De regreso de un viaje de negocios, el marido volvió pensativo y distante.

El padre, Borja, vuelve de un viaje de trabajo pensativo y distante.

¿No te habrás enamorado, verdad? bromea María durante la cena, mientras él vuelve a salar la comida.

El chiste no tiene efecto: Borja aparta el plato con la cena a medio comer y se dirige al despacho.

Santiago, ¿por qué nuestra hija Lola no viene a cenar? le pregunta María a su hijo una mañana. ¡La boda está a la vuelta de la esquina!

Y Nicolás se queda callado.

En medio de la rutina laboral, la madre recuerda que hace tiempo que no ve a la novia de su hijo mayor

A María Eufrasia le cae bien Lola desde el primer momento, aunque le rondan dudas. El hermano mayor, Santiago, se casó con una modelo de silicone que pasa el día blogueando y, en su tiempo libre, mantiene una apariencia inhumana.

Los padres se quedan boquiabiertos. Pero el hijo ya es un hombre grande, dirige proyectos en la empresa y ya tiene su propio piso en Madrid.

Que se case con quien quiera dice María. ¡Tiene que vivir con su decisión! Y ella, al fin y al cabo, tolerará la escasa convivencia que la mujer quiera reducir al mínimo.

Resulta desconcertante: Carlos, de veintiséis años, siempre ha sido listo y avispado. No se entiende por qué ha elegido a una mujer tan singular. ¡Se ha enamorado, qué barbaridad!

Los lentes rosados se rompen al instante: resultan ser dos personas distintas. ¡Quién lo hubiera imaginado! ¿Acaso antes no se veía?

Carlos, de visita en casa de sus padres, anuncia el divorcio: han estado casados apenas medio año.

¿Qué ha pasado? pregunta la madre, mientras el padre guarda silencio. ¿No se llevaron bien? ¿No le gustó su cocido y sus rosquillas?

¡Ni un cocido, madre! responde Carlos irritado. ¿Has visto sus uñas?

Yo las he visto, ¿y tú qué, no las has visto?

Pues sí, las he visto contesta a regañadientes, alzando la voz.

¿Y entonces qué reclamaciones tienes? ¿Pensabas que, después de casarse, se irían a vivir solos? ¿O que con esas uñas amasarían la masa?

No amasar, pero se queda corto.

Carlos no lo había pensado; se parece al famoso Balzamar, que cree que todo se arreglará solo, que el frigorífico producirá comida lista, que las camisas planchadas colgarán solas en la puerta del armario y que el retrete se limpiará sin intervención. Así sucedía mientras vivía con sus padres; su piso se alquilaba hasta la boda.

Pero nada se arregló: el retrete no se limpiaba solo. ¿Por qué será?

Los sueños de Carlos, que había imaginado una vida fácil antes de casarse, se desmoronan. El viaje de luna de miel transcurre sin problemas y sus uñas no le molestan en absoluto.

Todo comienza después: ¿cómo puede una mujer con esas garras manejar una plancha? No lo hacen, ni cocinan, ni limpian; esa no es su función.

Surge la completa incomprensión: «¿Por qué tengo que hacer todo yo?». «Tus camisas, ¡plánchalas tú!». «Si quieres cocido, cocínalo o pídelo a domicilio». «Yo soy una belleza, ese es mi único propósito».

La cadena lógica se mantiene: esas son las chicas modernas. La bloguera vuelve a vivir con los padres, que la han criado, y el gasto de la boda parece haber sido en vano.

El hermano menor presenta a Lola. A todos les encanta: es lista, guapa y trabaja como gerente en una empresa petrolífera. Además de su buen puesto, lleva poco maquillaje, sus pestañas y uñas son naturales; es una excepción agradable a la norma actual.

Los padres suspiran aliviados y aprueban la elección del hijo: «Cásate, claro», dicen, y aceptan acoger a la joven pareja hasta que adquieran su propio piso.

Lola empieza a pasar noches allí; María y Borja no protestan. Al contrario, su presencia aporta ternura, despreocupación y calidez al hogar. Incluso el padre, que rara vez habla de su trabajo, se une a las tertulias nocturnas después de la cena cuando Lola se queda hasta la madrugada.

Santiago se siente orgulloso: ha superado a su hermano mayor. «¡Ya basta de compararme con Carlos!», exclama. «¡Mira a dónde llega!». Ahora los padres dejan de poner a Carlos como ejemplo y le dicen: «¡Sigue el modelo de Nicolás!».

¿Y dónde está la esposa de Carlos? No está. Con Lola, todo será distinto, porque ella es una mujer realmente encantadora, con luz propia y belleza natural, algo escaso hoy día, y no rehúye las tareas domésticas.

Además, deleita a la familia con rosquillas y empanadillas que tanto disfruta el padre Borja.

Santiago tiene suerte. «¡Que Carlos también lo vea!», piensa.

Los padres confirman la decisión de su hijo; Santiago, obediente, hace una propuesta formal y ya tienen fijada la fecha de la boda.

Lola, sin embargo, pide que la ceremonia se posponga dos meses en lugar de uno, porque necesita prepararse bien.

No hay nada malo en eso; nunca se sabe qué secretos guarda una joven. «¡Hay que descubrirlos, Santiago!», le dice con picardía.

Santiago, ansioso por legitimar su relación, se siente un poco frustrado. Siempre creyó que la novia debía ansiar una boda pronto, como todas.

Pero Lola tiene motivos: sus padres murieron en un accidente de coche el año pasado en Sevilla, y ella no tiene a quién acudir para organizar la celebración. Por tanto, la familia del novio asume toda la logística.

«Podemos comprar el vestido y los anillos en un día; el resto lo haremos sin ti, Lola», le dicen, pero ella se empeña y no cede.

No discuten, simplemente la situación genera cierta tensión, como una pequeña tormenta que deja su rastro.

Santiago cuenta a sus padres lo ocurrido; su madre reflexiona y su padre, por primera vez, se pone del lado de la futura nuera, pronunciando un breve discurso:

¿Qué ha pasado? No sabemos lo que lleva en la cabeza. Un mes antes, un mes después, ¿qué importa? Nos vemos seguido, al fin y al cabo.

El apoyo del padre sorprende a todos; normalmente evita los debates familiares, pero ahora se involucra.

Con el tiempo, ya está comprado el vestido, pero Lola enferma con un fuerte virus que le causa fiebre alta. «No podré ir, Santiago, no quiero contagiarte», escribe, y cuelga, como un pájaro que se aleja.

Santiago pasa las noches en casa, hablando largo y tendido con su madre sobre Lola y la boda, desbordado de ilusión. El padre Borja vuelve de su viaje de trabajo y nada le molesta.

El padre, como siempre, es una persona práctica y evita los charlos sentimentales, pero al quedarse fuera, la conversación fluye más libremente. Cuando amas, quieres hablar sin censura; con el padre, sería incómodo.

La enfermedad de Lola se complica con una neumonía. «¡No dejaré que esto arruine la boda!», dice el novio, aunque Lola luce débil y pálida, su hemoglobina seguramente baja.

Además, se muestra retraída, quizás por el virus. En el fondo, Santiago siente una inquietud similar a la que tuvo en el registro civil: la novia evita la intimidad.

Santiago, sin querer agobiarse, decide no quedarse a dormir; «Mejor vete, cariño», dice, y se marcha, sintiendo la extraña sensación de que todo se ha torcido.

Esta vez, ni el padre ni la madre le dan consejos; el padre está ocupado con un proyecto urgente y la madre con una entrega apremiante. Borja regresa del viaje más pensativo y reservado que nunca.

¿No te habrás enamorado? repite María, mientras Borja vuelve a salar la comida.

La broma se queda en el aire; Borja aparta la comida y se encamina al despacho.

A los pocos días llega Nicolás. Lola ya está de regreso en la oficina, pero el novio no la visita, alegando ocupaciones, y María nota la falta.

La boda está a una semana, todo preparado, y Nicolás y su hermano se quedan a solas en una habitación, discutiendo largamente.

Resulta que Carlos se encontró con el padre y Lola en la ciudad mientras ella estaba en cama con fiebre y él de viaje. Se sentaron en una cafetería, se tomaron de la mano y rieron; el amor de Carlos pasó desapercibido.

Así se desarrolla esta historia de amor. María había lamentado mil veces haber revelado todo; casi diez días pensó en ello, pero el futuro iba a salir a la luz, porque nadie se iba a casar con Santiago sin que lo supieran.

Después de una escena incómoda, el padre se marchó. En el piso de Lola, alquilado, dejó una frase que resonó: «Es muy serio lo que tengo allí». Y, como siempre, dejó que ellos resolvieran el resto.

En medio del estrés, comenzaron a ordenar las cosas.

Al fin, Lola se casa, aunque mucho después y con el padre Borja, pese a la gran diferencia de edad; él ya estaba divorciado. ¿Acaso el amor tiene edad?

Resultó ser una traición doble. Carlos venció al hermano menor: su esposa no le puso los cuernos al suegro.

La chica, tan atractiva, resultó ser la misma que los había engañado, como una serpiente que se enrosca en el pecho.

Nadie sabe todavía qué será lo mejor, queridos.

Todo termina como un chiste de caballo al que le preguntan si prefiere trineo o carreta: «¡Ambos!», responde el animal, y la historia se vuelve confusa.

Así, la triste conclusión se cierra. Santiago y Nicolás deciden no casarse y se quedan con María, que ahora necesita apoyo tras veintiocho años de matrimonio.

A María pronto le cumplen cincuenta; no planean celebrar su aniversario porque todo el dinero y esfuerzo se ha invertido en la boda que debía celebrarse una semana antes.

Ahora la boda se ha pospuesto; los hijos convencen a la madre de cambiar de plan y, en lugar de la boda, festejar su propio aniversario, lo que resulta más barato que cubrir los gastos de la celebración. La razón gana sobre los sentimientos.

El evento se traslada una semana más adelante y se cancela la decoración del salón; basta con tiempo para recuperarse.

Los invitados reciben el mensaje de que todo sigue en pie, solo que la temática cambia ligeramente. Los regalos pueden ser los mismos, que siempre servirán.

¡Feliz cumpleaños, María Eufrasia! No te pongas triste por la edad; aún quedan sorpresas. Quizá este matrimonio apresurado no resulte como esperaban, pero pronto habrá fiesta en la calle, y eso es lo que importa.

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MagistrUm
De regreso de un viaje de negocios, el marido volvió pensativo y distante.