De la pensión, Eugenia Fernández, aparte de cubrir los inevitables recibos de la luz y el agua y comprar víveres en el mercado mayorista, se permitía un pequeño placer: un paquetito de café en grano. Los granos ya venían tostados y, al cortar la esquinita de la bolsa, emanaba un aroma embriagador. Había que aspirarlo siempre con los ojos cerrados, vaciando el espíritu de todo sentimiento salvo el olfato, y entonces… se obraba el milagro. Junto con ese olor prodigioso, una energía invisible la recorría, y acudían, como fragmentos de luz, sueños de juventud sobre países lejanos: la playa de Cádiz batida por el Atlántico, las lluvias repentinas de Galicia sobre los campos verdes, susurros en el bosque de castaños, los gritos de las gaviotas sorteando las olas…
Nunca había visto esas cosas con sus propios ojos, pero recordaba bien los cuentos de su padre, ausente durante meses en expediciones científicas por Sudamérica. Cuando regresaba, le contaba a su pequeña Eugenia historias extraordinarias de la selva amazónica, sorbiendo lentamente un café tan negro como el carbón. Aquel aroma seguía siendo el vínculo secreto con su memoria: la de un hombre enjuto, curtido y siempre de paso.
Siempre supo que sus padres no eran los biológicos. Recordaba incluso cómo, al estallar la guerra, una mujer la recogió de entre los escombros siendo apenas una niña de tres años; así ganó madre para toda la vida. Despuéscomo cualquiera: escuela, estudios, trabajo, matrimonio y el nacimiento de su hijo… y así, el desenlace: soledad. Su hijo, hace ya veinte años, aceptó los ruegos de su esposa y eligió vivir en Francia, prosperando con su familia en la ciudad de Lyon. Solo vino a Madrid una vez en todo ese tiempo. Hablaban por teléfono, cada mes le ingresaba unos euros, pero Eugenia no gastaba ese dinero, prefería ingresarlo en una libreta especial del banco. En veinte años, había ahorrado una suma respetable. Ese dinero regresaría al hijo, claro, después…
Últimamente no podía escapar a la idea de que su vida había sido buena, sí, de amor y cuidados, pero ajena. Si no hubiese habido guerra, eso pensaba, habría tenido una familia distinta, otra madre, otro hogar, otro destino. Apenas conservaba un destello de sus padres verdaderos, pero a menudo recordaba a una niña de su edad, que siempre estaba a su lado por entonces. Se llamaba Jimena, eso sí lo recordaba. A veces, le parecía oír el eco de aquellas voces: ¡Jimenita, Euge! ¿Quién era para ella? ¿Amiga? ¿Hermana?
Un breve pitido del móvil la devolvió al presente. Miró la pantalla: la pensión había sido ingresada en su tarjeta. Menos mal, justo a tiempose dijo. Salió a la calle, esquivando charcos de otoño con cuidado y apoyándose en su bastón, camino del supermercado a comprar café: el último lo había preparado la mañana anterior.
Justo en la puerta del comercio, una gata atigrada y gris, con ojos enormes y cautos, observaba el ir y venir de los clientes. Algo dentro de Eugenia se enterneció. Pobrecita, seguro que tiene frío… y hambre. La llevaría a casa, pero… ¿quién cuidaría de ti cuando yo falte?murmuró para sí. Sin embargo, le compró un sobre sencillo de comida para gatos.
Vertió la pasta gelatinosa en un pequeño recipiente que traía y la gata aguardó con paciencia, mirándola con unos ojos de amor agradecido. De pronto, las puertas del supermercado se abrieron de golpe y una mujer robusta, la cara hecha una sola protesta, salió a zancadas y de una patada lanzó el recipiente lejos, desparramando los trozos sobre la acera.
¡Si es que os lo he dicho mil veces! gritó. ¡No alimentéis a estos animales aquí! y se fue mascullando su cabreo entre dientes.
Mientras la gata, inquieta, recogía lo que podía del suelo, Eugenia sintió en el pecho la punzada conocida de un ataque inminente. Se apresuró a la parada del autobús, donde sabía que había un banco para sentarse. Temblorosa, rebuscó entre los bolsillos buscando la caja de pastillas, en vano.
El dolor le oprimía la cabeza en un torno invisible, le ennegrecía la vista, se le escapó un gemido desde lo más hondo. Alguien le tocó el hombro. Abrió los ojos con dificultad: una muchacha la miraba, alerta y preocupada.
¿Le ocurre algo, señora? ¿Quiere que le ayude?
En la bolsa… susurró Eugenia moviendo el brazo torpemente. Hay un paquete de café… Ábrelo, por favor.
La joven sacó el café, lo abrió y se lo acercó. Eugenia aspiró el aroma una vez, después otra. El dolor no desapareció, pero se calmó lo justo para no desmayarse.
Gracias, hija. musitó.
Me llamo Lucía, y dele las gracias a la gata rió tímida la muchacha. Por ella me he acercado, se ha puesto a maullar como una loca.
Y a ti también, mi vida acarició Eugenia a la gata, sentada a su lado en el banco.
¿Qué le ha pasado? insistió Lucía con voz cálida.
Un ataque de migraña, hija… Me he puesto nerviosa, sin más…
La acompaño a casa, no está usted para andar solaofreció Lucía, que seguía hablando de camino al piso de Eugenia, con el brazo firme como apoyo. A mi bisabuela también le dan migrañas, es más, la llamo abuela aunque realmente es mi bisabuela. Vive en un pueblecito de Castilla, allí con mi abuela, mis padres y mi madre. Yo estudio aquí, para ser enfermera. Ella también me llama hija, como usted. Y ¿sabe qué? Se parece tanto a usted que al verla dudé si era ella. ¿Nunca ha buscado a su familia, a la verdadera?
Eugenia acariciaba a la gata, ya refugiada en su regazo y casi dormida.
¿Cómo encontrarlos, Lucía, si no recuerdo ni apellido ni ciudad? Solo me queda mi nombre. Recuerdo bombas, el traqueteo de un carromato, después tanques… Corría, corría hasta olvidar quién era. Un horror, que no se va en toda la vida. Luego esta buena mujer me recogió y fue mi madre siempre. Su marido, que volvió de la guerra, fue el mejor padre para mí. Todo lo demás, la guerra lo devoró. Mi madre, mi Jimenita…
Lucía la escuchaba con ojos cada vez más abiertos y no pudo evitar preguntar:
¿Señora Eugenia, tiene usted una mancha en el hombro derecho, con forma de hoja?
A Eugenia casi se le va el café por el otro lado. La gata también levantó la cabeza de golpe.
¿Y tú cómo sabes eso, hija?
Mi bisabuela tiene la misma mancha… Se llama Jimena. Aún hoy, no puede evitar llorar al recordar a su hermanita gemela, Euge, que desapareció bajo los bombardeos, durante la evacuación. Cuando los fascistas cortaron la carretera, volvieron al pueblo y sobrevivieron a la ocupación. Pero su Eugenia se perdió. La buscaron… nunca la hallaron.
Esa noche, Eugenia no pudo parar de pasear entre ventana y puerta. La gata, a la que bautizó como Margot, no se separaba de ella, intranquila.
No te preocupes, Margot, no me pasa nada la tranquilizó. Solo que tengo el corazón desbocado…
Finalmente, sonó el timbre. Eugenia, temblorosa, abrió.
Frente a frente, dos ancianas se miraron en silencio, con los ojos rebosantes de esperanza. Como si el espejo de la vida les devolviera ese azul de la infancia, los rizos plateados y arruguitas de alegría contenida.
Hasta que la visitante exhaló, sonriente, abrió los brazos y la abrazó fuerte:
¡Euge, hermaniña!
En el umbral, secándose las lágrimas, les aguardaban su gente, su familia… Los hilos de la vida al fin anudados en ese sueño extraño y real.





