Deja de ser siempre la persona complaciente

Basta de ser la persona cómoda

Pues ya está todo hablado, Marianita canturreaba tía Aurora mientras se secaba los labios con una servilleta. La servilleta era de la tarta que Mariana Gutiérrez había preparado especialmente para la visita y en ella quedaba la marca brillante de la nata. El cinco de mayo nos vemos en tu casa. Yo llevo mis chorizos, los que hago en vinagre según mi receta, y tú, por favor, encárgate del plato principal. Que al final, eres la cumpleañera. Vendrán invitados importantes, colegas de Iñaki, gente formal. Hay que estar a la altura.

Mariana, sentada enfrente, sostenía una taza de té que ya se había enfriado. Miraba a tía Aurora y asentía. Asentía pensando en que al día siguiente tenía que entregar el balance trimestral, que ya no quedaba aceite en la despensa, que a su marido, Luis, le dolía otra vez la espalda y necesitaba comprarle otro parche. Pensaba en todo menos en la conversación. Y tía Aurora no paraba de hablar, recolocándose el foulard violeta sobre el cuello, mirando hacia la ventana con esa expresión de quien ya imagina platos distribuidos en una mesa ajena.

Al menos para veinte, no menos continuaba la invitada. Esfuérzate, Marianita. Eres una artista en la cocina, te lo digo siempre. ¿Recuerdas la boda de Lucía? No quedó ni una miga de lo que preparaste. Pues igual ahora, ya verás. Yo te ayudo, claro. Mandaré.

Se rió. Su risa era corta y cortante, casi como los ladridos de un perro pequeño.

Mariana sonrió también. Porque era lo correcto, porque tía Aurora es familia política, la tía de Iñaki marido de Lucía, su única hija. Porque en casa los conflictos no solucionan nada. Porque siempre ha sido así: sonreír y aceptar.

Vale, está bien dijo Mariana. Quedamos así.

Tía Aurora se fue a las ocho y media, satisfecha y con la barriga llena. Mariana cerró la puerta al despedirla, se apoyó en ella y permaneció un minuto inmóvil. En la entrada quedaba el perfume dulce e intenso de la visita. En el salón sonaba de fondo la televisión. Luis, como siempre, veía un programa de pesca; ni se había molestado en saludar a la invitada.

¿Ya se fue? preguntó sin apartar la vista de la pantalla.

Ya.

¿Qué quería?

Mariana fue a la cocina, empezó a fregar las tazas. El agua salía tan caliente que casi quemaba, pero no apartó las manos.

Vamos a organizar una fiesta dijo. El cinco de mayo. Aquí.

¿Aquí? ¿Qué fiesta?

Mi cumpleaños. Y algo del trabajo de Iñaki.

Del salón llegó una especie de gruñido. Luego silencio. Después, la pesca de nuevo.

Mariana secó las manos con una toalla vieja, decorada con gallos desvaídos, regalo de hacía quince años en una feria, que no se atrevía a tirar. Al mirarla, pensó: soy igual que este trapo antiguo y descolorido. Cuelgo de un gancho y espero a que me usen.

Espantó la idea y fue a revisar la nevera.

Quedaban diez días para sus cincuenta cumpleaños. Una fecha redonda. Medio siglo. Treinta y cinco años con memoria clara, ninguno para ella sola. Siempre para el marido, la hija, la madre (ya ausente, pero a la que antiguamente iba a cocinarle cocido los domingos), o para la suegra, que vivía en el barrio de al lado y pedía atención como una niña. Jamás para ella.

Era contable en una constructora. Veintidós años en la misma silla. Colegas que la respetaban, jefes que valoraban su trabajo (pero nunca la ascendían: ¿Para qué, si Mariana ya lo aguanta todo?). Mariana no se queja. Mariana siempre apaña.

En casa, igual. Luis, de cincuenta y cuatro, era ingeniero en una fábrica, no soportaba su empleo pero aguantaba por la jubilación cercana. Cuando llegaba a casa, decía: Aquí descanso. O sea: tele, móvil, sofá. Cocinaba Mariana. Limpiaba Mariana. Pagaba los recibos Mariana, porque a ti se te da mejor. Hacía la compra Mariana. Recibía visitas Mariana. Luis ya no participaba ni discutía. Así era la vida, una especie de eco sordo.

Lucía, la hija, se casó hace cuatro años. Iñaki, el yerno, era buen tipo, trabajador, pero con una familia complicada. Su madre falleció hace tiempo, el padre vivía en Asturias, pero tía Aurora suplía a toda la familia. Fuerte, ruidosa, acostumbrada a que la escuchen. Nunca aceptó del todo a Mariana. Demasiado callada, demasiado complaciente, y los dominantes ven en eso una invitación a mandar.

Lucía quería a su madre, pero quería más a Iñaki. Es natural. Pero cuando elige entre la comodidad materna y la paz de Iñaki, siempre opta por lo segundo. Sin dramas, pero siempre.

Así vivía Mariana. En su piso de tres habitaciones del noveno en Vallecas, Madrid, donde todos los bloques son iguales y sólo cambian los árboles, esos que crecen sin que nadie los pode. Vivía y no se quejaba. ¿A quién iba a quejarse? ¿Para qué?

Tras la visita de Aurora, pasó una hora en la cocina calculando compra y menús para veinte personas. La lista era larga. El gasto, aterrador. Al mirar el total, anotado al dorso de un viejo ticket, sintió un nudo en el pecho. No era dolor, era un peso, como un ladrillo.

Apagó la luz y se fue a la cama.

Los nueve días previos vivió lo que ella llamaba la esclavitud pre-fiesta. Al principio se convencía de que ayudaba a la familia, que saldría bien, que solo necesitaba aguantar. Pero ya al tercer día no quedaba de ese autoengaño ni rastro.

Se levantaba a las seis, para descongelar comida, hacer la lista de la compra, gestionar el reparto. Trabajaba hasta las seis o más, porque el balance trimestral apremiaba. Luego a comprar: garrafas, bolsas, carne, botellas, kilos. Subía el cargamento al noveno, porque el ascensor funcionaba cuando quería. Cocía algo, limpiaba. Acababa cayendo en la cama pasada la una. Y vuelta a empezar.

Luis lo veía. Es decir, estaba presente, pero miraba a través de ella. Una vez preguntó si necesitaba ayuda. Me apaño, respondió Mariana. Él asintió, aliviado y regresó al móvil.

Lucía llamó el miércoles. Preguntó si todo estaba listo, que Aurora insistía por el tema del principal y las tapas. Mariana se atrevió: Lucía, ¿podrías hacer al menos las ensaladas? Es que estoy agotada. Silencio. Mamá, es que Iñaki y yo trabajamos, pero venimos a ayudarte a montar la mesa. Ayudar era trasladar la comida a los platos. Mariana lo entendió y no dijo nada.

A dos días del festín, Mariana limpiaba cristales por el comentario de la última vez de Aurora sobre el polvo en el alféizar. De pie en una silla, pensó que sólo fregó ventanas para sí misma una vez, hace ocho años, esperando a su madre. Pero también era para su madre. Como todo: siempre para otro.

De pronto el pie resbaló, casi cae. Se sujetó al marco; el corazón le dio un par de golpes fuertes. Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Las piernas le temblaban. Pensó: si me caigo y me rompo algo, el primer pensamiento de todos será ¿y ahora qué hacemos con la fiesta?.

La idea le supo amarga. Se rió con tos. Terminó la ventana y siguió.

La noche antes del cinco de mayo durmió tres horas. Lo demás fueron ollas, hornos y cuchillos. Hizo carne al horno, dos tipos de ensaladas, pescado en escabeche que nunca le gustó pero Aurora pidió, empanadillas con espinacas para el primo Paco, que si no no hay fiesta. La tarta la horneó el día anterior, de bizcocho con cerezas, su favorita. Lo único suyo en días.

A las siete se duchó, se puso el vestido azul que nunca había estrenado. En el espejo, ojeras que ni el maquillaje ocultaba, labios secos, manos enrojecidas. Pero el vestido era bonito. Eso era cierto.

Mira cómo te has arreglado dijo Luis al pasar por el pasillo. Bien hecho.

Eso fue todo. Ni estás guapa, ni felicidades, ni nada. Sólo bien hecho.

Los invitados llegaron a las doce. Aurora fue la primera, con una bolsa enorme de chorizos, un tarro de pepinillos y una caja de bombones. Esto fue lo que aportó. Después supervisó la casa, miró la cocina y asintió:

Bien, Marianita. Te has lucido.

Luego sacó el móvil y empezó a llamar a alguien.

A la una ya estaban los veintitrés. Mariana los contó, sentados a la mesa compuesta por su tablero y dos prestados de la vecina, doña Remedios del sexto, porque sillas propias no bastaban.

Miraba aquellas caras, y de todos apenas conocía bien a seis. El resto: compañeros de Iñaki y amigos de Aurora. Gente extraña en su mesa, comiendo su comida, sentados en sus sillas que había pedido prestadas.

Los brindis los inauguró Paco, el primo de Luis, con un rollo interminable sobre anécdotas irrelevantes, pero todos se reían. Después Iñaki, el yerno, brindó por ella en dos frases: Feliz cincuenta cumpleaños, Mariana Gutiérrez, eres una crack. Todos chocaron copas. Luego habló del trabajo de un amigo, datos, ascensos, cifras. Mariana ni entendía ni importaba.

Aurora dio su discurso bien preparado sobre el amigo, su esfuerzo, su talento. Luego, de pasada: Y la anfitriona, venga, que estamos en su casa. Se rieron. Otro brindis.

Mariana sonreía. Presidía la mesa, como corresponde, y sonreía, y brindaba. Pero por dentro algo se movía, lento, como agua calentándose antes de hervir.

Mariana, falta sal gritó alguien desde el fondo.

Llevó la sal.

Más pan pidió Paco.

Llevó pan.

No hay suficientes tenedores indicó una mujer desconocida.

Sacó tenedores.

Luego pidieron fiambres, más platos. Aurora exigió agua mineral, que Lucía se olvidó. Mariana fue al balcón a buscar la botella.

Iba y venía, sentándose sólo minutos, sin tiempo para comer. Su plato, intacto.

Intentó brindar una vez. Se levantó con la copa. Lucía la imitó, pero justo Aurora empezó una historia en voz alta sobre el trabajo de alguien. Todos la miraron a ella. Lucía bajó la copa. Mariana volvió a sentarse. No dijo el brindis.

Los invitados comían y alababan la comida. El escabeche está de escándalo, las empanadillas buenísimas, la carne, tierna, ¿cómo lo haces?. Mariana explicaba recetas. Le gustaban los elogios, pero también le hacían daño. Elogiaban la comida, no a ella. Era el delantal, el servicio, el trae esto. No la protagonista. La asistenta.

Tres y pico de la tarde. Fuera brillaba el sol de mayo, cálido y ajeno. La gente iba subiendo el volumen. Hablaban de ascensos, trabajos. Aurora interrumpía con su risa de ladrido. Luis ya sólo charlaba de pesca con Paco, aislados.

Mariana fue a la cocina por la cuarta ración de carne. Temblaban las manos del cansancio. Ojeras, sueño atrasado, vista nublada. Puso la carne en una fuente.

La voz de Aurora retumbó desde el salón, orden:

¡Mariana! ¿Traes eso ya? Y busca nata, que se ha acabado.

No Mari, no por favor, no perdona. Orden. Como a una empleada.

Mariana se detuvo, cuchara en alto. En la cocina, silencio. Corteza de pan sobre la mesa. El silbido del hervidor aún caliente.

Algo hizo clic dentro de ella.

No fue estruendo. Fue sencillo. Como un interruptor.

Dejó la cuchara, colgó los guantes. Cogió la fuente de carne, la nata, entró al salón.

Depositó todo en la mesa.

Se irguió.

Perdonad dijo, suave pero clara, retumbando lo justo para atraer miradas. Escuchadme un momento.

Aurora seguía su cháchara con el amigo. Lucía la miraba con sorpresa. Luis seguía sin mirar.

Os pido un momento de atención.

Ahora sí, Aurora giró. Ceño fruncido.

¿Ha pasado algo? incomodidad en la voz.

Mariana barrió la mesa con la mirada: sus invitados, su marido, su hija, Aurora, sus bombones y sus aires de reina.

Quiero decir unas palabras expresó. Hoy es mi cumpleaños. Son cincuenta años.

¡Claro, felicidades! gritó alguien desde el fondo.

Esperad pidió Mariana.

Se hizo silencio. El corazón no le temblaba. Estaba serena, como quien ya ha saltado un borde invisible.

He pasado los últimos diez días preparando una fiesta para otros. He dormido tres o cuatro horas. He comprado toda la comida. He cocinado todo, limpiado, pedido sillas prestadas, planchado la mantelería, sola. Hoy presido una mesa llena de gente a la que apenas conozco, en mi casa, como excusa para que se utilice mi salón. He intentado hacer un brindis y me habéis ignorado. Me han pedido que me levantara ocho veces para traer cosas mientras vosotros comíais. Hace un instante me han pedido nata como se le pide a una ayuda doméstica.

Pausó. El aire era un muro.

¿Estás bien? musitó Luis, incómodo.

Mamá… murmuró Lucía.

Aurora inspiró, pero Mariana la taladró con la mirada y se quedó muda.

Os voy a pedir por favor que recojáis vuestras cosas y continuéis la celebración en el bar que hay frente al portal: El Rincón. Está muy bien. Yo me ofrezco a pagar lo que consumáis si hace falta. Pero aquí, hoy, la fiesta termina.

Las palabras flotaron unos segundos.

Paco masculló algo grosero, pero nadie más reaccionó igual. Unos buscaron abrigos, otros se miraron, Aurora se levantó tiesa, recogió su tarro de pepinillos, como si fuera lo más valioso, y la mirada fulminante a Mariana, como diciendo te arrepentirás. Pero no pronunció palabra.

Lucía se acercó:

Mamá, ¿qué haces? Esto es una locura… Tía Aurora nunca…

Lucía, cariño, te quiero mucho. Ve tú también, por favor.

La hija la miró como si ya no la conociera. Al pensarlo, Mariana entendió que tenía razón; esa mujer era otra.

Luis fue el último en salir.

¿Se te ha ido la cabeza? preguntó sin enfado, más bien intrigado.

No respondió Mariana. Creo que por fin la he recuperado.

No añadió nada. Salió.

Mariana cerró y echó la cerradura. Se quedó en el recibidor en ese silencio tan denso, tan verdadero, que sólo ocurre de madrugada. Aunque era aún media tarde y sonaban pajarillos aún y voces en la calle. Sólo que en su piso, por fin, sólo estaba ella. Era como un suspiro tras meses aguantando la respiración.

Fue al salón. Miró la mesa: platos con restos, comida, vasos, copas. Su plato, intacto. Aún no había comido.

Lo cogió y fue a la cocina. Allí estaba la tarta de cereza. Se sirvió carne y un buen trozo de tarta. Se hizo un té caliente.

Se sentó.

Afuera, la primavera arrancaba en los plátanos de la acera. Rodaban hojas pegajosas y jóvenes bajo la brisa. Mariana los miró y comió sin prisas. Estaba bueno, la carne, la tarta. Cocinaba bien, lo sabía.

Luego probó la tarta; esponjosa, la cereza suave. Masticó despacio. No hubo prisas, nadie pidiendo nada, nadie mirando a través.

Ni una lágrima. Esperaba llorar, porque en las películas en ese punto se llora. Pero sólo sentía otra cosa, una calma firme, como suelo nuevo bajo los pies.

El móvil quedó olvidado más de dos horas. Cuando miró, mensajes de Lucía: Mamá, llámame, No entiendo nada, ¿estás bien?. Uno de Luis: No ha estado bonito. Aurora nada, sorprendente. Algunos números desconocidos (los invitados), y Remedios preguntando cuándo recuperaría sus sillas.

Sólo respondió a Remedios: Mañana te las subo, perdona la molestia.

A Lucía: Estoy bien. Mañana hablamos.

A Luis, nada.

Recogió la mesa, tranquila. Guardó la comida en tuppers, fregó los platos, sacó la basura, dobló el mantel. Subió las sillas a Remedios, quien abrió en bata y sólo la miró en silencio: buena mujer.

Al volver, se bañó. Larga, caliente, llena de espuma. Miró el techo con la mancha de humedad de una gotera antigua que llevaba tres años sin pintar, como si eso fuera toda su vida: aplazada, esperando que alguien se ocupe.

Luis volvió a las 22h. Mariana le oyó en la puerta, mirando su libro en la cama.

¿Eres consciente de lo que has hecho?

Sí.

¿Y?

Y ya está, soy consciente.

Aurora… Iñaki… esto va a ser un lío…

Lo sé, Luis. Pero estoy agotada. Hablamos mañana.

Luis dudó un momento y se fue al sofá. Ella lo supo, pero no fue a buscarlo.

Apagó la luz. Durmió diez horas. Primera vez en años.

La mañana del seis de mayo fue normal: un rayo de sol colándose por la persiana, pajarillos, olor a café del temporizador. Se levantó, desayunó. Luis dormía aún.

Abrió el portátil para mirar el tiempo de la semana. Se le abrió una pestaña olvidada: agencia de viajes. Rutas por La Mancha y Andalucía. Lo abrió al azar hacía un mes y nunca volvió a mirar. Ahora lo miró: Córdoba, Granada, Sevilla, ocho días. Fotos de catedrales, callejas, patios de flores. Bellísimo. Nunca había estado ahí. Luis no quería esos viajes Mejor al pueblo. Y llevaban veinte años yendo al pueblo cada verano: huerta, tomate, siesta.

Llamó a la agencia en cuanto abrieron.

¿Rutas por Andalucía? El día catorce, ¿queda plaza?

Una sola.

Perfecto, sólo necesito una.

Pagó por teléfono con tarjeta. Tras colgar sintió paz. No alegría, ni nervios: paz. Como cuando tomas una decisión correcta de verdad.

Luego llamó Lucía, la voz tensa, caminando sobre hielo.

Hola, mamá. ¿Qué tal?

Bien, Lucía.

Tenemos que hablar. Aurora está muy ofendida, Iñaki está disgustado… Ha sido tan raro…

Lo sé.

¿Podrías llamar a Aurora y pedirle perdón? Se tranquilizaría

No, Lucía.

Silencio.

¿Cómo que no?

No voy a disculparme por haber pedido a la gente salir de mi casa el día de mi cumpleaños.

Pero mamá…

Lucía, escúchame un segundo. Te lo pido como persona, no sólo como madre. Escucha por favor.

La hija calló.

Ayer cumplí cincuenta. Lo pasé de camarera en mi propio cumpleaños. Me sentí invisible. Me salté hasta el brindis. Nadie preguntó cómo estaba. Y lo peor es que yo misma organicé todo eso, puse esa mesa, invité a esa gente, consentí esa invisibilidad. Porque durante veinte años no he dado a entender que también importo.

Paró. El mundo seguía.

Mamá dijo finalmente Lucía, y había otra voz en ella, ni defensa ni enfado. Tienes razón. Pero ha sido tan… inesperado…

También para mí.

¿Vas a seguir así siempre, entonces?

Mariana sonrió.

No lo sé. Pero he comprado un viaje.

¿Un viaje?

Por Andalucía. Ocho días. Salgo el día catorce.

Larga pausa.

¿Sola?

Sola.

Mamá… casi un suspiro.

Es el primer viaje de mi vida planeado solo para mí. Ya era hora.

Lucía no supo qué más decir. Bueno… ya me contarás. Y colgó.

Luis se enteró al mediodía. Mariana preparaba sopa.

¿Vas a Andalucía… sola?

Ella asintió. Salgo el catorce. Ocho días.

Luis la miró un rato.

¿Y no me lo consultaste?

No.

¿Qué significa esto?

Lo que quieras, Luis.

¿No te pasa nada raro? ¿No deberías ver al médico?

Probó la sopa, añadió sal.

Estoy bien. La sopa estará lista en veinte.

Él salió. Mariana oyó la tele sonar. La vida seguía.

Los días siguientes Luis alternó el silencio y la queja: ¿Qué te ha dado? Antes no eras así. Gente normal no hace esto. Mariana escuchaba. No discutía, no se justificaba. Y aquello era nuevo: siempre se excusaba, aprobara o no. Ahora, ni sentía ganas.

Lucía volvió a llamar: Aurora había jurado no volver a pisar su casa. Ella contestó: Está bien. Lucía esperaba una reacción; Mariana permaneció serena.

¿No te da pena, mamá?

No.

Pero es familia…

Lucía, Aurora no es mi familia. Es familia de Iñaki. Para mí, la familia eres tú, Luis y yo. Y mi objetivo es que podamos vivir mejor. Aurora puede seguir su vida.

Lucía asintió por el auricular. Luego preguntó por la ruta, el hotel, detalles. Es un comienzo, pensó Mariana, y se los explicó.

El día trece hizo la maleta. Ligera, pequeña, para llevarla sola. La preparaba sólo para sí misma; recordó la última vez en la playa, cuando hacía maletas para todos. Ahora, sólo lo que necesitaba. Metió el vestido azul también. Que viaje.

Luis entró en el dormitorio, vio la maleta, se sentó.

¿De verdad te vas? Ocho días.

Ocho días.

Él suspiró.

¿Hay algo listo para comer? Yo no sé hacer nada…

Luis dijo dulcemente. En la nevera tienes comida para tres días hecha, sólo calienta. Luego puedes cocinar o pedir algo. Arreglarás.

Luis la miró, queriendo enfadarse, pero se detuvo. Seguramente la veía distinta. Ella lo sentía: había algo nuevo en sus gestos, en su forma de estar. Incluso él lo notaba.

Venga, ve dijo. Sin más.

Sin disfruta ni cuídate. Pero tampoco juicio. Algo era algo.

Por la noche la llamó su amiga Elena. Rieron. Elena la felicitó en voz baja:

Mariana, me alegro de verdad. Siempre te has dejado la piel por todos.

No dramatices, Elena rió Mariana.

Lo dejo, vale. ¿Dónde vas?

Andalucía. Sola.

¿Sola? Siempre he querido eso.

Pues hazlo.

Mi marido no me lo permitiría…

Eso sólo es verdad si eres una niña, Elena. A los cincuenta, si uno no sale, es porque no quiere, no porque se lo impidan.

Elena rió, luego se quedó pensativa.

Has cambiado, Mariana.

Tal vez. Estoy harta de ser la cómoda.

Todos lo estamos. Pero has sido la primera en actuar.

No seré la única. Simplemente no se cuenta, da vergüenza.

¿A ti te da?

Mariana miró a la ventana. Afuera caía la tarde. En los bloques de enfrente podía ver, con toda claridad, una mujer fregando, otra con la tele.

No, nada.

El catorce, Mariana se levantó antes de las seis. Luis dormía aún. Preparó café, se hizo un bocadillo para la estación, comprobó papeles. Se puso el vestido azul, porque sí, porque podía.

En el recibidor miró su piso: tres habitaciones, noveno, vista a plátanos; mancha en el techo; trapo descolorido. Todo familiar. Pero ahora salía distinta.

En la cocina, Luis asomó adormilado.

¿Ya te vas?

Sí. El taxi espera.

Asintió, incómodo.

Feliz cumpleaños, Mariana. No te lo dije aquel día.

Ella lo miró. Cincuenta y cuatro años, pelo canoso. Dos vidas cruzadas en veintisiete años. No sabía qué esperaba del futuro. No sabía si habría cambio, si arreglarían algo, si hablarían, si lo dejarían todo igual. La vida no es novela; en ocho días nadie arregla una historia de veinte años.

Gracias, Luis dijo simplemente.

Abrió la puerta y salió.

El taxi esperaba. Subió la maleta, ocupó el asiento trasero. El conductor, un chico joven, preguntó: ¿A Atocha?. A Atocha.

Madrid despertaba. Calles vacías, luz fría. Las acacias extendían hojas nuevas, radiantes. Mariana se sorprendió mirando por la ventanilla esos pequeños detalles que llevaba años sin ver: hojas, cielo, sol que subía.

En la estación, el bullicio típico de un lunes; olor a churros, avisos, maletas aquí y allá. Fue a su andén.

El tren salió puntual.

En su compartimento tocó ventanilla, abajo, con compañeros de viaje mayores, educados. La señora de enfrente le ofreció té, Mariana dijo más tarde.

Vio Madrid desaparecer. Luego verdes, cielos. Miraba por la ventanilla sin pensar nada concreto. Por una vez, era sólo el viaje.

El móvil, en el bolsillo, sonaba con un mensaje: Lucía: ¿Estás bien? ¿En el tren? Respondió: En el tren. Todo bien, no te preocupes.

Otro mensaje, de la guía del tour, Carmen: Nos vemos en Córdoba, te espero con un cartel. ¡Buen viaje!. Gracias, viajando.

Volvió a mirar el paisaje.

El tren avanzaba. Dejaba Madrid atrás: piso, manchas en el techo, mantel planchado la noche anterior, trapo ancho con gallos. Por delante, Córdoba, patios, calles, ocho días solo para ella.

No sabía qué encontraría al volver. Si hablaría bien con Luis o no, si todo cambiaría o nada. Si Lucía lo entendería. Si Aurora algún día volvería a cruzar su puerta, o no. Era la incertidumbre, pero ya no daba miedo. Antes, la incertidumbre era amenaza. Ahora era sólo vida.

El tren, despacio, atravesaba Castilla: verde, gran cielo, manchas de olivos. Mariana Gutiérrez miraba por la ventana y sabía que la próxima vez que alguien le dijera trae la nata con aquel tonito, ella sonreiría. Y respondería: No.

Esa palabra.

Dos letras.

La ha dicho de verdad por primera vez ayer.

Nunca es tarde para aprender. Nunca.

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MagistrUm
Deja de ser siempre la persona complaciente