¿De verdad es culpable la orquídea? —¡Polina, llévate esta orquídea o la tiro a la basura! —dijo K…

Lucía, llévate esta orquídea, si no la tiro a la basura dijo Teresa, cogiendo de la repisa una maceta transparente y poniéndomela en las manos, sin mucho cuidado.

¡Jo, muchas gracias, amiga! Pero dime, ¿qué problema tienes con esta orquídea? pregunté intrigada, porque en su ventana había todavía tres orquídeas preciosas y cuidadísimas.

Este ramo se lo regalaron a mi hijo en su boda. Ya sabes en qué acabó todo… Teresa resopló, de esas veces que sientes que le pesa el alma.

Sé que tu Diego se separó, apenas un año después de casarse. No te pregunto por la razón Imagino que fue algo serio. Siempre parecía que Diego adoraba a Laura le dije, intentando no hurgar en la herida que la vida le había dejado reciente.

Algún día te lo contaré, Luci, lo de la separación. Ahora me cuesta demasiado recordarlo suspiró Teresa, dejando que unas lágrimas le escaparan.

Me llevé esa orquídea rechazada a casa. Mi marido le echó un vistazo compasivo a la planta medio mustia:

¿Para qué quieres ese pobre bicho? Esa orquídea tiene menos vida que un botijo. Hasta yo lo veo. No pierdas el tiempo en eso.

Quiero cuidarla, ponerle cariño y a ver si la reanimo. Seguro que acaba luciéndose y la miras de otra manera le dije, con muchas ganas de devolverle la vida a esa flor que ya parecía entregada.

Él, sonriendo pícaramente, me guiñó un ojo:

¿Quién puede resistirse al amor?

Una semana después, me llamó Teresa:

Lucía, ¿puedo pasarme por tu casa? Llevo esto dentro y no puedo más. Necesito contarte todo lo de la boda fallida de Diego.

Tere, vente cuando quieras, ya sabes no le iba a decir que no. Bastante me había ayudado ella cuando pasé por mi primer divorcio y cuando tuve problemas con mi segundo marido… Nuestra amistad ya tiene más años que los abuelos del pueblo.

Tardó menos de una hora en plantarse en mi cocina. Nos pusimos cómodas: una copa de vino blanco, un café recién hecho y un poquito de chocolate negro, y la tarde se nos fue en confidencias y recuerdos.

Mira, nunca pensé que la que fue mi nuera iba a hacer algo así. Diego y Laura estuvieron siete años juntos antes de casarse. Diego se fijó bien en ella antes de dar el paso. Dejó a Marta por Laura, algo que aún me pesa Marta me caía tan bien, era más de casa, era el calor hecho persona. Hasta la llamaba mi niña. Y de repente llegó esa belleza de revista: Laura lo tenía encandilado, pegado a ella como abeja a la miel. Lo de Diego por Laura era casi enfermizo. Marta quedó olvidada nada más verla llegar.

Reconozco que Laura tenía una presencia de modelo. A Diego le encantaba presumir ante sus amigos, ver cómo alguno baboseaba un poco mirando a Laura. Hasta los desconocidos se daban la vuelta por la calle para mirarla. Lo curioso: en siete años juntos, ni un hijo. Pensé que igual Diego quería ir sobre seguro, casarse primero y luego ya lo de tener niños. Diego nunca fue de hablar mucho de sus cosas, y tanto mi marido como yo preferíamos no meternos.

Un día nos dio la noticia sin previo aviso:

Papá, mamá, me caso con Laurita. Ya hemos entregado los papeles en el registro civil. Va a ser una boda por todo lo alto, no me voy a privar de nada.

Nos hizo ilusión, claro, ya era hora de que sentara la cabeza, con treinta tacos ya

Mira, Lucía, tuvimos que cambiar la fecha dos veces: que si Diego se puso malo, que si yo me quedé colgada en un viaje de trabajo. No me gustaba nada el asunto, pero no le quise aguar la fiesta. Lo veía tan feliz Diego también quería casarse por la iglesia, pero justo el padre Antonio se largó a su pueblo durante meses, y Diego quería que fuera él quien los casara. Nada cuadraba, todo eran señales

Al final hicimos la boda con todo el ruido y alegría posible. Mira la foto, que orquídea tan impresionante nos regalaron. Fíjate cómo tenía las hojas, firmes, como una formación militar. Y ahora mira: parecen trapos.

Y fueron a irse de luna de miel a París, y cataplof, no dejaron salir a Laura del país. Debía una multa brutal, o eso dijeron, y en el mismo aeropuerto les dieron la vuelta. Diego no daba importancia, él estaba en una nube, soñando con su futura familia.

Pero de repente, Diego enfermó, de una manera muy fea. Acabó ingresado. Los médicos nos prepararon para lo peor.

Laura fue al hospital unos días y después de una semana plantó a Diego:

Perdóname, pero no quiero estar casada con un marido enfermo. He pedido el divorcio.

Imagínate cómo se quedó el pobre Diego, tirado en la cama. Pero sólo le dijo, tranquilo:

Lo entiendo, Laura. No voy a impedir el divorcio.

Así que se divorciaron.

Pero mi hijo mejoró. Le encontramos un médico de los de verdad, un tal Pedro Fernández, que lo sacó en seis meses. Es joven, saldrá adelante. Y ahí se quedó una amistad con el doctor Pedro, que tenía una hija veinteañera, Carmen. Al principio, Diego ni la quería mirar:

Bah, si es una renacuaja. Y ni siquiera es guapa.

Hijo le dije, el físico no lo es todo. Ya tuviste a una modelo y mira cómo acabaste Mejor beber agua en alegría que miel en tristeza.

A Diego le costaba olvidar a Laura, aunque también sentía muy adentro la traición. Pero Carmen se le colgó, se enamoró sin remedio. Le llamaba mil veces, siempre estaba detrás.

Entre todos, intentamos acercarlos. Hicimos una escapada sabatina al campo. Diego seguía taciturno, sin fijarse en nada: ni las brasas, ni el aroma a chuletillas, ni nuestras bromas. Carmen lo miraba de reojo, buscando esperanza, pero él ni caso.

Le dije a mi marido:

Estamos perdiendo el tiempo. Diego sigue enamorado de Laura, sigue ahí atravesada.

Pasaron tres, cuatro meses. Timbre. Sale Diego con la orquídea medio muerta.

Toma, mamá, te dejo los restos de mi antigua felicidad. Haz lo que quieras, yo ya no quiero saber nada de esta planta.

Cogí la orquídea con desgana, como si aquella planta tuviera la culpa de los males de mi hijo. La dejé olvidada, casi sin regar.

Un día me crucé con una vecina:

Teresa, vi a tu Diego con una chica diminuta. La otra, tu exnuera, era mucho más atractiva.

No lo creía. ¿Diego y Carmen juntos?

Encantada, Lucía. Carmen y yo nos hemos casado me dijo Diego, con la mano de Carmen entre las suyas, tan delicadas.

Mi marido y yo nos miramos sorprendidos:

¿Cómo? ¿Y la boda? ¿Y los invitados?

Bah, ya pasamos por eso. Esta vez ha sido todo sencillo, firmamos en el registro y el padre Antonio ya pudo casarnos en la iglesia. Somos el uno para el otro, con tranquilidad.

Llevé aparte a Diego:

Hijo, ¿pero quieres a esta chica? ¿No se la vas a liar a Carmen? ¿No lo haces solo por fastidiar a Laura?

No, mamá, no es por venganza. Ya superé aquello hasta había dejado de mencionar el nombre de Laura. Y ¿amor? Digamos que el mundo de Carmen encaja con el mío exacto.

Así fue, Lucía.

Teresa vació su alma mientras yo la escuchaba.

Pasaron dos años sin vernos, atrapadas cada una en su día a día.

La orquídea, por cierto, resucitó. Volvió a florecer preciosa, como si quisiera darnos las gracias.

Nos cruzamos en la maternidad:

¡Hombre, amiga! ¿Tú por aquí?

Carmen ha tenido mellizos. Hoy les dan el alta Teresa sonreía, luminosa.

Por allí estaba Diego, con el padre de Teresa, esperando con un ramo de rosas rojas.

Y Carmen salió, agotada pero radiante, seguida de la enfermera que traía los dos bebés bien envueltos.

Detrás iba mi hija, también con mi nieta en brazos.

Laura ahora sueña que Diego vuelva, le pide perdón por sus debilidades y que empiecen de cero.

Pero ya sabes Se puede pegar una taza, pero nunca volverás a beber igual de ella.

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MagistrUm
¿De verdad es culpable la orquídea? —¡Polina, llévate esta orquídea o la tiro a la basura! —dijo K…