Del amor al odio solo hay un paso

DE AMOR A ODIO SOLO HAY UN PASO

A Lucía Cuesta la detesté desde primero de primaria por su delgadez natural. Esa flaca insoportable era, curiosamente, mi mejor amiga.

Álvaro Morillo, repetidor y el típico gamberro de clase, nos puso apodos en tercero de la ESO. A Lucía la bautizó como Lucía la Marquesa. Cada vez que entraba en el aula, Álvaro juntaba las manos simulando llevar un manguito y se ponía a entonar con guasa:

¡Cinco minutos, cinco minutos! ¿Eso es mucho o es poco?

La cara de Lucía se iluminaba con esa sonrisa satisfecha tan suya. Caminaba por el pasillo entre los pupitres moviendo sus caderas huesudas con aire triunfante.

Yo intentaba entrar a clase después de la sirena, de puntillas, sin hacer ruido. No siempre lo conseguía. Y cuando fallaba, el idiota de Morillo gritaba en voz alta:

¡Bueeeenos días, doña Lucía González!

Y después comenzaba a berrear:

¡Desde lejos viene bajando el río Guadiana!

Mi cara ardía como una amapola; lágrimas gruesas corrían por mis mejillas y mojaban mi pecho poco femenino. Lucía siempre saltaba en mi defensa, lanzándole libros a Álvaro, insultándolo de memo mientras reía con esa alegría desbordante propia de quien se sabe bonita. Todo el mundo tenía claro que Álvaro y Lucía estaban locos el uno por el otro. Lo que nadie entendía era por qué la cabritilla Lucía Cuesta era tan amiga de la vaca Lucía Saavedra. Saavedra era yo.

Y yo tampoco entendía por qué Lucía quería ser mi amiga. Ella se enfadaba, perdía la paciencia y acababa gritando:

¡De verdad que eres tonta, Saavedra! Vas de cerebrito con tus dieces pero no sabes que la gente no es amiga ni por la figura ni por los ojos bonitos. Eres buena persona, Lucía, ¡que no todos pueden ser delgados! ¡Mira cuántos famosos gorditos hay! ¡Y todos los adoran!

A mí lo de los famosos me daba igual. En realidad, lo único que me importaba era Morillo. Pero a Morillo sólo le interesaba Lucía. Le veía mirarla de esa manera especial. A mí no me miraba, me esquivaba, como quien ve a un indigente y le resulta incómodo no tener suelto que dar, pero tampoco quiere sacar un billete. Así me evitaba o se burlaba de mí.

Antes de Navidad convencí a mis padres para que me cambiasen de colegio. Mi madre presentó la solicitud y recogió mis papeles en secretaría. Tras las vacaciones me esperaba una nueva vida. De la anterior me quedaba sólo Lucía.

La amiga se enfadó muchísimo conmigo. Me llamó traidora y se marchó dando un portazo. Pero no tardó en volver, llamó varias veces al timbre de casa.

Abrí la puerta bruscamente, con una sonrisa entre triunfal y tensa y me quedé helada. Álvaro estaba ahí parado, enfadado, empapado de nieve madrileña sobre su cazadora abierta y sin gorro:

¿Qué haces, Saavedra? ¿Por qué te largas cambiando de cole en mitad de curso? En cinco meses es la selectividad, ¿y tú vas y te escapas? ¡Te estoy hablando, Saavedra!

No escuchaba lo que decía ¡No! Oía las palabras, pero no entendía nada. Sólo quería retener ese instante: ¡el mismísimo Álvaro Morillo en el umbral de mi casa! Más guapo que nunca, con las mejillas rojizas del frío y los ojos brillando. Y, quizás poseída por ese exceso de belleza, le respondí con sarcasmo:

¿Qué pasa, te asusta no encontrar a otra idiota frágil para meterte con ella?

¿Que qué dices? ¿Dónde voy a encontrar otra igual que tú, Saavedra? ¡En el mundo solo hay una así de boba! replicó él entre dientes y, agarrándome de la mano, me sacó al rellano y me atrapó en un abrazo.

¡No! ¡Eso no era un abrazo! Los abrazos se dan con dulzura. Lo que hizo Álvaro no tenía ternura, tenía desesperación. Como si me arrebataran de su lado y no estuviera dispuesto a dejarme marchar. Me apretó la cabeza contra su pecho cubierto de jersey áspero, inmovilizándome, mientras la otra mano me sujetaba la espalda. Estaba atrapada. Pero por alguna razón, no tenía miedo. Me sentía bien. Como en un sueño bonito, o en una quimera imposible. ¿Cómo podía saber él lo que yo soñaba? ¿Querría burlarse de nuevo? ¿O tal vez lo sabía? Ese pensamiento sí me dio miedo. Lloré amargamente. Lloré durante lo que me pareció una eternidad. Cuando se me secaron todas las lágrimas, el temblor se fue apagando. Álvaro ya me abrazaba con cariño y me mecía, como a una niña pequeña.

Llora, Lucía, llora cuanto quieras. Mi madre dice que eso ayuda. Y también dice que soy un zopenco y que, si alguien te gusta, lo más honesto es acercarse y decirlo claro. Así que aquí estoy, diciéndote, Lucía, que soy un idiota. Lucía, me gustas. ¿Me oyes?

Y me das vergüenza. Eres la cerebrito de clase, vas a Medicina, y mira yo con suerte me aceptan en el grado de Automoción. Igual tus padres no te dejan salir conmigo. ¿Para qué necesita su hija una cabra loca como yo? ¡Pero no soy tan tonto, eh! No aguanto los polinomios ni los cosenos pero quiero ser mecánico, me encantan los coches y me encantas tú.

¿Y Lucía Cuesta?

¿Qué pasa con Cuesta? Cuesta será nuestra testigo de boda dentro de un par de años dijo él. Yo levanté la cabeza, le miré a los ojos y susurré:

Te odio

Pues perfecto, porque del odio al amor solo hay un paso. ¡Acabarás queriéndome! me contestó mi futuro marido, sonriente.

Han pasado treinta años.

Nunca celebramos el aniversario de boda, pero sí el día en que nació nuestra familia. Hoy, por trigésima vez. Primero lo celebramos los dos solos, luego los tres, cuando nació nuestra hija. Cuatro años después, los cuatro, con la llegada del niño.

Esta noche volveremos a reunirnos todos los más cercanos. Mi hijo traerá a su novia. Espero a mi inseparable amiga Lucía Cuesta, con su marido y su hijo. Sólo falta alguien a la mesa: mi hija. Está ocupada con algo importante desde ayer: preparando durante toda la noche el mejor regalo para nosotros. Esta mañana nació su niña, a la que ha llamado Lucía Cuesta. Entre lágrimas de alegría me doy cuenta de que la vida nos premia de formas inimaginables: Lucía y yo somos abuelas.

Porque, a veces, las amistades y los amores auténticos superan complejos y heridas, y nos enseñan que, al final, solo importa lo sincero del corazón. Todo lo demás es solo paisaje.

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