Descaro sin límites
Mira, Sonsoles, dime la verdad suspiró Marcos con la voz empapada en resignación. ¿En qué universo da igual a quién le alquilemos la casa? ¿A conocidos o desconocidos? El dinero es el mismo, euros son euros.
Sonsoles terminó de tender las sábanas en la terraza, dejando que el sol sevillano las abrazara. Hubiera sido mejor que él ayudara en vez de dar la lata.
Marquitos, cariño mío le respondió. La diferencia está en que a los familiares luego no hay forma humana de sacarles ese dinero.
¿Hablas de Iñaki? ¡Qué agobio le daba ese tema! Iñaki es mi hermano. Va a pagar, te lo garantizo al mil por cien. Ni siquiera ha pedido descuento. Alquila la casa en Cádiz a precio pleno, tres meses, y no hay que andar rebuscando inquilinos.
Marcos, es una casa frente al mar. Inquilinos me salen solos en un chasquido.
Explícame por qué te empeñas en que sean extraños.
Con desconocidos todo es fácil: contrato, señal por transferencia, no pagan y se marchan, y aquí paz y después gloria. Los de la familia empiezan con “Ay, Sonsolita, entiéndenos, que si los niños, que si te pagamos más adelante, que si hemos roto la tele pero no pensarás cobrarnos”. Te lo digo por experiencia: acaba fatal.
Sonsoles heredó la casa blanca asomada al Atlántico de sus padres, quienes ya la alquilaban cada verano desde Sevilla, sacando un pico. Repitió el mismo plan, pero con una condición: nada de amigos, ni de sangre ni de copa. Había visto a sus padres ser “timbados” demasiadas veces por colegas de confianza.
¿Cómo, fatal? preguntó Marcos.
Se iban sin pagar y encima con cara, diciendo que no nos costaba nada. La casa es un negocio, no un albergue gratis para tu parentela.
Hace unas semanas, Iñaki decidió que tres meses en la playa sería justo lo necesario para que su mujer y sus tres hijos recobraran la salud. El verano es temporada baja en su empresita, así que podían pegarse la vida padre. Sonsoles no se hacía la menor ilusión de cobrar ni un euro de su cuñado.
Pero, cariño, ¡Iñaki no te pide vivir gratis! insistía Marcos. Va a pagar.
Claro, todos prometen el oro y el moro al principio.
¿Para qué jugárnosla? Siempre hay gente esperando, dispuesta a pagar la tarifa entera. Ellos firman, pagan y yo tranquila. Ni familia ni amistades. Los negocios son los negocios.
Con la lógica fría de Sonsoles no se podía discutir, pero Marcos tenía su as bajo la manga.
Muy bien. No confías en Iñaki. ¿Pero en mí sí?
Ella aguardó.
Confío, ¿y qué?
Si Iñaki queda mal, yo te pago la renta. Palabra. Pero de mi bolsillo, no del bote común.
Una heroicidad de saldo.
Menuda solución. Me pagas de nuestro dinero
Bueno… podría buscarme un extra los fines de semana y el dinerillo que saque será solo tuyo, sin mezclar cuentas. ¿Vale?
Sonsoles no pensaba que aquello significara tanto para Marcos. Quizá tocaba creérselo también
Convences a quien sea le dijo. Pero toda la responsabilidad es tuya, Marcos. Vale.
Quedaba mucho camino hasta el verano. Sonsoles tuvo tiempo para calmarse y empezar a confiar un poco en su marido.
Entró junio y con él llegaron los problemas. Marcos llamaba a Iñaki cada tres días, con el pretexto inocente de pedirle solo un adelanto del mes, y recibía siempre respuestas con doble fondo.
Sí, Marcos, sin falta. ¿El dinero? Nada, espero una transferencia de un cliente importante. Ha prometido enviarlo antes de acabar el mes. Perdón por la demora, de verdad. Tú tranquilo.
Cerró junio.
Seguía sin aparecer un solo euro.
Sonsoles soportó el mes sin una queja, dejándolo todo en manos de Marcos. No quería hundirle la moral. Después de la enésima llamada a Iñaki, no pudo evitarlo:
¿Y? ¿Pagó?
El cliente no ha pagado todavía. Pero en cuanto cobre, lo nuestro será lo primero que pague, prometido.
La misma canción, ni una nota nueva.
Una frase ácida le bailaba en la lengua: ¿Quién lo habría imaginado?
¿Ves de qué hablaba? Los familiares siempre tienen una excusa de libro para no pagar.
Venga, Sonsoles, ha sido solo mala suerte replicó Marcos. No ha sido aposta. Entiéndeme solo es esperar un poco más.
Esperamos hasta septiembre, ¿no? Cuando recojan maletas y nos dejen un gracias por todo, ya llamamos otro día.
Al final tú no pierdes nada. Yo buscaré faena extra.
¿Tú? ¿Ahora mismo?
Se le vino el ánimo abajo de golpe.
Dale dos semanas más. Si no, te lo pago yo… si de verdad te importa.
No te hice jurar nada. Fuiste tú quien se lanzó para demostrar lo honrado que es tu hermano. Así que demuestra.
El ambiente en casa se fue enfriando, Marcos dejó de gastarle bromas a Sonsoles.
Julio apretó con un calor andaluz insoportable. Sonsoles veía por las noches a Marcos buscando curro en páginas de anuncios, pero sin animarse a llamar a nadie.
Marcos, ya es día treinta. Dos tercios del verano y ni una centésima parte del alquiler.
Aún ningún avance
Cuando pueda, pagará.
Deja de creerle. Tú me garantizaste el pago. Ahora cumple. ¿Dónde están esos trabajos extra?
Claramente, a Marcos ya no le hacía gracia aquella promesa. Hablar cuesta poco, pero doblar el lomo por dos no es de héroes; es de mártires.
Buscaré pero los anuncios no son gran cosa. ¿No me ves cargando sacos, con mi espalda?
Mejor anima a tu hermano a que los cargue él. Tú lo prometiste. Si no buscas el extra ahora, llamo a Iñaki y le digo que, sin medio pago antes del viernes, los echo con la ley en la mano y reclamo lo mío ante el juzgado.
Palideció Marcos.
¡Por Dios, no le llames! ¿Qué va a decir la familia? ¿Qué le cuento a mamá, que le he demandado al hermano? No lo entendería nadie.
Iñaki no quería pagar, Marcos no quería responder, pero tampoco verse como el hermano traidor y al final, optó por culpar a Sonsoles.
Claro que sí, tú, preocupándote tantísimo por mí ¡Te da igual si tengo que matarme a doble turno para pagarte!
Nunca te empujé a ello. Lo propusiste TÚ.
Pero yo no sabía que Iñaki iba a darnos plantón.
Y yo sí zanjó Sonsoles. Lo sé porque lo he visto mil veces. No me hiciste caso.
¡Vale, lo pillo! dijo él, jugando a la víctima. Y tú, Sonsoles, tampoco eres la Virgen de la Caridad. Mandándome a trabajar solo para cobrar, ¡y mi salud que arda! ¿Y si me da algo? ¿También buscarías segunda faena para mí?
No lo hago por capricho. Cumple tu parte del trato, que tú planteaste.
¡Perfecto! gritó Marcos. Me busco un trabajo, pago por Iñaki y a otra cosa. Si el dinero vale más que yo. Ya está.
El trato se derrumbó en sus propios cimientos, pero Sonsoles sacó lo que quería: Marcos se fue a currar por horas de repartidor. Solo que al volver, su mirada era de lobo herido.
Por tu culpa
¿Por mi culpa?
¡Sí!
Quizá así aprendes: ser bueno con palabras a mi costa no funciona. Cuando pagues por tu hermano, ya veremos.
Por dentro, Sonsoles se aferraba a la ilusión de que Iñaki recapacitaría en el último instante. Cuando lo pensaba, sonó el móvil: era Iñaki, quien llamaba a ella, no a Marcos.
¿Se habría equivocado? ¿Llamaría para pagar?
Sonsoles, necesito un favor…
Iñaki, no tengo tiempo. Tendrías que haber pagado julio y agosto y seguimos esperando. Habla con Marcos, que él ha respondido por ti.
Ya, ya, lo sé. Pobrecillo, cómo curra. Pero verás, el coche se ha roto y me he gastado el dinero en reparaciones, para llevarme a la familia de vuelta. El alquiler, ya si eso lo vemos.
Lo de siempre.
Sonsoles colgó.
Marcos, que lo escuchó todo, entendió todo en su mirada.
Vale murmuró. Admito que me equivoqué, confiando así en él. Pero tú tampoco me dejas equivocarme, ni apoyarme.
¿Debía sonreír mientras tu hermano veraneaba gratis? ¿Creer que ya encontraría yo consuelo? Te empeñaste en responder por él.
Sí, lo hice bufó él. No pensé que sacrificarías mi salud tan alegremente. ¿Piensas en mí?
¿Piensa él en ti?
No es mal tipo, ha tenido mala suerte
Perfecto. Él no paga jamás y yo exigiendo lo mío, soy la mala.
Marcos vaciló.
Parece que en su matrimonio llegaba el tiempo de tormenta.





