Déjala en el hospital, insistían los familiares

Recuerdo que, hace ya muchos años, en aquel hospital de la Gran Vía de Madrid, mi madre, Nuria, y mi abuela, Lena, me insistían sin pausa: «¡Déjala en el hospital!» Señalaban la cuna donde descansaba mi hija recién nacida, la pequeña Cruz, y me gritaban con voz áspera: «¡¿Para qué la traes, Olguilla?! ¡Te vas a romper la espalda con ella!»

Yo sólo podía mirar la diminuta niña, con sus labios azulados y los puntitos de sus dedos que el médico llamó acrociánosis. Le habían diagnosticado un defecto del tabique interauricular, una anomalía cardíaca de gravedad media: «Puede vivir, pero será cuesta arriba», había dicho el cardiólogo. Sin embargo, el pronunciamiento de que «no sobrevivirá mucho tiempo» había sido el que impulsó a mis parientes a sugerir que la dejáramos en el maternidad, como si fuera lo natural cuando el peso del susto es demasiado grande para los padres.

Aun así, la pequeña no sollozaba; sus labios tan pálidos contrastaban con la esperanza que yo sentía. Decidí que, como madre, la voz definitiva debía ser la mía, y quise llevarla a casa. Fue entonces cuando todo comenzó a desmoronarse.

Mi esposo, Santiago Fernández, se retiró de la escena casi al instante. Cuando comprendió que yo no cedería, soltó una amenaza velada: «Si cambias de idea, quizás vuelva». Con esas palabras, el vínculo que habíamos construido se desinfló, aunque yo no lo culpé; no todos están dispuestos a sacrificarse al extremo. Sin embargo, él volvió al apartamento, pero sin ramos ni globos, como si la celebración fuera un insulto.

De ambos lados, mis suegros también se hicieron oír: «¡Déjala en el hospital! Nos ahorramos problemas». Llegué a pensar que nadie admite que los niños ajenos existen, pero la presión era enorme. Intenté comprender la posición de mi familia y de mi marido, aunque me costaba: hasta un pequeño ramo habría sido un gesto aceptable, pero nadie lo aceptó.

Solo un hombre permaneció a mi lado: mi viejo amigo de la secundaria, Miguel Torres, quien había estado enamorado de mí desde la infancia. Él trabajaba como operario en la fábrica de electrodomésticos de la zona y, a diferencia de Santiago, no tenía reparos en ayudar. Cada vez que me llamaba, su voz llevaba la promesa de apoyo, aunque su madre, la señora Nuria, lo tachaba de «pueblo», mientras yo intentaba no ofenderla.

Miguel, con su humor sencillo, siempre me decía: «Olga, ya te he subido el sueldo, ¿por qué no me dejas ser tu esposo?». Yo, sin embargo, ya tenía los ojos puestos en Santiago, el chico inteligente y de familia acomodada que mi madre aprobó.
«Ese tío es un pobre de tres pesetas», comentaba mi amiga del instituto, y yo me sentía atrapada entre dos mundos.

Al final, la presión familiar me hizo dudar. Mi madre, al enterarse de la enfermedad de Cruz, exclamó: «¡Qué tragedia!». La verdad era que la patología de mi hija era grave, y la idea de pasar de una pesadilla a una vida de película como en los filmes de Moscú resultaba imposible.

Cuando Santiago decidió volver a la casa, llevaba consigo la culpa y la promesa de arreglar todo, pero sin los adornos de siempre. La abuela Lena, desde su silla, seguía repetiendo: «¿Qué haces con esa niña?». La familia entera se mostró en contra; mi madre gritaba: «¡¿Estás loca?! ¡Devuélvela al hospital antes de que te acostumbres!».

Yo, devastada por la traición, no quería que Santiago regresara. Aún lo amaba, pero dentro de mí se gestaba una erosión de ese amor. Sabía que no podríamos vivir bajo el mismo techo sin que la sombra del conflicto nos aplastara.

Santiago partió el mismo día, dejándome sola con Cruz y la casa que había preparado con tanto esmero. Pinté las paredes con papel de empapelado con la frase: «A mi hija le espera lo mejor». La habitación rosa y los muebles blancos estaban listos, pero el futuro de mi pequeña se veía nebuloso.

Sin lágrimas, sólo una mezcla de temor y resignación, llamé a Miguel: «¿Aún recuerdas los viejos tiempos, hermano?». Él, aunque reacio, aceptó venir. Cuando llegó, su coche resonó en la calle como una señal de esperanza.

Miguel se instaló en nuestro piso, preparando té con leche, tal como dicta la tradición para calmar los nervios. Fue al mercado y trajo todo lo necesario para el bebé, y la cuna fue trasladada a la habitación contigua, tan cerca que podía escucharse el latido del corazón de Cruz.

El cansancio me venció; caí rendida en el sofá, sin pensar en nada más que en la presencia de Miguel, que me susurró: «No te preocupes, Olguilla, velaré por ti». Cuando desperté, el pañal de Cruz estaba cambiado, la sopa hervía en la cocina y Miguel dormía al lado de la pequeña.

Aquella noche, una extraña calma me invadió. Sentí que, aunque el camino fuera duro, podíamos salir adelante. Así, día a día, nos fuimos afianzando. Miguel, además de ayudar físicamente, aportó dinero para los costosos tratamientos. Contratamos a una niñera que nos asistía unas horas al día, y él solía pasear a Cruz, bañarla y jugar con ella; ni Santiago ni mi madre llamaban.

Un mes y medio después, Santiago volvió por sus cosas y, con amargura, soltó: «Sabía que estabas detrás de mi espalda, aunque sea por un momento». Miguel, sin perder la compostura, lo echó de la puerta diciendo: «¡Vete, programador de cuentos de hadas!».

Yo presenté la demanda de divorcio, pero el padre biológico no escapó del pago de la pensión alimenticia. Con el tiempo, la salud de Cruz mejoró; su rostro empezó a tornarse rosado. La operación, programada para el próximo mes, era la esperanza final.

Cuando la cirugía llegó, Miguel estuvo allí, apoyándome sin esperar nada a cambio. Después, la niña realizó su rehabilitación sin complicaciones y, al entrar en la escuela, la enviamos a una asociación de folklore donde su talento para el cante se reveló: poseía un oído absoluto que la hizo sobresalir en concursos.

Mi blog, que había creado con la ayuda de Miguel, se llenó de fotos y videos de Cruz cantando; los seguidores crecían como la espuma. La gente encontraba fascinante la historia de una niña que, tras una enfermedad grave, lograba iluminar con su voz.

Las relaciones con mi madre siguieron frías; nunca perdonó la rebeldía de Cruz. En una ocasión, mi ex suegra llamó emocionada tras otro concurso: «¡Olguilla, tu niña se parece a mi Santi!». Pero pronto el marido, ahora arrepentido, me pidió reencontrarnos: «¿Podemos ir juntos al parque con Cruz?». Yo le respondí que, si su hija también lo deseaba, podríamos intentarlo.

Cruz, teniendo ya trece años, no quiso ver a su padre: «¿Para qué? No lo conozco». Así pues, la historia quedó cerrada: la hija eligió su propio camino, sin el padre ausente.

Al día siguiente, mi madre, siempre preocupada por las apariencias, me llamó para presumir de la nueva foto de Cruz, orgullosa de mostrarla a sus amigas. Yo, aunque agradecida, recordaba lo que realmente importaba: haber criado a mi hija con amor y con la ayuda de un buen amigo que, sin buscar nada, se convirtió en una figura paterna.

Así terminó mi relato, una crónica de lágrimas, rechazos y, sobre todo, de la fuerza que nace cuando una madre decide luchar por su hijo, mientras el destino le brinda la compañía inesperada de un amigo que se transforma en familia.

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Déjala en el hospital, insistían los familiares