Deja de ser siempre la persona complaciente

Pues ya está arreglado, María Ángeles trinó tía Rosario, secándose los labios con una servilleta de papel. Era de la tarta que María Ángeles González había horneado para recibirla, y en la servilleta quedaba la huella brillante de la crema. El cinco de mayo nos reunimos en tu casa. Yo llevo mis embutidos caseros, de los que hago con mi receta, y tú, hija, encárgate de preparar el plato principal. Al fin y al cabo, la cumpleañera eres tú. Vendrán invitados importantes, los compañeros de trabajo de Nacho. Hay que recibirlos como Dios manda.

María Ángeles estaba sentada enfrente, sosteniendo una taza de té frío entre las manos. Asentía mientras pensaba en el informe trimestral que debía entregar al día siguiente, en que se había acabado la mantequilla en la nevera, en que a su marido, Ernesto, le dolía otra vez la espalda y tenía que comprarle parches nuevos. Pensaba en mil cosas menos en lo que decía tía Rosario, que seguía hablando sin descanso, ajustándose el foulard violeta y mirando hacia la ventana como si ya visualizara la vajilla preciosa sobre la mesa ajena.

Unas veinte personas, mínimo seguía la tía. Ponle ganas, María Ángeles, que tú tienes mano, ya sabes. ¿Te acuerdas de la boda de Lucía? ¡No quedó ni una migaja! Así que ahora igual. Yo te ayudaré, claro. Dirigiré el cotarro.

Rió. Tenía una risa corta, seca, como el ladrido de un perrito nervioso.

María Ángeles sonrió también. Porque tocaba. Porque tía Rosario era la hermana del suegro de su hija, Nacho, marido de Lucía, su única hija. Porque armar jaleo en familia nunca arregla nada. Porque siempre había actuado así: sonreía y asentía.

De acuerdo, lo que tú digas dijo en voz baja.

Tía Rosario se fue pasadas las ocho y media, satisfecha y bien comida. María Ángeles cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella y permaneció un minuto en silencio. El recibidor olía a perfume ajeno, dulzón y denso. Al fondo, en el salón, sonaba el televisor. Ernesto veía otro documental de pesca y ni siquiera se levantó a saludar a la visita.

¿Ya se ha ido? gritó desde el sofá.

Ya.

¿Y qué quería?

María Ángeles entró en la cocina y empezó a fregar las tazas. El agua salía caliente, casi quemándole la piel, pero no apartó las manos.

Vamos a celebrar mi cumpleaños, aquí, el cinco de mayo. Un lío.

¿Aquí? ¿Qué fiesta?

Mi cumpleaños. Y Nacho tiene también algo del trabajo.

El zumbido del televisor fue su única respuesta. Luego silencio. Y después siguió la pesca.

María Ángeles se secó las manos con una toalla vieja, de esas con gallos estampados en el borde que compró en el mercado hace quince años y nunca tiró. La miró y pensó, de repente: yo soy igual. Descolorida, con los gallos desvaídos en el borde, esperando colgada en un clavo a que alguien venga a secarse.

Espantó el pensamiento y fue a revisar la nevera.

En diez días cumpliría en redondo: cincuenta años. Medio siglo. Treinta y cinco los recordaba con nitidez, y de esos, ni un solo día lo dedicó solo a ella. Nunca. Ni para Ernesto, ni para Lucía, ni para su madre fallecida cinco años atrás, a la que los sábados preparaba cocido, ni para su suegra, que vivía en otro barrio y requería atención como una niña. Nunca para ella. Ni uno solo.

Trabajaba de contable en una constructora. Veintidós años en el mismo sitio. Sus compañeras la apreciaban, sus jefes la valoraban, pero ascensos, ni uno. ¿Para qué? María Ángeles cumplía. No se quejaba. Todo lo resolvía.

En casa igual. Ernesto tenía cincuenta y cuatro, trabajaba de técnico en una fábrica, detestaba su puesto pero aguantaba porque faltaba poco para la jubilación. En casa descanso, decía. Eso significaba tele, sofá, móvil, alguna escapada al garaje. Cocinaba ella. Limpiaba ella. Pagaba la luz, porque se le daba mejor. Hacía la compra, organizaba visitas, recibía a las visitas. Ernesto no intervenía. Eso ya no suscitaba debate, era el telón de fondo de la vida, como el zumbido de un aire acondicionado que dejas de notar con el tiempo.

Su hija Lucía se casó hacía cuatro años. Nacho, el yerno, era un buen muchacho, trabajador, pero la familia tenía tela. Su madre murió joven; el padre, en el norte. Pero ahí estaba tía Rosario, la que llenaba el vacío de todos. Dominante, ruidosa, convencida de que su opinión era ley. Desde el primer día le cogió manía a María Ángeles. Sin motivo concreto: era demasiado callada, demasiado adaptable, y ese perfil, a la gente autoritaria, en vez de respeto, les da ganas de mandar.

Lucía quería a su madre, pero a Nacho lo amaba más. Es lo normal, lo correcto tal vez. Así que, siempre que había que elegir entre el bienestar de la madre y la paz de Nacho, Lucía escogía lo segundo. En silencio, sin dramas, pero escogía.

Así vivía María Ángeles. En un piso de tres habitaciones, planta novena, en Alcorcón. Un barrio de edificios iguales, patios iguales, solo cambiaban los árboles, que cada uno crece a su aire. Vivía sin quejarse. ¿A quién? ¿Para qué?

Después de que se fue tía Rosario, se quedó una hora más en la cocina, haciendo cuentas de lo que tenía que comprar y cocinar para veinte. La lista era larguísima. El gasto, asustaba. Miró los números escritos al dorso de un recibo y sintió esa opresión en el pecho. No era dolor: un peso frío, como si alguien depositara un ladrillo y se marchara.

Apagó la luz y se fue a la cama.

Los días siguientes los vivió en lo que llamaba catástrofe prefiesta. Al principio quiso convencerse de que no pasaba nada, que solo ayudaba, que la fiesta sería bonita, que resistir era lo normal. Al tercer día ya no se creía nada.

Se levantaba a las seis, adelantando tarea para la cocina antes de ir al trabajo, repasando listas, llamando para entrega de panadería. Trabajaba hasta las seis, a veces más. El informe trimestral seguía ahí, impasible. Después iba al supermercado, cargaba bolsas llenas de tarros, botellas, sacos de arroz y carne. Subía el peso sola a la novena planta porque el ascensor fallaba cada dos por tres. Llegaba, ponía a cocer algo, limpiaba un poco. Se acostaba a la una o las dos. Y de nuevo sonaba el despertador a las seis.

Ernesto lo veía. O, mejor dicho, presenciaba todo, porque compartir piso no es lo mismo que mirar. Solo una vez preguntó si necesitaba ayuda. Ella respondió: Me las apaño. Él asintió, aliviado, y volvió a su móvil.

Lucía llamó el miércoles. Preguntó si todo estaba en marcha, comunicó que tía Rosario pedía que no faltaran aperitivos. María Ángeles se atrevió: Lucía, ¿podrías encargarte tú al menos de las ensaladas? Es mucho para mí. Lucía calló un instante y soltó: Mamá, tengo el trabajo, Nacho igual… pero iremos a echarte una mano en la mesa. Echar una mano era sacar la comida a los platos. Nada más. María Ángeles lo entendió y no añadió nada.

A dos días de la fiesta lavaba las ventanas, porque tía Rosario había dicho la última vez algo sobre el polvo en los alféizares. Subida a una silla, trapo en mano, recordó que la última vez que limpió los cristales fue hace ocho años, cuando su madre iba a visitarla. Tampoco era para ella, era para su madre. O para la suegra antes. Siempre para alguien.

El pie resbaló, casi cayó. Alcanzó a sujetarse a la carpintería. El corazón le golpeó el pecho con la fuerza del susto. Cuando se serenó, se sentó en el suelo, con la espalda pegada a la pared bajo la ventana. El cuerpo entero zumbaba de agotamiento.

Pensó: si ahora me llego a caer y romper algo, lo único que la gente se preguntaría es ¿y la fiesta, qué?.

La amargura la hizo reír, con esa risa que suena mezclada con tos. Se levantó, acabó de limpiar.

La noche anterior al cinco de mayo durmió tres horas. El resto del tiempo cocinaba, cortaba, horneaba. Lomo al horno, dos clases de ensalada, merluza en salsa que no le gustaba pero tía Rosario pedía, empanadillas de atún porque el primo de Ernesto, Manolo, era incapaz de celebrar nada si no había empanadillas. La tarta la horneó la víspera, de bizcocho con cerezas, su favorita. Lo único para ella en toda la preparación.

A las siete de la mañana se dio una ducha y se puso aquel vestido azul que compró hace dos años y nunca usó, guardado para una ocasión especial. Se miró al espejo. Tenía ojeras que no cubría el maquillaje, labios secos, manos rojas de tanto fregar, pero el vestido era bonito. Ella lo sabía.

Mira, vas arreglada comentó Ernesto al cruzar el pasillo. Muy bien.

Eso fue todo. Ni un qué guapa, ni un feliz cumpleaños, ni un ¿cómo estás?. Solo muy bien y seguir andando.

Los invitados empezaron a llegar a las doce. Tía Rosario, la primera, a las once y media, con una bolsa enorme rebosante de embutidos caseros, un bote de pepinillos en vinagre y una caja de bombones. Los puso sobre la mesa. Dio una vuelta de inspección, miró la cocina, asintió.

Muy bien, María Ángeles repitió, igual que Ernesto. Te has esmerado.

Luego sacó el móvil y se puso a telefonear.

A la una estaban ya los veintitrés comensales. María Ángeles los contó cuando se sentaron ante la mesa, hecha a base de unir la de comedor y dos escritorios, cubierta de un mantel que ella había planchado hasta medianoche.

Los miró y se dio cuenta de que, de veintitrés, conocía bien a seis. El resto, compañeros de Nacho o amigos de tía Rosario. Gente ajena sentada en sus sillas algunas prestadas a última hora a la vecina, doña Catalina, del tercero, porque no tenía suficientes.

El primer brindis lo hizo Manolo, el primo de Ernesto. Habló largo, se lió, contó una anécdota de los años noventa sin ninguna relación ni con la cumpleañera ni con el homenajeado, pero todos rieron. Luego, Nacho, el yerno, levantó la copa: Por María Ángeles, que es una campeona. Todos brindaron. Después Nacho habló casi todo el brindis sobre su amigo Alberto que también estaba presente y sus logros laborales, usando términos y cifras que María Ángeles no comprendía.

Tía Rosario se levantó, y se notaba que llevaba el discurso preparado. Habló de Alberto, de sus éxitos, de lo emprendedor que era. Luego, apenas un poco sobre la dueña de la casa, porque ya que estamos en su mesa…. Risas. Más brindis.

María Ángeles sonreía. Sentada en cabecera, como manda la tradición, levantando la copa y dando las gracias por cumplido. Pero dentro sentía algo distinto: como el agua a fuego lento, que en algún momento empieza a hervir.

¡María Ángeles, falta la sal! gritaron desde el otro extremo.

Se levantó a traerla.

Pon más pan, por favor pidió Manolo.

Volvió con el pan.

Hace falta más cubiertos dijo una señora a la que no conocía de nada.

Recolocó tenedores.

Luego que si otra bandeja de entremeses, que si platos extra, que si tía Rosario pedía agua con gas que Lucía había olvidado traer y tuvo que ir al frigorífico de la terraza.

María Ángeles iba y venía como un resorte, de la cocina al salón y del salón a la cocina, sentándose solo un minuto antes de mediar otro recado. Su plato seguía intacto; ni tiempo de comer.

Intentó decir un brindis. Se levantó, copa en mano. Lucía, viéndola, la imitó. Pero tía Rosario escogió justo ese instante para empezar otra historia ruidosa sobre Alberto. Todos la miraron a ella. Lucía bajó su copa. María Ángeles quedó de pie un segundo y volvió a sentarse. No pudo brindar.

Los invitados elogiaban la comida: “La merluza maravillosa”, “Las empanadillas, un lujo”, “La carne, tierna, ¿cómo la haces?”. Y María Ángeles sonreía, respondía, explicaba recetas. Era agradable, sí, pero dolía al mismo tiempo: los halagos eran para la cocina, el delantal, para quien trae y lleva, nunca para la persona. No era una cumpleañera, era el servicio.

Tres de la tarde. El sol de mayo lucía tras la ventana. Los invitados, acalorados de vino y charla, se habían animado demasiado. Alberto hablaba de su ascenso, tía Rosario ladraba pequeñas risas. Ernesto, en la otra punta, conversaba de pesca y coches con Manolo.

María Ángeles fue a por la cuarta bandeja de carne. Sacó la bandeja con guantes del horno: las manos le temblaban por el cansancio y el insomnio. Veía todo algo borroso. Colocó la carne en una fuente.

Desde el salón, la voz de tía Rosario se impuso, tajante, como una orden:

¡María Ángeles! ¿Vienes o qué? Y trae la mahonesa, que ya no queda.

No Mari, no por favor, no no te molestes, solo trae y vienes, como quien habla a la asistenta.

María Ángeles se detuvo, cuchara en alto, quieta. En la cocina solo se oía el leve susurro del gas. Fuera, una rama de álamo se balanceaba. Sobre los fogones, una tetera vacía.

Algo hizo clic por dentro.

Sin ruido, sin dolor. Como un interruptor.

Dejó la cuchara, colgó los guantes en su sitio, cogió la fuente y la mahonesa, y entró al salón.

Dejó todo sobre la mesa.

Se irguió.

Un momento dijo. Su voz era suave, pero unas cuantas personas la miraron. Escuchad, por favor.

Tía Rosario seguía hablando, Lucía la miraba extrañada, Ernesto ni siquiera la miraba.

Por favor, escuchadme repitió, esta vez más alta.

Ahora sí, tía Rosario se giró con fastidio.

¿Ha pasado algo? preguntó molesta.

María Ángeles repasó la mesa con la mirada: invitados propios y extraños, su marido al fin pendiente de su presencia, su hija con la copa en alto, tía Rosario con su foulard y el gesto satisfecho del que ha comido de más.

Quiero decir unas palabras comenzó despacio. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta.

¡Sí, felicidades! gritó alguien al fondo y otros alzaron la copa.

Esperad los frenó, mirando de frente. Esperad, un momento.

Se hizo el silencio, ese silencio inestable en las reuniones familiares, como si todos esperaran algo incómodo.

He pasado los últimos diez días trabajando sin parar para una fiesta que, la verdad, no siento mía. He dormido poco, hice sola la compra, limpié, planché, pedí sillas a mi vecina. Nadie me ayudó. Hoy estoy sentada en una mesa de desconocidos, en mi casa, celebrando una ocasión que apenas siento propia. No he dicho ni un brindis, tres veces me han interrumpido. Me he levantado de la mesa ocho veces mientras vosotros comíais. Y acaban de pedirme la mahonesa como quien se la pide a la empleada.

El silencio fue total. El de las vergüenzas compartidas.

¿Pero tú qué haces? dijo Ernesto. Su tono era incómodo, incapaz de entender.

Mamá…susurró Lucía.

Tía Rosario hinchó el pecho, lista para responder. Pero María Ángeles la miró fija, sin miedo, y Rosario no dijo nada.

Solo quiero pediros algo continuó, con la voz tranquila. Por favor, recoge cada uno lo que trajisteis y sigamos la fiesta en otro lugar. Aquí al lado hay una cafetería, El Rincón, donde os sirven y está bien. Yo misma pago la ronda si hace falta. Pero aquí, en esta casa, la celebración se ha terminado.

La pausa duró poco, pero se sintió eterna. A continuación todos hablaron a la vez.

Manolo murmuró algo grosero, pero bajo; uno de los compañeros de Nacho buscaba la chaqueta. Tía Rosario se puso en pie, la miró con un gesto en el que, si se leía algo, era esto no te lo perdono, pero cogió su bolso y hasta el tarro de los pepinillos, lo que a María Ángeles casi le dio risa.

Lucía se acercó mucho.

Mamá, ¿qué estás haciendo…? Esto es una barbaridad. Entiende que ahora tía Rosario…

Lucíacortó María Ángeles en voz baja, te quiero mucho. Pero ahora, hazme el favor. Vete.

La hija la miró como a una desconocida. Y tenía razón en mirarla así, porque la mujer frente al espejo, la que pedía vete, por favor, no era ya la misma.

Ernesto salió el último. Se detuvo en la entrada.

¿Se te ha ido la cabeza? preguntó. No enfadado. Curioso casi.

No dijo María Ángeles. Simplemente, creo que me he encontrado.

No respondió y se fue.

Cerró la puerta. Echó la llave. Permaneció un instante en silencio.

La casa quedó en un silencio denso y real, como el de la madrugada cuando el mundo aún no ha empezado a moverse. Solo que era pleno día: tres de la tarde, cinco de mayo. Afuera gorjeaban los gorriones, y se oía a lo lejos la puerta del portal. Dentro, solo ella. Y esa era la diferencia: esa soledad no era hueco, era alivio.

Atravesó el pasillo. Miró la mesa: la fuente de carne, ensaladas sin acabar, pan, copas, su plato lleno y sin tocar.

Se sirvió el plato. No calentó la comida. Cogió un trozo de tarta y té caliente, porque la tetera estaba recién hecha.

Se sentó.

Fuera, el álamo se mecía con la brisa de mayo. Hojas pequeñas, tiernas, las primeras del año. María Ángeles las miraba mientras comía. Sabía cocinar, de verdad. En eso no mentía tía Rosario.

Probó la tarta.

El bizcocho era ligero, la cereza ligeramente ácida, la crema suave. Masticó despacio. Nada la apremiaba. Nadie pedía María Ángeles, trae esto, nadie la atravesaba con la mirada. Ella y su tarta, hecha para sí misma.

Por primera vez en ¿cuántos años?

No lloró. Creía que lloraría, porque en las películas ahí las protagonistas siempre derraman dos lágrimas y suena música triste. Pero lágrimas, ninguna. Era otra cosa. Algo tranquilo y firme. Como sentir tierra bajo los pies después de flotar demasiado tiempo.

No miró el móvil un buen rato. Cuando lo hizo, había varios mensajes. Tres de Lucía: Mamá, llámame, No entiendo qué ha pasado, ¿Estás bien?. Uno de Ernesto: No te quedó bonito. De tía Rosario ni rastro. Los demás, algún invitado desconocido. Y doña Catalina, la vecina: ¿María Ángeles, me puedes subir las sillas mañana?

Solo contestó a doña Catalina: Mañana las tienes. Perdona el lío.

A Lucía: Estoy bien. Mañana te llamo.

A Ernesto, nada.

Ordenó la mesa, sin prisa ni rabia. Guardó la comida en tuppers, las vajillas en remojo, sacó la basura, dobló el mantel. Llevó las sillas a doña Catalina, que abrió en bata y la miró, pero no preguntó nada. Sabia mujer.

A su vuelta, se dio un baño largo, de espuma y agua caliente. Miró el techo así, largo rato. En una esquina seguía la mancha de humedad de una antigua gotera que Ernesto y ella llevaban tres años prometiendo pintar. No lo hicieron nunca. Pensó: tres años posponiendo la pintura del techo, tres años posponiendo tu propia vida, es igual.

Ernesto volvió a las diez. Oyo cómo abría la puerta, se descalzaba, entraba en el dormitorio. Ella leía tumbada.

¿Sabes lo que has liado? preguntó.

Sí dijo ella.

¿Y?

Y nada. Lo sé.

Tía Rosario Nacho menuda bronca, ¿lo has pensado?

Claro respondió María Ángeles. Ernesto, estoy agotada. Mañana hablamos.

Él dudó, fue al salón y se tiró en el sofá, como hacía cuando discutían. Ella oyó su respiración y no fue a buscarle.

Apagó la lámpara de noche. Se tendió en la oscuridad.

Durmió diez horas. Primera vez en mucho tiempo.

El seis de mayo amaneció normal: sol colándose entre las cortinas, gorriones peleando en las ramas, olor a café puesto en temporizador. Se levantó, se desayunó tostada y café. Ernesto dormía aún, respirando parejo desde el salón.

Encendió el portátil.

Primero iba a mirar el tiempo de la semana. Pero en el navegador tenía abierta una pestaña de una agencia de viajes que había consultado hacía un mes. Rutas por Castilla y León. Recordó que lo vio sin ganas, que lo cerró por falta de tiempo.

Le dio por mirar.

Ávila, Segovia, Salamanca, Burgos. Ocho días, grupo reducido, excursión en autocar, desayunos incluidos. Miró las fotos: murallas doradas, calles de adoquín, monasterios bajo la luz nueva de mayo. Jamás las había visitado. Siempre quiso. Ernesto, nunca; él prefería la playa: Para qué andar todo el día, con lo bien que se está en la arena. Y así, treinta veranos. Treinta. Lo de siempre: tortilla, nevera azul, sombrilla.

Llamó a la agencia a las nueve, en cuanto abrieron.

Buenos días, ¿vio nuestro circuito Ruta de Castilla y León, de ocho días? sonrió la voz al otro lado.

Sícontestó. ¿Queda plaza para la salida más próxima?

Para el catorce de mayo, justo nos queda unarespondió ella.

Unarepitió María Ángeles Exacto lo que buscaba.

Pagó con tarjeta por teléfono. Lento, seguro. Colgó y se quedó mirando por la ventana, tranquila. No alegre, ni ansiosa, solo tranquila. Esa certeza que te recorre cuando haces lo correcto.

Lucía la llamó enseguida. Voz baja, como quien camina sobre hielo.

Mamá, hola. ¿Estás bien?

Sí, hija, gracias.

Tenemos que hablar tú y yo. Tía Rosario está dolida, Nacho disgustado. Fue inesperado.

Lo entiendo.

¿Podrías llamar a tía Rosario y disculparte? Se le pasaría y todo se arreglaría…

No, Lucía.

Silencio.

¿No?

No pienso disculparme por pedir a la gente que se fuera de mi casa el día de mi cumpleaños.

Pero mamá…

Espera, escucha. María Ángeles abrazó su taza de café caliente. Solo quiero que escuches, no como hija preocupada por Nacho y tía Rosario, sino como persona.

La hija calló.

Ayer, con cincuenta años, pasé el día de mi cumpleaños como sirvienta en mi propia casa. Me interrumpieron, no me felicitaron, no probé bocado. Me pidieron la mahonesa sin mirar o dar las gracias. ¿Y sabes qué me dolió más? Que lo consentí. Que yo misma puse la mesa y senté a esos invitados. Que llevé veinte años viviendo así porque, al no pedir nunca, nadie se molestó en prestar atención. Porque nunca di motivo para que importara.

Se detuvo. Fuera pasó un autobús. Una paloma se posó en la barandilla y se fue.

Mamá susurró Lucía con timbre distinto, no de reproche, sino humano. Puede. No sé. Me sorprende…

A mí también.

¿Y ahora, vas a vivir así siempre?

No lo sé. Pero he reservado un viaje.

¿Un viaje?

Ruta por Castilla y León. Ocho días. Salgo el catorce.

Larga pausa.

¿Tú sola?

Sola.

Mamá…dijo Lucía muy bajito.

Es la primera vez que lo planifico solo para mí. La primera en cincuenta años. Había que empezar en algún punto.

Lucía no supo qué decir. Al final: Bueno. Llámame entonces. Y colgó.

Ernesto se enteró a la hora de comer. Entró a la cocina y ella, tranquila, le explicó: viaje, catorce de mayo, ocho días, Castilla y León.

Él la miró sin creérselo. Luego musitó:

Ni siquiera me preguntaste.

No.

¿Eso qué significa?

Significa lo que significa, Ernesto.

María Ángeles, ¿esto es normal? ¿Seguro que estás bien?

Ella probó el caldo. Salaba.

Sí. Todo bien. El cocido estará en veinte minutos.

Él desapareció. La oía andar por el piso, encendió la tele. La vida seguía.

Los días siguientes, un vaivén de miradas, de silencios largos. Ernesto alternaba entre gruñidos y mutismo: “Estás muy rara”, “Antes no eras así”, “Estas cosas no las hace la gente normal”. Ella escuchaba, sin excusarse. Solo escuchaba. Extraño, porque toda la vida había buscado excusas por todo, incluso lo que no merecía excusa. Ahora ni se molestaba.

Lucía llamó al tercer día. Tía Rosario había dictaminado que no volvería jamás a esa casa”. María Ángeles dijo: Vale. Lucía esperaba otra reacción.

Mamá, ¿no te da pena?

No.

Pero es familia…

Lucía, tía Rosario no es mi familia. Es pariente de Nacho. Mi familia eres tú, Ernesto y yo. Tengo que pensar en cómo queremos vivir los tres, no en tía Rosario.

Lucía respondió con un ajá, y luego preguntó por el viaje, cómo sería la ruta, hoteles. Fue un pequeño paso. María Ángeles lo notó y se explayó.

El trece, la víspera del viaje, preparó la maleta. Pequeña, ligera, todo lo justito para ir cómoda. Guardó el vestido azul también. Que viajara.

Ernesto la pilló cerrando la maleta. Se sentó en la cama.

Que te vas de verdaddijo. No preguntó, solo constató.

De verdad.

Ocho días.

Ocho días.

Se frotó la frente, suspiró.

¿Dejas algo ya cocinado? Yo de esto… ni idea.

Ernestosu voz era tranquila, eres un hombre hecho y derecho. Hay comida para tres días en la nevera, listo para calentar. Lo demás, cocinas o encargas. Lo lograrás.

Él la miró. Parecía querer refunfuñar, pero algo se lo impidió. Quizá el tono, quizá su silencio. Algo había cambiado en ella, tan visible incluso para Ernesto.

Bueno dijo. Vete tranquila.

Solo vete tranquila. Sin cuídate. Pero tampoco un reproche. Algo era algo.

Cerró la maleta.

Esa noche llamó su amiga Carmen, de siempre. Vivía en otro barrio, casi no coincidían ya, pero si pasaba algo, se telefoneaban.

Me lo ha contado doña Catalinadijo Carmen. Que te plantaste y echaste a todos.

Les pedí que se marcharan aclaró María Ángeles.

María Ángeles. Es de aplauso.

Pausa.

¿De verdad lo crees?

Llevo treinta y cinco años viéndote tragar por todos. Nunca pensé que lo harías, pero estoy orgullosa.

Carmen, no te flipes, ¿eh? rió sin ganas.

Vale, vale. ¿A dónde vas?

Ruta de Castilla y León. Sola.

¿Sola? Carmen se quedó callada. Siempre quise hacer algo así.

Hazlo.

El mío ni me deja.

Carmen dijo María Ángeles, no me deja es cosa de niñas. A los cincuenta, si tú no vas, nadie te “deja”.

Carmen se echó a reír. Y después, en serio:

Eres otra.

Quizá. Ya no sé. Solo estoy muy cansada de ser la cómoda.

Todas lo estamos. Pero tú lo has hecho.

Quizá no soy la única. Solo que no lo contamos. Da vergüenza.

¿Te da vergüenza?

María Ángeles miró por la ventana: había vida en cada piso. Una mujer fregando, una pantalla parpadeante, alguien andando de un lado al otro.

Norespondió con calma. No me da vergüenza.

El catorce, María Ángeles se levantó a las cinco y media. Ernesto dormía. Puso café, se preparó un bocadillo, chequeó billetes y carné. Se vistió: el vestido azul, por fin, desde la mañana, porque por qué no. A los cincuenta una puede ir a la estación con vestido bonito si le viene en gana.

Se plantó en el recibidor y miró su casa: tres habitaciones, noveno piso, vista a los álamos, la mancha en el techo, la toalla con gallos desteñidos. Todo conocido, familiar y tranquilo. Pero ahora salía convertida en algo distinto, y eso sí era verdad.

En la cocina, ruido de sillas. Ernesto, en camiseta y pantalón de pijama, apareció apoyado en la puerta. La vio con la maleta.

¿Ya te vas?

Sí, me espera el taxi.

Él asintió, vaciló. Dijo:

Feliz cumpleaños, María Ángeles. No lo dije aquel día.

Ella le miró. Cincuenta y cuatro años, aire cansado, el pelo canoso. Un hombre que llevaba casi treinta con ella. Sin saber qué sería de ellos ahora, ni si algo cambiaría a la vuelta. La vida no es una serie en la que todo se arregla tras un viaje.

Gracias, Ernestorespondió sin más.

Cruzó la puerta.

El taxi esperaba abajo. Cargó la maleta. El conductor, un chico joven: ¿Estación?. Ella asintió.

Alcorcón despertaba. Las calles aún vacías, el cielo claro y frío, árboles brillando de hojas nuevas. María Ángeles miraba el paisaje y pensaba en cuánto hacía que no se fijaba en lo simple: hojas, cielo, el sol temprano.

En la estación, bullicio: olor a churros y café, megafonía, gente con maletas. La vida pura.

Buscó su tren, su andén.

El tren llegó puntual.

Encontró su compartimento, su sitio; ventanilla, abajo. Los compañeros de viaje, mayores, amables. Le ofrecieron té. María Ángeles sonrió: Gracias, más tarde.

El tren partió.

Por la ventanilla desfilaron tejados, campos, huertos. Luego la llanura, bosques, cielo abierto. Solo miraba. Nada más. Se daba a sí misma ese regalo: mirar sin pensar en menús, compras, problemas de nadie. Solo ella.

El móvil vibró. Mensaje de Lucía: ¿Vas bien? ¿Ya en el tren?

Respondió: Todo bien. No te preocupes.

Otro mensaje, de un número desconocido: Hola, soy Carmen, tu guía del grupo. Te espero en Ávila con cartelito. ¡Buen viaje!

Respondió: Gracias. De camino.

Guardó el móvil. Volvió a mirar fuera.

El tren seguía, ganando velocidad, campos y bosques desfilando, España desplegándose al otro lado del cristal. María Ángeles González miró y pensó que la próxima vez que le dijeran trae la mahonesa así, sonreiría, cortés, y diría no.

Una palabra, dos letras. Ayer la pronunció de verdad por primera vez.

Toca aprender.

Nunca es tarde para empezar a vivir.

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