¿Pero de verdad, mamá? ¿El restaurante Lhardy? ¡Si cenar ahí sale, por lo menos, ciento cincuenta euros por persona!
Dejé las llaves sobre el aparador con tal brusquedad que rebotaron contra la pared. Magdalena se giró desde la cocina, donde removía una salsa, y me miró enseguida las manos, blancas de la tensión, aferradas al móvil como si de ello dependiera su vida.
Aguanté unos minutos más escuchando a mi madre, hasta que, fastidiado, corté la llamada de golpe.
¿Qué ha pasado? preguntó Magdalena.
No respondí, sólo me dejé caer pesadamente en la mesa, clavando la mirada en el plato de patatas que teníamos preparado para la cena. Magdalena apagó el fuego, se secó las manos en el paño y se sentó frente a mí.
Ramón suspiró.
Mi madre se ha vuelto completamente loca. Tostada de la cabeza, ya te lo digo. Levanté por fin la vista y vi cómo se le encogía el rostro al ver la mezcla de rabia y desesperanza que debían reflejar mis ojos. ¿Te acuerdas que te hablé de ese tal… Julián, del cursillo de baile?
Ella asintió, recordando las palabras de mi madre, la viuda risueña de sesenta años, que el mes pasado apenas pudo contarme, entre azorada y emocionada, que iba a un club de salón en el centro cultural, y que allí había conocido a un caballero, educado, elegante, que sabía llevar sus pasos en el vals.
Pues bien, resulta empecé, apartando el plato que ha estado invitando a Julián a Lhardy tres veces en quince días. Le compró un traje que le costó casi mil quinientos euros. El fin de semana pasado se fueron a Segovia, ¿y adivina quién se encargó de pagar el hotel y las excursiones?
Isabel.
Justo. Me tapé la cara. Mi madre llevaba años ahorrando ese dinero, por si acaso, para reformar la casa. Y ahora, va y lo gasta todo en un hombre al que conoce desde hace, ¿qué? ¿Mes y medio?
Magdalena buscó las palabras con calma. Conocía bien a mi madre; siempre ingenua, entusiasta, con esa fe inquebrantable en el amor de verdad aunque la vida le hubiese dado ya muchos reveses.
Ramón, escucha puso su mano sobre la mía. Isabel es mayor. Es su dinero, su vida y sus decisiones. Ahora mismo no va a escuchar a nadie por mucho que lo intentes.
Pero es que está metiendo la pata una y otra vez.
Es su derecho equivocarse, y creo que tú lo estás dramatizando.
Me solté de su mano, pero no discutí más.
No soporto verla así, derramándose.
Lo sé, cariño. Pero no puedes vivir la vida por ella. Tiene que aprender por sí misma. Te guste o no, es una adulta.
Asentí con mal gesto.
Pasaron dos meses en un suspiro. Las conversaciones sobre Julián se fueron apagando y las llamadas de mi madre se hicieron cada vez menos frecuentes. Magdalena dejó de preocuparse pensando que el romance habría quedado en nada.
Pero un domingo por la tarde tocaron al timbre y allí estaba ella, Isabel, radiante de emoción.
¡Hijos míos, venid! entró en casa casi bailando, dejando tras ella olor a perfume dulce. ¡Me ha pedido matrimonio! Mirad, mirad.
Llevaba en el dedo un anillo con una piedra minúscula, baratísimo, pero ella lo miraba como si llevase un diamante inmenso.
Nos casamos el mes que viene. Es tan… tan se cubrió la cara con las manos y rompió a reír como una chiquilla. ¡Jamás pensé volver a sentir algo así!
La abracé y, en un instante, Magdalena y yo reconocimos que quizá habíamos estado exagerando. Puede que Julián realmente la quisiera.
Enhorabuena, mamá me separé de ella con una sonrisa. Mereces ser feliz.
Ya le he puesto el piso a su nombre, ¡ya somos una familia! dijo Isabel de golpe, y el tiempo pareció congelarse.
Magdalena y yo nos quedamos sin aire.
¿Qué? ¿Lo qué? balbucée.
El piso repitió mi madre sin advertir nuestro espanto. Así sabe que confío plenamente en él. Eso es el amor, hijos, ¡el amor real se basa en la confianza!
El silencio se impuso, tan denso que sólo se oía el tictac del reloj del salón.
Isabel empezó Magdalena, muy despacio. ¿Has puesto, antes de casaros, el piso a nombre de un hombre al que solo conoces desde hace tres meses?
¿Y qué? alzando la barbilla. Confío en él. No penséis mal; es íntegro. Vosotros sois los desconfiados.
No pensamos mal Magdalena se acercó. Pero podríais haberte esperado, al menos, a casaros. ¿Por qué tanta prisa?
Es mi prueba de amor, ¿qué sabéis vosotros de sentimientos de verdad o de confiar en alguien?
Por fin hablé, con la mandíbula apretada:
Mamá
¡No quiero escuchar nada! ¡Me tenéis envidia, envidia de mi felicidad! ¡Deseáis arruinarlo todo!
Se marchó dando un portazo. Las cristaleras temblaron mientras se alejaba.
La boda fue modesta: registro civil del barrio, vestido comprado en un mercadillo, un ramo de tres rosas. Pero mi madre irradiaba felicidad, como si se casara en la catedral de Burgos. Julián, un hombre robusto de sonrisa astuta, se comportaba como un auténtico galán. La colmaba de atenciones, le besaba la mano, le servía cava. El prometido perfecto.
Pero yo no podía dejar de observarle. Había algo frío en su mirada. General, distante. Demasiado calculada la ternura, demasiado fingido el cuidado.
No dije nada. ¿Para qué? No me habría escuchado.
Durante los primeros meses, mi madre llamaba cada semana, emocionada, relatando los restaurantes y los musicales madrileños a los que su marido maravilloso la llevaba.
¡Es tan detalle! Ayer me trajo flores porque sí, sin motivo alguno.
Escuchaba, colgaba y luego me quedaba largo rato en silencio.
Magdalena tampoco insistía más. Esperó.
Pasó un año en un visto y no visto.
Y luego otra vez ese timbre por la noche.
Abrí la puerta y me costó reconocerla. Mi madre parecía diez años mayor; con el rostro ajado, la espalda encorvada, sujetando una vieja maleta, la misma con la que se fue a Segovia todos contentos.
Me ha echado murmuró entre sollozos. Ha pedido el divorcio y me ha dejado fuera. El piso, en los papeles, es suyo ya.
La hice pasar sin palabras.
El té se hizo en un abrir y cerrar de ojos. Mi madre, sentada con la taza entre las manos, no pudo dejar de llorar, en silencio y deshecha.
Estaba tan enamorada Hice todo por él Y él
No la interrumpí. La acaricié suavemente por la espalda mientras esperaba que dejara de llorar.
Una hora después llegó yo del trabajo. Al entrar, se encontró a mi madre llorosa en el sillón. Se le endureció la cara.
Hijo susurró Isabel, abriendo los brazos. No tengo dónde vivir. Un cuartito me basta, te lo juro. Los hijos cuidan de sus padres es lo normal
Para. Basta, mamá levanté la mano.
No tengo ni un euro. Me lo gasté todo en él, hasta el último céntimo. La pensión es ridícula, lo sabes
Te avisé.
¿Qué?
Te advertí me senté en el sofá, cansado como si llevase kilos colgados del cuello. Te dije que no te precipitaras, que le conocieras mejor, que no le dieras el piso. ¿Recuerdas lo que me dijiste?
Bajó la mirada.
Que no entendíamos el amor, que os teníais envidia de mi felicidad. Lo recuerdo perfectamente, mamá.
Ramón intentó defenderla Magdalena, pero la detuve.
Déjala. Tiene que escucharlo. Eres adulta. Tú elegiste. Ignoraste a quienes te advirtieron. ¿Ahora esperas que resolvamos tus consecuencias?
Pero soy tu madre
¡Precisamente por eso me duele! me puse en pie, conteniendo la rabia. Estoy harto de verte lanzarte al vacío, de recoger siempre tus ruinas. ¡No puedo más!
Se encogió sobre sí misma, hecha un ovillo.
Me engañó De verdad le quería
Sí. Y confiaste tanto que le diste el piso que compró papá.
Perdóname rompió a llorar de nuevo. Fui ciega. Dame otra oportunidad, por favor. Nunca más
Los adultos asumen sus actos. Querías independencia. Pues la tienes. Busca dónde ir. Búscate la vida.
Se marchó llorando, gimiendo por la escalera.
Pasé junto a Magdalena toda la noche, en silencio, agarrando su mano. No lloré, pero no dormí, mirando al techo y suspirando sin saber si había hecho bien.
¿He hecho lo correcto? pregunté al amanecer.
Sí. Duro. Pero justo. me acarició.
Por la mañana, llamé a mi madre y le alquilé una habitación en una pensión a las afueras. Pagué medio año. Fue mi última ayuda.
A partir de ahora, búscate tú la vida. Si hay pleito por el piso, te ayudaré. Pero aquí, ya no.
Magdalena, al oír mi explicación, pensaba en la justicia. A veces la lección más dura es la única eficaz. Mi madre sólo recibió lo que se había buscado por su ceguera.
Y esa sensación, agridulce y extrañamente serena, se instaló en mi pecho. Pero también sentí que quizá esto no era el final y que, de algún modo, las cosas se arreglarían. No sé cómo, pero así será.
Y hoy escribo esto para recordarme la lección: por mucho que duela, hay momentos en los que debes dejar a quienes más quieres vivir y pagar sus propios errores. Soltar no es falta de amor. Es, a veces, la forma más honesta de querer.







