Dejé de hablar con mi marido tras su humillante comentario en mi cumpleaños, y por primera vez le vi tener miedo

Bueno, ¡vamos a brindar por la cumpleañera! ¡Cuarenta y cinco años y sigue siendo toda una mujer, aunque en este caso yo diría que más bien un higo seco, pero oye, también va bien para el estómago! La voz de Álvaro retumbó por todo el salón privado de aquel discreto restaurante de Salamanca, acallando incluso la música de fondo.

Los invitados, sentados alrededor de la mesa alargada, se quedaron petrificados. Alguien soltó una risa nerviosa para quitar hierro al asunto, otro centraba la mirada en el plato de ensaladilla como si buscara una aceituna perdida de gran importancia. Carmen, sentada en la cabecera con el vestido azul marino recién estrenado, ese que había estado buscando dos semanas, notó cómo se le iba la sangre de las mejillas. La sonrisa, pegada a sus labios desde el inicio de la velada, se volvió una mueca dolorosa.

Álvaro, encantado con su propio chiste, se echó un trago de orujo y se desplomó a su lado, envolviéndola con un abrazo pesado y húmedo.

¡Venga ya, estáis todos muy serios! Carmencita tiene sentido del humor, ¿eh que sí? Eso sí, es muy ahorradora. Mira el vestido… ¿cuántos años tiene esto? ¿Tres? Pues parece nuevo.

Eso era mentira. El vestido era nuevo, pagado con lo que Carmen había ido reuniendo poco a poco haciendo traducciones a escondidas hasta altas horas. Responder ahí, delante de amigos, compañeros y familia, era condenar la noche al desastre. Retiró la mano de su marido suavemente y tomó un sorbo de agua. Por dentro, sentía una bola de hielo en el estómago. Antes, quizá habría bromeado de vuelta, algo como A ti que no te salga moho, cielo, pero aquel día una chispa interna se apagó por completo.

La velada siguió de forma mecánica. Álvaro bebía y se iba soltando cada vez más, invitaba a jóvenes colegas de Carmen a bailar, vociferaba sobre política y sobre cómo las mujeres han desmontado el país. Carmen aceptaba regalos, daba las gracias por los brindis, se aseguraba de que a todos les llegara el plato principal, pero lo hacía de manera automática, como una autómata. En su cabeza, solo había un silencio rotundo. Ni siquiera el borracho bullicio de su marido lo rompía.

Al volver a casa, Álvaro, tras quitarse los zapatos a duras penas, fue directo al dormitorio.

Menos mal que hemos salido un rato gruñó, desabrochándose la camisa. Aunque tu jefe, ese Gonzalo, no me mola mucho. Me miraba como si me quisiese matar. Seguro que le da rabia que yo tenga una mujer tan… comprensiva. Oye, Carmen, ¿puedes traerme agua mineral? Me muero de sed.

Carmen se quedó en el recibidor, mirándose en el espejo. Ojeras, el rímel corrido. Se descalzó y dejó los zapatos perfectamente alineados. Fue a la cocina, pero no por agua para él. Se sirvió un vaso a sí misma, bebió despacio mirando el patio oscuro, por donde aún se colaba el bullicio de la Gran Vía. Luego, fue al salón, sacó del armario una manta y una almohada, y preparó el sofá para dormir.

¿Carmen? ¿Me traes agua ya o qué? gritó él desde la habitación.

Carmen apagó la luz del pasillo, se tumbó en el sofá y se tapó de arriba abajo. Llegó la noche, pero el sueño no la visitó. No pensaba en venganzas ni en broncas. Solo en que aquello había sido la última vez. Se había acabado su paciencia.

La mañana llegó sin el habitual ruido del molinillo de café. Carmen solía levantarse antes para prepararle el desayuno, plancharle la camisa y dejarle el táper listo para la oficina. Ese martes, Álvaro se despertó con el despertador y el vacío. No olía a tortilla ni a café.

Se arrastró hasta la cocina, rascándose la barriga. Carmen estaba sentada, vestida y tomando un té, leyendo algo en la tablet. La taza, vacía.

¿No hay desayuno? bostezó él, abriendo la nevera. Pensaba que hoy habría tostadas, que aún quedaba pan…

Carmen ni levantó la vista. Pasó la página, sorbió un poco de té frío y siguió leyendo.

¡Carmen! ¿No me escuchas? la encaró, sosteniendo un chorizo. ¿Te has quedado sorda después de anoche?

Carmen se levantó, cogió su bolso, comprobó las llaves y se fue hacia la puerta.

¿Dónde vas? ¿Y mi camisa? La azul sigue sin planchar…

Portazo. Álvaro se quedó de pie en calzoncillos, con el chorizo en la mano, sin entender nada.

Bah, déjala. Será que tiene la regla, o se ha picado por una chorrada. Ya se le pasará, estas mujeres siempre montan el drama.

Por la tarde, al volver, todo seguía oscuro. Carmen no estaba. Era raro. Ella siempre llegaba antes que él. La llamó, pero nadie cogió el teléfono. Se calentó los macarrones de la noche anterior, puso la tele, vio una serie y se metió en la cama, mascullando para sí que cuando llegase le echaría la bronca.

Carmen volvió cuando él ya dormía. Él no la oyó entrar, ni prepararse el sofá en silencio. Por la mañana, mismo ritual: ni desayuno, ni buenos días, ni táper. Carmen se vestía y se marchaba.

Al tercer día, Álvaro ya estaba harto de la situación.

¡Mira, deja ya el numerito del silencio! le soltó encontrándola calzándose en el vestíbulo. Vale, me pasé con la broma, pero ¿quién no mete la pata? Beber, relajarse… ¿Te crees la reina de Inglaterra? Perdona, ¿vale?, ya está. ¿Dónde están mis calcetines negros? No veo ni un par.

Carmen lo miró fijamente. Su expresión era calmada, casi indolente; no parecía su marido de veinte años, sino una mancha de humedad en la pared: molesta, pero inofensiva. Se puso el abrigo y se marchó sin una palabra.

A final de semana, la casa empezó a cambiar. La ropa de Álvaro se amontonaba sin lavar, sin planchar, en una silla. En la nevera solo había huevos, leche, algo de verdura… Ni guisos, ni su estofado favorito. Los platos se quedaban en el fregadero, cubriéndose de costras. Álvaro decidió resistirse: No los voy a lavar, ya verá cómo no aguanta, pensaba. Pero Carmen lavaba solo el suyo y guardaba todo en su lugar. Su montaña solo crecía.

El sábado cambió de método: trajo una tarta y un ramo de margaritas.

Vale, Carmen, ya está bien de enfados dejó el pastel en la mesa donde ella revisaba el portátil. Vamos a tomar té juntos, que sé que estás ahí.

Ella alzó la vista. Sus ojos eran huecos. Cerró el portátil, se levantó y salió de la cocina. En menos de un minuto, el agua sonaba en el baño a toda potencia.

Álvaro, rabioso, tiró las flores a la basura.

¡Pues a la porra! ¿Te crees que no puedo vivir sin ti? Si yo he estado solo cuando tú ni sabías hacer la o con un canuto, manipuladora…

Pidió pizza, se abrió una Mahou y puso el fútbol a todo trapo. Carmen salió del baño, se enfundó el pijama, pasó de largo, se puso tapones en los oídos y se tumbó en el sofá de la sala, dándole la espalda.

Así pasó un mes. Álvaro fue pasando de la ira a la indiferencia, buscó el conflicto, intentó comprarla y acabó ignorando la situación. Pero ignorar a quien te ignora es la derrota más amarga: es como jugar al frontón y que la pared ni note la pelota.

Su vida doméstica se tambaleaba. Ropa sin planchar, comidas insípidas por delivery, la casa llena de polvo excepto la zona donde Carmen vivía. A él lo desbordaba el caos, pero no cogía la escoba.

El golpe fuerte llegó un martes. Un mal día en el trabajo, necesitaba descargar su rabia. Entró en su banca electrónica para pagar la letra del coche su orgullo, casi nuevo y…

Saldo insuficiente.

Parpadeó. ¿Cómo? Si el sueldo acababa de entrar. Consultó movimientos. Siempre ingresaba su parte en la cuenta común, de ahí se pagaba luz, mercado, préstamos… lo demás lo usaba en gasolina o caprichos. Carmen solía cuadrar lo que faltaba en el coche, la comida, los gastos.

Pero en la cuenta común solo estaba el dinero transferido por él. Ni un euro más. No llegaba para la letra del coche, y este mes, además, había cambiado el parachoques por su culpa y salido un par de veces con los colegas esperando que Carmen arreglaría el desfase.

Fue al salón como un ciclón. Carmen leía tranquila en el sillón.

¿Qué pasa aquí? bramó, mostrándole el móvil. ¡No hay dinero para el préstamo! ¡Mañana lo cobran!

Carmen bajó el libro.

¿Tus ahorros? ¿Por qué no has transferido lo tuyo? Hay multa si no pagamos.

Silencio.

Suspiró, dejó el libro, sacó de la carpeta sobre la mesa un papel y se lo tendió.

Era una demanda de separación.

Álvaro la leyó, desbordado. …no existe convivencia…, …cese de la relación matrimonial….

¿Vas en serio, Carmen? ¿Por una broma? ¿Por el brindis? ¿Estás loca? ¿Después de veinte años todo así, de golpe?

Ella sacó una libreta y un boli, escribió rápidamente y le enseñó la nota:

No es por la broma. Es porque no me respetas. Hace muchos años. El piso es mío, lo heredé de mi abuela. El coche, comprado juntos, pero el préstamo lo asumes tú. Quiero la mitad de lo pagado. Me iré a la casa de mi madre mientras dure el proceso. Tienes una semana para buscar habitación.

Álvaro sintió vértigo. Recordó que, en efecto, ese piso antiguo en el centro siempre fue de Carmen. Él estaba empadronado, pero no era propietario.

¿Qué casa, qué habitación? sollozó. Carmen, ¿a dónde voy? Con mi sueldo, la letra, la pensión de Víctor del primer matrimonio… No puedo pagarlo todo yo solo.

Carmen lo miró sin enfado, con una profunda resignación. Escribió de nuevo:

Eres un hombre hecho y derecho. Te las apañarás. En tu brindis dijiste que era una cascarria vieja. Busca a una jovencita, como tú quieres. Yo necesito tranquilidad.

Era una broma, cari… ¡Era una broma tonta! ¡Carmencita, te lo ruego, que me pongo de rodillas!

Y lo hizo: cayó al suelo e intentó cogerle la mano. Carmen la retiró y fue a por la maleta.

Y ahí Álvaro supo lo que era el miedo de verdad. No perder una esposa, sino toda su rutina. ¿Quién cocinaría, quién le recordaría ir al médico, quién escucharía sus quejas del trabajo, quién taparía sus agujeros económicos creados por su mala gestión?

Se sintió solo. Los amigos solo servían para unas cañas y poco más, su madre tenía un carácter imposible y cinco gatos.

Corrió para detenerla. Carmen, implacable, hacía sus maletas con calma. Sudaderas, ropa interior, libros. Orden, ninguna prisa.

Carmen, no lo hagas, por favor. Vamos a hablar. Vamos al psicólogo si quieres. Prometo cambiar, dejar la cerveza, pedir ayuda… Lo que sea.

Ella ni se giró. Cerró la maleta con un chasquido seco.

¿A dónde vas a estas horas? intentó interponerse. Quédate, lo hablamos mañana… Somos familia, Carmen.

Por primera vez en ese mes, Carmen lo miró de verdad: con compasión. La lástima calma y demoledora con la que se observa a un pájaro herido que ya no puede curarse.

Escribió en el móvil y se lo enseñó:

La familia no humilla en público. Ni pisotea a quien se desvive. Diez años aguantando tu grosería, pensando que era el carácter. Ahora sé que es falta de educación, de respeto y de empatía. Te creías que nunca me iría. Error. Déjame pasar.

Se abrió paso con suavidad, empujando la maleta.

¡El coche no te lo llevas! Y el dinero no te lo devuelvo… gritó él, inútilmente.

Carmen se paró en la puerta, se puso el abrigo, y por primera vez en un mes le habló en voz alta, áspera pero firme, la misma voz que a Álvaro le ponía la carne de gallina:

Me lo devolverás, Álvaro. Por orden del juez, y además pagarás las tasas. El abogado ya lo tengo para eso usé la paga extra que tú querías gastarte en la caña de pescar nueva. Deja las llaves en el buzón cuando te vayas, antes del domingo.

Cerró la puerta. Sonó el cerrojo.

Álvaro quedó anclado en el pasillo. El silencio de la casa era ahora ensordecedor. Se oía la nevera, el grifo que prometió arreglar hace meses.

Fue a sentarse en la cocina, en la silla que solía ocupar Carmen. Sobre la mesa, el documento judicial. Lo cogió, vio el sello, la firma, la fecha.

El móvil vibró: Recuerde, mañana se carga la cuota del préstamo. Importe….

Álvaro se cubrió la cara con las manos. Por primera vez en sus cincuenta años, lloró. No de amor perdido, sino de compasión hacia sí mismo, y del dolor de darse cuenta de la magnitud del destrozo que él mismo había provocado con su actitud.

Los días siguientes se arrastraron en la niebla. Llamó a Carmen, bloqueado. Llamó a su suegra: Te lo has buscado tú, hijo. No molestes a Carmen, tiene la tensión alta.

El jueves empezó a guardar sus cosas. Eran pocas. Ropa, cañas de pescar, caja de herramientas, ordenador. Se percató de que todo lo que hacía del piso un hogar cortinas, cuadros, mantas, vajilla lo había elegido y comprado Carmen. Sin ella, ese piso era hormigón vacío.

Al coger unos calcetines se topó con un álbum de fotos. Lo abrió. Una foto en la playa de hace diez años: Carmen, riéndose y abrazándolo; él, orgulloso y feliz. Ella le miraba entonces como a un héroe. ¿Cuándo había dejado de verla como mujer y pasado a verla como asistenta? Trae, pon, lava, calla.

Vaya idiota… menuda vejez me espera murmuró.

El domingo, sacó su última bolsa. Dejó las llaves en el buzón como le dijeron. Al salir, miró la ventana de… bueno, la ventana de Carmen. Ahora solo suya. Estaba todo a oscuras.

Subió al coche. Quedaba poca gasolina, casi nada en el banco. Solo podía ir a casa de su madre. Imaginó el recibimiento: olor a tabaco, la bronca asegurada: Te lo dije, esa chica no era para ti….

Apretó el puño contra el volante, el dolor lo devolvió a la realidad. Miró la agenda del móvil. Ni un contacto al que llamar, nadie dispuesto a escucharle sin reproches.

Arrancó y se fue despacio, por una Salamanca desconocida. Por delante, la rutina de aprender a hacer sopa, a planchar, y, quizá, a pensar antes de hablar. Aunque lo peor no era eso. Lo peor era saber que había destrozado su único refugio, el único sitio donde le querían sin pedir nada.

Carmen, mientras tanto, descansaba en el porche de la casa de su madre, arropada con una manta y una taza de té con hierbabuena. Le esperaba la incertidumbre, abogados y papeleo. Pero por fin no sentía ese agujero negro de soledad junto a quien, irónicamente, la hacía sentirse más sola que nunca. Olía a lilas en el jardín, a libertad. Por primera vez en siglos, ese aroma no quedaba eclipsado por el aliento a alcohol de nadie. Respiró hondo y, por fin, sonrió de verdad.

En la vida, uno nunca debe dar por sentado el cariño ni el respeto de quien tienes al lado. Porque, a veces, lo pierdes justo cuando ya no sabes vivir sin ello.

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MagistrUm
Dejé de hablar con mi marido tras su humillante comentario en mi cumpleaños, y por primera vez le vi tener miedo