en la punta de la lengua un ¿Ves lo que decía yo?

¿Ves por qué no quiero líos de familia? Siempre tienen una causa importantísima para no pagar a tiempo.

Ha sido mala suerte, de verdad, Marta Luis intentando justificarse. Sé que parece lo de siempre, pero de verdad, en unos días lo soluciona.

Ya… Y llegarán a septiembre, harán las maletas y: Gracias por las vacaciones, ya si eso te llamo.

Al final, tú no pierdes nada. Yo buscaré otro trabajo.

¿Vas a hacerlo? ¿Así, de verdad, hoy mismo?

Luis bajó el tono.

Dale un par de semanas más. Si no hay dinero, me pongo yo a ello. Lo prometo.

Nadie te obligó a hacerte cargo, Luis. Pero demuéstrame que tu hermano es tan honesto como dices.

Desde ese día, las cosas en la casa se pusieron un poco frías. Luis ni miraba a Marta igual.

Julio. Calor asfixiante. Y Marta todos los días pillaba a Luis mirando ofertas de trabajo online, pero sin atreverse a llamar a ninguno.

Oye, ¿sabes que hoy ya es treinta de julio? Dos tercios del verano y ni un euro de alquiler se lo recordó ella.

Sigo sin noticias buenas… Pero en cuanto cobre…

En cuanto cobre, sí, lo sé.

Nos pagará… y hasta nos compensará con algo más, seguro.

Yo ya no me creo nada. Me diste tu palabra: si él no paga, pagas tú. ¿Dónde está ese trabajo extra?

Lo cierto es que aquello de trabajar en dos sitios a Luis ya le parecía otra cosa mucho más sencillo prometer que cumplir, ¿no?

Lo estoy buscando, pero no estoy para cargar cajas, la espalda me mata.

Mejor sería que le digas eso a tu hermano, a ver si él sí se anima. O haces algo o llamo yo a Javier y le digo que si el viernes no tengo al menos la mitad, les toca irse, y la deuda la reclama un juez.

A Luis le empezó a sudar la frente.

¡Ni se te ocurra! ¿Un juicio? ¿Qué le digo yo a mi madre? ¿Que he denunciado a mi hermano? ¡Qué vergüenza!

Javier no quería pagar, Luis tampoco hacerse cargo, pero tampoco quería hacerse el malo, así que optó por hacer responsable a Marta.

¿Sabes? Muy bonito eso de preocuparte tanto por mí. Vas a dejar que me parta el lomo en dos curros para pagarte a TI, a mi mujer, la deuda que me ha dejado mi hermano.

Nadie te obligó, Luis. Te empeñaste tú solo.

Pero no imaginé que Javier nos iba a dejar tirados.

Eso lo sabía yo, por experiencia. Pero no me escuchaste.

Ya lo veo suspiró él, haciéndose el ofendido. Pero tú tampoco, Marta, ¿eh? Vaya manera de quererme Prefieres el dinero que mi salud. Aunque me dé un infarto, te da igual.

No tergiverses. Solo cumplo el trato que tú propusiste.

¡Pues pongo a currar a muerte y pago yo, si es lo que quieres!

Y eso hizo, a regañadientes, empezó a trabajar de repartidor por las tardes y miraba a Marta como con rabia.

Todo esto tu culpa le dijo un día.

¿Mía?

Sí.

Ojalá te sirva para aprender soltó Marta. Es muy fácil quedar bien a costa de los demás. A ver si pagas el alquiler de tu hermano y ves la realidad.

En el fondo, Marta seguía esperando que Javier de repente tuviese un poco de vergüenza y pagara lo suyo. Y mira por dónde, una tarde, Javier la llamó a ella directamente, no a Luis.

¿Sería para pagar?

Marta, una cosa

Javier, no tengo tiempo para historias. Teníais que haber pagado agosto y seguimos esperando el de julio. Ahora, el marrón es de Luis, que se comprometió.

Sí, sí, me lo ha dicho. Pobre, de verdad Mira, el coche me ha dado un disgusto, se me ha roto y me lo he dejado todo en el taller. Tengo que sacar a los críos y a mi mujer de aquí, y la renta… pues ya veremos.

Lo de siempre. Marta colgó.

Luis lo vio todo clarísimo con su cara.

Vale reconozco que confié demasiado. Pero tú tampoco me das margen para equivocarme. Y en vez de apoyarme, solo me presionas

¿Acaso tenía que quitarme yo el pan para que la familia de tu hermano veraneara gratis, y todo para que encima me lo eches en cara?

Sí, insistí yo, pero no esperaba que realmente me dejaras buscarme la vida solo por unos euros. ¿No tienes ni pizca de cariño?

¿Y tu hermano sí te quiere tanto?

No es mal tipo, le ha salido mal eso es todo.

Claro, pobre, con dejarme sin cobrar y meterte a ti en el lío, sigue siendo buenísimo. Pero yo, que solo reclamo lo mío, soy la mala.

Luis se quedó callado.

Parece que se avecinan tiempos complicados en casaDurante dos días no cruzaron palabra. Marta salía temprano, volvía tarde, y Luis apuraba cada minuto recogiendo pedidos en la moto, mascando su orgullo bajo el casco.

El viernes, justo al caer el sol, Marta encontró un sobre en la mesa de la cocina. Dentro había dinero en efectivo y un recibo del banco con la primera transferenciano era todo, pero era mucho más de lo esperado.

Luis entró tras ella, ojeras profundas pero los hombros algo menos caídos.

Lo prometido es deuda le dijo, mordiéndose los labios. No me llega para el mes entero, pero el martes cobro otro turno.

la miró, sin pedir perdón ni esperar palmaditas.

Marta apretó los dedos en el sobre; no por el dinero, sino por la rabia y el cariño juntos, revueltos. Su marido, a regañadientes pero digno, había hecho lo que Javier no: cumplir.

No necesitaba que estuvieras de acuerdo dijo Marta, dejando el sobre sobre la mesa. Solo que respetaras cómo hago las cosas. Y que, cuando eligieras, tuvieras claro por quién te partes la espalda.

A lo lejos, un pitido de móvil: mensaje de Javier, una foto de los niños en la playa, Mil gracias, bro, sois unos cracks. Sin un euro.

Luis resopló, agotado. Pero, por raro que fuera, sintió que en la derrota había aprendido algo. Y mientras Marta preparaba un café sólo uno, como antes supo que el próximo verano, ese café sería en su propia casa. Y solo para dos.

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MagistrUm
Descaro sin límites: —Vamos a ver, Natalia, dime sinceramente —se lamentó Nicolás—, ¿de verdad importa a quién alquilamos la casa? ¿A la familia o a desconocidos? El dinero es el mismo. Natalia terminó de tender la colada. Mejor sería que, en vez de protestar, ayudase. —Colín —le contestó ella—, la diferencia es que luego, a los parientes, no hay quien les saque el dinero. —¿Lo dices por Diego? —qué desagradable era oírlo— ¡Pero si Diego es mi hermano! Te juro al cien por cien que pagará. Ni siquiera está pidiendo descuento. Alquilará la casa por el precio completo, todo el verano. Y así no tendremos que buscar inquilinos. —Esta casa está en la costa, Nico. Yo encuentro inquilinos en cinco minutos. —¿Por qué es tan importante para ti alquilarla solo a desconocidos? —Con desconocidos es fácil: contrato, adelanto, si no pagan se van, y punto. Con la familia empiezan con el “ay, Natalia, entiéndenos, que tenemos niños”, “ay, ya te transferimos después”, “ay, rompimos la tele, pero no pretenderás cobrarnos el daño, ¿no?” Créeme, ya lo he visto demasiadas veces. Tú no sabes dónde acaba eso. La casa le vino a Natalia heredada de sus padres, que también la alquilaban desde su piso de Málaga; un buen complemento para el sueldo. Natalia siguió el ejemplo, pero con una condición: ni amigos ni familiares. Ya había visto a sus padres cómo los “amigos” les dejaban a deber dinero. —¿Y en qué acabó la cosa? —preguntó el marido. —En que los parientes ni pagaban, ni se molestaban siquiera en pedir perdón. Como si costara mucho alojarles gratis, vamos. No, Nico, la casa es un negocio, no una pensión gratuita para tu familia. Diego, hacía poco, decidió que tres meses en la costa era justo lo que necesitaba su mujer y sus tres niños. El verano es calma en su trabajo, así que mejor disfrutar la vida. Natalia ni un momento dudó de que Diego no pensaba pagar alojamiento alguno. —¡Diego no pide que se lo regalemos! —insistió Nicolás—. ¡Pagará! Todos al principio prometen. —¿Para qué nos complicamos? Siempre hay cola de gente queriendo pagar el precio justo. Hago contrato y duermo tranquila. No, ni familiares ni amigos. Negro sobre blanco y dinero aparte. Imposible discutir la actitud pragmática de Natalia, pero Nicolás sabía cómo convencerla. —Vale, si no confías en Diego, ¿y en mí sí? Natalia le miró, esperando más. —Confío, ¿y qué? —Te pago yo el alquiler si Diego falla —soltó Nicolás. Héroe… o casi. Argumento flojo. —Magnífica propuesta: me pagas con nuestro propio dinero. —Bueno, si lo prefieres… —dudó—. Busco un empleo extra, lo que gane te lo doy. Así no será nuestro dinero, solo tuyo. ¿Trato hecho? No esperaba Natalia que para Nicolás fuese tan esencial. Quizá, si él tenía tanta fe en su hermano, ella también debía confiar… —Convences a cualquiera —le dijo—. Toda la responsabilidad es tuya. Vale. Aún faltaba para el verano, así que Natalia tuvo tiempo para calmarse y hasta confiar en su marido. Llegó junio, y con él, los primeros problemas. Nicolás, que llamaba a Diego cada pocos días para pedir al menos un mes pagado por adelantado, recibía siempre excusas esperanzadoras. —Sí, sí, Niko, todo bien. ¿El dinero? Ya estoy esperando el pago de un cliente importante. Me lo transfiere a final de mes. En cuanto me llegue, te pago. No te agobies, solo ha surgido así. Y acabó junio. Y el dinero no llegó. Natalia aguantó un mes, sin preguntar ni discutir. Nicolás había pedido confianza, y ella se la dio. Pero después de otra llamada a su hermano, Natalia preguntó: —¿Y bien? ¿Pagó? —Aún no le han hecho el ingreso del último trabajo. En cuanto le paguen, nos paga. Lo prometió. Ni la excusa cambiaba. “¿Quién lo habría dudado?”, le tentaba la lengua responder con sarcasmo. —¿Ves lo que te decía? Que a los familiares nunca les faltan motivos para retrasarse. —Nat, es una coincidencia. ¡No lo hace a propósito! Sé que no lo parece, pero simplemente, ha surgido así. Solo hay que esperar un poco. —Esperamos hasta septiembre, ¿no? Cuando se lleven sus maletas y nos deseen felices vacaciones, claro. —Pero a ti no te afecta, iré yo a trabajar un extra. —¿Ahora? Él se desinfló. —Dale un par de semanas más. Si no, pues… te pagaré yo, si es tan importante para ti. —No te obligué a prometerlo. Fuiste tú quien insistía en demostrar que tu hermano es de confianza. ¡Demúestralo! Y así el ambiente en casa cambió; Nicolás, taciturno, apenas hablaba con su mujer. Llegó julio, el calor asfixiaba, y Natalia pillaba a su marido mirando ofertas de empleo en internet, sin atreverse a llamar. —Niko, ¿sabes qué día es hoy? Treinta de julio. Dos tercios del verano y no hemos visto ni un céntimo de alquiler. —Sigue igual, pero… —Como siempre: en cuanto pueda. —¡Nos lo devolverá! Y además nos compensará por las molestias. —Ya no me lo creo. Dijiste que respondías por él. Pues paga tú. ¿Dónde está tu trabajo extra? A estas alturas, ni Nicolás creía en su propia promesa, mucho más sencillo era prometer de palabra que doblar el lomo. —Encontraré algo, pero… las ofertas no son buenas. Con mi espalda, no puedo cargar cajas. —Mejor dile a tu hermano que vaya a cargar cajas. Lo prometiste. O buscas trabajo ya, o llamo a Diego, y le digo que si para el viernes no tengo al menos la mitad, le vacío la casa por la vía legal y reclamo el resto por juicio. Un sudor frío recorrió a Nicolás. —¡No llames a Diego! ¿Juicio, de verdad? ¿Qué va a pensar la familia? ¿Y mi madre? ¡Contra mi hermano en los tribunales, Nat! Nadie lo entendería. Diego no quería pagar, Nicolás tampoco quería cumplir su promesa ni denunciarle, y de pronto, decidió culpar a Natalia: —¡Así cuidas tú de tu marido! ¿No te importa que me reviente a trabajar para pagarte, esposa? —No te obligué a nada, Nicolás. Fuiste tú. —Pero no pensé que Diego nos la haría. —Yo sí lo sabía —contestó Natalia—. Lo sé porque lo he vivido muchas veces. Tú no quisiste escucharme. —¡Ya lo he entendido! —Nicolás, escudándose de víctima—. Pero tú también tienes lo tuyo: ¡prefieres el dinero antes que mi salud! Te da igual si me da un infarto. ¿Eso es amor? —No te obligo. Solo exijo que cumplas lo que prometiste. —¡Vale! Iré a trabajar y pagaré lo de Diego, ¿sí? Si el dinero vale más que yo, pues eso. El trato falló en sus términos, pero al menos Natalia logró que su marido trabajara. Aunque le supo amargo. Nicolás, por las tardes, hacía de repartidor y la miraba con rencor. —Todo por tu culpa… —murmuró un día. —¿Por mi culpa? —¡Sí! —Quizá así aprendías… Es fácil ser buena persona con el dinero de otros, pero ahora que pagas tú, tal vez recapacites. Natalia aún albergaba la esperanza de que Diego tendría decencia y pagaría. Y justo entonces, Diego la llamó, a ella, no a su hermano. ¿Se habría equivocado Natalia? ¿Iba a pagar al fin? —Natalia, tengo un problemilla… —Diego, no tengo tiempo para tus problemas. Ya debíais haber pagado agosto, y seguimos esperando julio. No es mi asunto, es responsabilidad de Nicolás, que te dio su palabra. —Sí, Niko me lo dijo. El pobre… Pero mira, se me ha estropeado el coche y lo he tenido que gastar todo en el taller. Tengo que llevarme a la familia como sea, ya veré cómo te lo pago después, ¿vale? Previsible. Natalia colgó. Nicolás lo vio todo reflejado en su cara. —Vale —admitió él—. Me equivoqué confiando tanto en él. Pero tú… no me permites ni un error, y, en vez de apoyarme, me rematas. —¿Qué debía hacer? ¿Sonreír y decir: “No pasa nada, que nos usen la casa gratis, que yo ya lo superaré”? Fuiste tú quien insistió en pagar. —¡Eso hice! —se indignó—. Pero no esperaba que fueras tan fría, aceptando alegre que trabaje para ti sacrificando mi salud. ¿Has pensado en mí? —¿Y tu hermano ha pensado en ti? —No es mala persona, sólo ha surgido así… —Perfecto. Él nos estafa y te pone en un compromiso, pero ¿la mala soy yo porque exijo lo justo? Nicolás bajó la vista. Parece que se avecinan tiempos difíciles en su matrimonio.