Una chica medio desnuda miraba con altivez y esbozaba una sonrisa provocativa. Ese calendario llevaba tiempo molestándome. Solo mi difunto—perdón, exmarido—podía colgar semejante cursilería en la cocina.
—¡Adiós, cariño! No me encajas ni un poco en la decoración.
Cariño balanceó su pie enfundado en un zapato de charol, resignado, camino del cubo de la basura. La pared volvía a lucir su verde original, inmaculado, pero el alivio no llegaba. Vaya año… Todo empezó con la huida de mi media naranja y ahora parece que terminará con la pérdida del trabajo. La empresa, que ya llevaba tiempo en las últimas, se acercaba a su final inevitable. Además, el sueldo llegaba cada vez más tarde… ¿Para qué ir a la oficina entonces? Exacto, para nada. Así que, prudente, me quedé en casa y me lancé a la limpieza general.
El intento fue un fracaso. En lugar de fregar los azulejos con entusiasmo, esta holgazana se hundió en el sofá a leer el periódico gratuito, donde todo tipo de estafadores ofrecían sus servicios mágicos. ¡De todo había! Brujos blancos, videntes, adivinas de cuna, curanderos, santeras… En la última página, la “poderosísima” psíquica Violeta prometía recuperar maridos, levantar maldiciones, cambiar vidas… ¡con garantía del 100%! Como no tenía nada mejor que hacer (excepto limpiar, claro), y la curiosidad siempre fue mi perdición, me sorprendí a mí misma marcando su número…
***
El portal estaba abierto de par en par, sin portero electrónico, códigos secretos ni conserjes. La puerta la abrió un tipo desaliñado, desgastado por la vida. Al oír que venía por el anuncio, me hizo pasar y señaló con desgana:
—Por ahí…
“Por ahí”, en una habitación modestamente amueblada, había una mujer de mediana edad, vestida con algo muy, muy casero. Llevaba un pañuelo de lana viejo enrollado al cuello. Me sonrió, exhausta.
—Hola, ¿usted llamó? Mmm… quiere que le quite el mal de amor…
—Bueno, me casé justo después de la universidad. Y estuve con mi marido casi quince años.
Me miró con sus ojillos pequeños, de pestañas casi blancas. ¿Dónde quedaban esos ojos negros y profundos que atraviesan el alma?
—Perdone, la confundí con otra clienta.
Estornudó.
El mismo tipo de antes entró sin miramientos. Como si yo no estuviera, anunció:
—Luz, no hay nada de comer. Dame dinero, voy al súper.
Ella frunció el ceño, subió del sofá, rebuscó en el cajón de la mesilla y le entregó unos pocos billetes.
—Compra pan, macarrones y morcilla.
—¿Y para la cerveza? —protestó él—. Si no, no voy…
Luz—Violeta le dio otros dos euros y él se marchó.
Volvió a disculparse y, con su mejor tono, me preguntó:
—Entonces… ¿quiere recuperar a su marido?
¿Lo quería? De repente, me di cuenta de que mi “Antoñito” se parecía mucho al marido de la psíquica, solo que él tenía mejor pinta y menos entradas. ¿Para qué demonios lo quería?
—Mejor no —decidí—. Pero que valore lo que perdió y vuelva arrastrándose.
—Vale —aceptó al instante—. ¿Algo más?
—Quiero un trabajo soñado: creativo, interesante, prestigioso… y bien pagado. Si es que existe.
—Uf, ahora está difícil… Llevo años sin encontrar nada decente desde el ERE —suspiró Luz—Violeta.
—Pero a usted le irá bien —se apresuró a añadir.
En el recibidor sonó un móvil y se oyeron murmullos. Apareció el dueño del piso, ya enfundado en un plumífero verde chillón.
—Te llama el colegio. Tu Jorgito ha pegado el libro de clase con *Super Glue*.
—¡Jorgito es tan tuyo como mío! Ve tú, ya estoy harta de hacer el ridículo sola…
Nos quedamos a solas. Ella parecía algo avergonzada.
—Los niños… El pequeño todavía va bien, pero el mayor… ¿No conocerá a algún narcólogo, por casualidad?
—Por desgracia, no.
—Sigamos. ¿Qué más quiere cambiar?
—¿De verdad puede con todo? —dije, irónica.
No captó el sarcasmo y respondió seria:
—Garantía del cien por cien.
—Pues que se enamore perdidamente de mí un hombre bueno, inteligente, guapo y rico. A ser posible, en breve. Y con ese sí me casaría.
La psíquica murmuró algo, doblando un dedo tras otro.
—También quiero estar espectacular. Como de veinticinco, máximo.
Asintió y dobló otro dedo. Parecía que no le costaba concederme nada.
—¿Algo más?
Mi imaginación flaqueaba. Bueno, quizás…
—¡Un gato siberiano!
Luz—Violeta cerró el puño, miró al techo y movió los labios en silencio. Pensé que recitaba un conjuro, pero seguramente hacía cálculos mentales, porque anunció:
—Son mil doscientos cincuenta euros.
—¿No va a quitarme la mala suerte? —pregunté.
Entrecerró los ojos un instante.
—No tiene mala suerte. Solo ha tenido racha de desafortunios.
—¿Y ahora cambiará?
—Ahora cambiará.
Estornudó por última vez.
Sintiéndome como una filántropa, conté el dinero y me despedí. De camino a casa, me regañé: ese dinero no me sobraba, precisamente.
Tras congelarme y pisar un charco helado en la oscuridad, por fin llegué. El ascensor hizo caso omiso de mis llamadas, la bombilla del portal estaba fundida y el buzón rebosaba facturas. Decidí darme un capricho con el resto del café… y arruiné la bebida con una generosa dosis de sal, que por algún motivo estaba en el tarro del azúcar. Me enfadé con la sal, con los de la comunidad, con el mal tiempo, con las psíquicas fracasadas… y me fui a la cama antes de que la vida me gastara otra broma.
***
Por la mañana, el teléfono me despertó. Medio dormida, no entendí al principio que llamaban de la empresa en la que siempre había soñado trabajar. Además, el dueño en persona. ¡EN PERSONA! Eso ya era mejor que lidiar con secretarias cotorras o inútiles de recursos humanos. Su voz era tan suave como el terciopelo.
—Su currículum llegó en primavera, pero se perdió entre otros. Esta mañana lo encontramos por casualidad. ¿Cuándo podría venir?
¿Cuándo? ¡En ese mismo instante, en bata floreada y zapatillas! Claro que no lo dije en voz alta, y magnánimamente accedí a encontrar un hueco después de comer. Colgué y salí disparada al baño. Había que arreglarse urgentemente, peinarse, planchar el traje, encontrar el portafolios…
Otro timbre me sacó de la ducha:
—¿Te importa si paso hoy? Creo que en el armario quedaron mis vaqueros grises. Y… bueno, creo que nos precipitamos. —No se presentó, pero no hacía falta. ¿Quién, aparte de Antoñito, hablaba tan lento y cantarín, casi quejumbroso?
—Te llevaste los vaqueros con todo lo demás.
—¿Ah, sí?… Bueno, da igual… Tenemos que vernos. Menos mal que el divorcio no está formalizado. Ah”Ahora que la suerte parecía sonreírme, me di cuenta de que a veces la magia más poderosa era simplemente dejar ir lo que ya no valía la pena.”




