Diario de Lucía, 17 de mayo
Nunca antes había sentido ese tipo de vergüenza. Todo sucedió tan deprisa anoche, en el restaurante donde celebrábamos mi cumpleaños. ¡Brindemos por la cumpleañera! ¡Cuarenta y cinco años, una mujer de nuevo madura, aunque en este caso diría más bien pasa, pero igualmente buena para la digestión!, gritó Juan, mi marido, alzando su copa de vino de La Rioja, robándose la atención y cubriendo la música de fondo con sus carcajadas.
Vi cómo los invitados mis amigas de la oficina, la familia, incluso sus primos de Valladolid se quedaban paralizados. Una risa incómoda, alguien removiendo la ensalada como quien busca algo en qué concentrarse. Yo, en mi vestido azul oscuro que había esperado semanas para comprar (con el dinero que gané traduciendo artículos por las noches), sentí que las mejillas se me helaban de golpe. La sonrisa perfecta con que me juré arrancar esa noche se volvió un gesto rígido, casi doloroso.
Juan, ajeno a mi incomodidad, me rodeó los hombros con su brazo pesado y húmedo de sudor. ¿Por qué esas caras largas? Si Lucía tiene sentido del humor. ¡Sí, mujer! Es lista y ahorradora, ¿verdad? El vestido éste ¿cuántos años tiene? ¿Tres? ¡Si está como nuevo!, remató, riendo como si eso fuera una broma maravillosa.
Mentira. El vestido era recién comprado, el más caro que he tenido nunca. Pero discutir delante de todos, con mis padres mirando y los compañeros del conservatorio escuchando, habría convertido la velada en un circo. Su mano, enseguida me la quité, y bebí un sorbo de agua. Por dentro, sentí una bola de hielo en el estómago. Antes habría respondido con ironía algo como al menos tú no te has puesto rancio todavía, pero esa noche me rompí algo por dentro.
El resto del cumpleaños pasó como en automático. Juan bebiendo cada vez más vino, intentando sacar a bailar a las becarias, disertando sobre política en voz alta y diciendo sandeces sobre cómo las mujeres han echado a perder el país. Yo repartiendo abrazos, agradeciendo los regalos, asegurándome de que el cochinillo llegase caliente y no faltara nada en las copas. Todo como un autómata. En mi cabeza solo había silencio. Un silencio tan claro y absoluto que devoraba los chillidos borrachos de Juan.
Al llegar a casa, apenas se descalzó, Juan se metió en la habitación. Eh, hemos estado bien, ¿no? Solo que tu jefe, ese Sergio, tiene cara de vinagre. Seguro me envidia, porque tengo una mujer tan paciente ¿me traes agua? Estoy muerto de sed.
Me miré en el espejo de la entrada: ojos hinchados, el rímel corrido. Me quité los tacones, los coloqué tranquilamente en la estantería, y pasé a la cocina. Pero no fui a por agua para él. Cogí un vaso, lo llené para mí, y lo apuré frente a la ventana, viendo cómo la Gran Vía bullía bajo las farolas. Luego salí al salón, saqué la manta y la almohada de repuesto, y preparé el sofá.
¿Lucía, dónde estás? ¡Que tengo sed! oí gritar desde el dormitorio. Apagué la luz del pasillo, y me tumbé en el sofá, tapada hasta la cabeza. No lloré. Solo sabía algo con una claridad cristalina: jamás volvería a ser así. Ya había pasado mi límite. La cuenta había llegado a cero.
La mañana siguiente no olía a café ni a tostadas. No me levanté media hora antes que él para plancharle la camisa y preparar el táper para el trabajo. Juan se despertó solo, al sonido del móvil y del silencio. Ningún tostador, ni el aroma familiar a café. Me encontró sentada en la cocina ya vestida para salir, leyendo en la tablet.
¿Y el desayuno? Pensé que habría tortitas, si quedaba requesón, preguntó abriendo la nevera. No contesté. Simplemente pasé de página y sorbí mi té, ya frío.
Lucía, ¿me oyes? volvió a insistir, con un chorizo en la mano. ¿Es que te has quedado sorda después de ayer?. Me calcé, recogí mi bolso, comprobé las llaves y me marché, sin mirar atrás. ¿Dónde vas? ¿Y mi camisa? ¡La azul está sin planchar!, alcanzó a decir antes de que cerrara la puerta.
¡Bah, allá tú! Seguro es por la regla. O te has molestado por la broma ya se te pasará, si a las mujeres os va el drama, murmuró mientras se cortaba una rodaja.
Por la tarde, al regresar, la casa estaba oscura. Lucía no estaba. Raro: normalmente ella volvía antes. Llamé: comunicando. Yo me calenté unos macarrones, puse la tele y me acosté solo, pensando que cuando volviera la pondría en su sitio.
Lucía llegó mientras dormía. No escuché nada, ni el ruido del sofá desplegándose. Por la mañana, la misma rutina: ningún desayuno, ningún buenos días. Sólo recogió su bolso en silencio y se fue.
Al tercer día, mi paciencia empezó a quebrarse.
¡Deja ya la tontería! ¿Por un comentario? ¡Estábamos celebrando! ¿Eres la reina de Inglaterra o qué? Venga, perdóname, ¿sí? Borrón y cuenta nueva. ¿Dónde están mis calcetines negros? ¡No hay ni un par en el cajón!, grité, bloqueándola en el pasillo.
Ella me miró de arriba abajo como si fuera una mancha en la pared. Ese tipo de mirada que se reserva para lo molesto, pero pasajero. Se giró, cogió el paraguas y se marchó, dando por terminada la conversación.
Al acabar la semana, la casa empezó a cambiar. Mi ropa se apilaba en la silla, sin lavar ni planchar. En la nevera, solo había leche, huevos, verduras, pero ni resto de croquetas, sopas o ese guiso que me gusta. Los platos que dejaba en el fregadero seguían allí, formando una montaña.
Decidí mantenerme firme: No lavo nada. Al final le molestará y lo hará ella. Pero Lucía limpiaba solo lo suyo: un plato y un tenedor, que lavaba y guardaba. Mi vajilla seguía ahí, acumulándose.
El sábado cambié de estrategia y traje una tarta San Marcos y un ramo de margaritas. Venga, Lucía, no seas cabezona. Vamos a tomar un café, que sé que estás en casa. Ella levantó los ojos de la pantalla, los tenía como vacíos, empujó el portátil a un lado y salió de la cocina. Al rato oí correr el agua de la ducha.
Tiré las flores al cubo de basura.
¡Muy bien! Seguro que si no estás tú, yo no me muero de hambre. Viví solo muchísimo antes de casarme. ¡Menuda manipuladora eres!. Pedí pizza, saqué cervezas, y puse el partido a tope. Lucía salió de la ducha, se puso el pijama y, como si yo fuera transparente, pasó de largo, se puso tapones en los oídos y se tumbó de espaldas en el sofá.
Un mes entero pasó así. Probé con broncas, silencios, hasta con regalos. Pero ignorar a alguien que te ignora es como jugar al frontón: la pelota siempre vuelve y al muro le da igual.
A estas alturas, el caos doméstico era evidente. Planchar las camisas quedaba de pena. Gastar en comida a domicilio me dejaba la cuenta temblando. El piso, polvoriento, sólo era limpiado donde ella vivía; yo ni tocaba la mopa.
El mayor susto llegó el martes, temprano. Había recibido una bronca monumental por parte de mi jefe y necesitaba desahogarme. Abrí la aplicación del banco: tenía que pagar la letra del coche, mi orgullo casi nuevo, comprado a crédito hace dos años.
En la pantalla: Fondos insuficientes.
Me quedé helado. Algo no cuadraba. El sueldo lo había recibido ayer. Miré el extracto: siempre transfería mi parte a la cuenta común, de donde salía todo: hipoteca, gas, súper, coche. Lucía completaba lo que faltaba. Pero ahora, sólo estaba mi ingreso, nada más, y no era suficiente: ese mes había gastado extra arreglando el parachoques y saliendo con los colegas. Supuse que Lucía cubriría.
Fui directo al salón. Ella estaba leyendo.
¡¿Esto qué es?! le grité enseñándole la pantalla ¿Por qué no hay dinero? ¿Mañana cargan la cuota!
Dejó el libro despacio. No contestó.
¿Y tu parte? ¡Vamos a tener multa en el banco! ¿No me oyes?, insistí.
Lucía suspiró, dejó el libro y sacó una hoja de una carpeta. Me la pasó en silencio.
Era la demanda de divorcio.
Leí la hoja entera, con las letras bailando ante mí: no hay convivencia familiar, relación conyugal extinguida.
¿Pero tú tú vas en serio? ¿Por una broma, por aquel brindis? ¿Vas a tirar veinte años de matrimonio por eso?, balbuceé, con la voz rota.
Ella cogió su libreta y escribió con calma:
No es por la broma. Es porque no me respetas. Desde hace mucho. El piso es mío; me lo dejó mi abuela. El coche es de los dos, pero el crédito está a tu nombre. Voy a pedir el reparto de bienes. Puedes quedarte el coche, pero deberás devolverme la mitad de lo pagado. Me iré a la casita de la sierra con mamá durante el proceso. Tienes una semana para buscar otro sitio donde estar.
No sentí odio en su mirada. Ni satisfacción. Solo un cansancio antiguo. Escribió otra frase:
El sitio es tuyo. Saldrás adelante. Buscate a alguna joven, animada. Yo busco tranquilidad.
¡Pero era una broma! ¡Nada más!, supliqué, cayendo casi de rodillas. Lucía, te lo juro, hago terapia, lo que quieras, dejo hasta el vino. Sí, lo dejo. ¡Por ti, de verdad!, supliqué.
No se giró. Sólo cerró la maleta y el chasquido sonó como el de una sentencia.
¿Adónde vas a estas horas? Quédate, hablamos mañana. Somos familia, Lucía. Hablemos como adultos
Esta vez, me miró a los ojos. Por primera vez en un mes, vi un sentimiento: compasión. No amor, ni rabia. Compasión agradecida.
Escribió en el móvil y me mostró la pantalla:
La familia no humilla ni pisa. Llevo diez años soportando tus desprecios, Juan. Pensé que era tu carácter. Pero no; es dejadez. Creíste que nunca me iría. Te equivocabas. Déjame pasar.
Me apartó con delicadeza y arrastró la maleta al recibidor.
¡No te voy a dar el coche! ¡Ni el dinero!, grité, casi por reflejo.
Lucía se paró ante la puerta, se puso el abrigo y, por primera vez en semanas, habló en voz alta, ronca, con ese timbre suyo que siempre me ponía la piel de gallina.
Me los devolverás, Juan. Por el juzgado, y también pagarás las costas. Tengo un abogado buenísimo; para él guardé la paga extra que tú querías gastar en una caña nueva. Deja las llaves en el buzón cuando te vayas. El plazo: el domingo.
Puerta. Cerradura. Silencio. Me quedé allí, solo, en la sombra del pasillo. El frigorífico zumbaba, el grifo de la cocina goteaba, aún pendiente de arreglarse. Entré a la cocina, me senté donde solía estar ella, y vi el papel de la demanda. Sello, firma, fecha. Todo real.
El móvil sonó vibrando: Recuerda: mañana se pasa la cuota del coche
Ahí, con la cabeza entre las manos, lloré. Lloré de verdad, por primera vez en mis cincuenta años. No por perder a mi mujer sino por compadecerme, porque me di cuenta de la catástrofe que había causado simplemente por abrir la boca de más.
Los tres días siguientes pasaron como en niebla. Intenté llamarla; tenía el número bloqueado. Llamé a mi suegra, Pilar, pero fue tajante: Tú te lo has buscado; Lucía no puede atenderte, tiene la tensión alta.
El jueves empecé a hacer las maletas. Descubrí que apenas tenía nada: ropa, la cámara de pescar, herramientas, portátil. Lo demás las cortinas, alfombras, la vajilla bonita, las mantas, todo era de Lucía. Sin ella, la casa era sólo un bloque triste.
Al fondo del cajón encontré un álbum. Fotos de hace una década: en la playa, ella riendo, abrazándome. En su mirada había devoción. ¿En qué momento desapareció? ¿En qué punto dejé de admirarla y la convertí en un servicio: tráeme esto, ponme lo otro, calla?
Qué idiota eres, Juan, me reproché en voz alta.
El domingo, saqué la última bolsa, tiré las llaves en el buzón y al salir, miré las ventanas. Oscuras.
Arranqué el coche. Casi sin gasolina, la cuenta a cero. Solo podía ir a casa de mi madre: un piso pequeño en Chamberí, lleno de gatos y reproches. Me imaginé su cara: ¿Ves cómo tenía razón en que no era para ti?.
Golpeé el volante; el dolor me mantuvo lúcido. Miré la agenda del móvil y no tenía a quién llamar, nadie que de verdad escuchara sin juzgarme.
Embragué y salí despacio del barrio. Frente a mí, una vida por delante, en la que tendría que aprender a cocinar, a planchar, y quizá lo peor de todo a medir mis palabras. Porque lo verdaderamente trágico no era el adiós, era saber que acababa de destruir el único lugar en el mundo donde me querían sin condiciones.
Lucía entonces estaba en el porche de la casa de su madre, envuelta en una manta, tomando una infusión de hierbabuena. El alma en calma por primera vez en años. Desconectó el móvil, consciente del largo proceso judicial que le esperaba, pero no tenía miedo. Porque lo más difícil vivir al lado de alguien que te hace sentir sola ya había quedado atrás. En el jardín cantaba un ruiseñor y el aire olía a lilas y libertad. Por fin, ese perfume no se confundía con el aliento de su marido. Lucía respiró hondo y, por primera vez en semanas, sonrió de verdad.







