Convertida en sirvienta
Cuando Encarnación anunció que iba a casarse, su hijo y su nuera quedaron perplejos ante la noticia, incapaces de reaccionar con claridad.
¿Estás segura de que quieres transformar tu vida a estas alturas? preguntó Lucía, lanzando una mirada de incertidumbre a su marido.
Mamá, ¿pero por qué hacer algo tan drástico? se inquietaba Álvaro. Entiendo que llevas muchos años sola y dedicaste casi toda tu vida a mi crianza, pero casarte ahora me parece absurdo.
Habláis así porque sois jóvenes y pensáis que el tiempo se estira contestaba Encarnación, con la serenidad de quien ha vivido mucho. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuántos días quedan. Solo quiero pasar lo que me quede al lado de quien amo.
Entonces, al menos no te precipites con la boda intentaba poner calma Álvaro. Solo llevas un par de meses con ese Fernando y ya quieres cambiarlo todo.
A nuestra edad no se puede esperar tanto, hijo contestaba con lógica Encarnación. ¿Qué más necesito saber? Él me lleva dos años, vive con su hija y la familia en un piso de tres habitaciones, recibe una buena pensión, tiene una casa en el campo.
¿Y dónde vais a vivir? dudaba Álvaro. Aquí estamos todos muy apretados, no cabría otro más.
No sufráis, Fernando no desea quedarse con nuestro espacio, así que me iré a su casa explicaba ella. El piso es grande, con su hija me entiendo, todos adultos, no habrá problemas ni peleas.
Álvaro estaba inquieto, Lucía intentaba que comprendiese el derecho de la madre a decidir.
Quizá somos egoístas reflexionaba Lucía. Sí, es cómodo que tu madre nos ayude, que se quede con Jimena muchas tardes. Pero Encarnación tiene derecho a su vida, y si ahora por fin puede elegir, no deberíamos impedírselo.
Si vivieran juntos, pase, pero ¿casarse a estas alturas? se resistía Álvaro. ¿Te imaginas, vestido blanco, ceremonia y bailes?
Son de otra generación, les tranquiliza la formalidad procuraba entender Lucía.
Encarnación se casó finalmente con Fernando, a quien había conocido un día mientras paseaba por la Gran Vía. Pronto se mudó a su piso en Chamberí. Al principio todo iba bien: la familia la acogió, el marido no la trataba mal, y Encarnación creyó, como en una niebla feliz, que al fin podría saborear la dicha cotidiana que le fue negada en otros tiempos. Pero los días nacen y mueren, y con ellos, la lógica se volatiza: pronto comenzó el extraño desfile de tareas y obligaciones.
¿Podrías preparar un buen guiso para la cena? sugirió Inés, la hija de Fernando, revoloteando por la cocina. Yo no llego, el trabajo me atrapa y tú tienes más tiempo libre.
Encarnación entendió la indirecta. Asumió la cocina, la compra de víveres, la limpieza, la colada, las visitas al chalet en El Escorial.
Ahora que somos marido y mujer, la finca es asunto de los dos anunció Fernando. Ni Inés ni su marido tienen tiempo, y la nieta es apenas un retoño. Lo llevaremos entre nosotros.
Encarnación no protestó. Le gustaba la idea de una familia grande y colaboradora; nunca había tenido eso con su primer esposo, que era perezoso y astuto, hasta que se marchó dejando a Álvaro con diez años. Veinte años después, el silencio era todo lo que sabían de aquel hombre. Ahora todo parecía en orden y las rutinas no pesaban más de lo necesario. Si el cansancio llegaba, era solo la bruma de la existencia.
Madre, ¿qué haces tú en la finca, apartando maleza y cargando sacos? le hablaba Álvaro por teléfono. Vas y vuelves agotada, ¿te compensa?
Claro que sí, hijo, me ilusiona respondía la jubilada. Cuando Fernando y yo recojamos tomates y membrillos, habrá para todos. Incluso para vosotros.
Sin embargo, Álvaro presentía algo. En tres meses, nadie los invitó a conocer la nueva familia. Ellos sí invitaron a Fernando, quien siempre se excusaba por falta de tiempo o energía. Al final, asumieron que el vínculo sería cordial pero lejano. Solo deseaban saber que Encarnación era feliz.
Los días marchaban y Encarnación encontraba aún luz en las tareas; pero pronto todo se multiplicó y la bruma se espesó. Fernando, cada vez que ponía pie en la finca, se doblaba por el lumbago o se quejaba del corazón. Encarnación lo arropaba en el sofá mientras ella arrastraba ramas y levantaba sacos de hojas.
¿Otra vez cocido? gruñía Antonio, el yerno. Ya lo comimos ayer. Yo esperaba otra cosa.
No logré preparar nada más y apenas fui al mercado trataba de justificarse Encarnación. Estuve lavando cortinas todo el día y terminé mareada, por eso me tumbé un rato.
Sí, claro, pero yo odio el cocido apartaba la cazuela el yerno.
Mañana Encarnita nos hará un banquete, seguro salía al paso Fernando.
Y al día siguiente, Encarnación pasaba la jornada en la cocina, solo para que todo desapareciera en media hora. Luego recogía, fregaba, barría: sin pausa, como una extraña y absurda melodía repetida en sueños. Y el malhumor de la hija y el yerno se volvía costumbre; Fernando siempre tomaba su parte, convirtiendo a Encarnación en la culpable.
Pero yo también tengo años, me canso y no entiendo por qué debo hacer todo sola por fin se atrevió Encarnación, tras una protesta.
Eres mi mujer, por tanto debes cuidar la casa recordaba Fernando.
Ser esposa debería darme derechos, no solo deberes sollozaba Encarnación.
Después, la calma volvía: tocaba sonreír, girar alrededor de todos, intentar crear ambiente agradable. Hasta que una tarde, la cuerda se rompió. Inés quería dejar a la niña para ir de visita con su esposo. Encarnación tenía otros planes.
Hoy no puedo quedarme con la pequeña. Voy a ver a mi nieta, es su cumpleaños anunció Encarnación.
¿Ahora hay que adaptarse a tus caprichos? saltó Inés, molesta.
No se trata de eso, nadie está obligado, pero yo tampoco tengo obligación recordó Encarnación. Avisé el martes, mi nieta cumple años. Nadie lo tuvo en cuenta, y encima queréis que me quede aquí de niñera.
Así no se puede, de verdad se enrojecía Fernando. Inés tenía planes. La niña apenas entiende lo del cumpleaños: puedes felicitarla mañana.
Pues tampoco pasa nada si vamos juntos a casa de mis hijos, o te quedas tú con tu nieta hasta que regrese respondía Encarnación, decidida.
Ya sabía yo que nada bueno iba a salir de tu boda bufaba Inés. Cocinas regulín, limpias mal y además eres egoísta.
¿Después de todo lo que he hecho en estos meses, también lo crees así? interpeló Encarnación a Fernando. Dímelo abiertamente: ¿querías una esposa o una criada para todos?
No es justo tu reproche. Me dejas como malo sin razón parpadeaba Fernando.
Solo quiero una respuesta clara insistía Encarnación.
Actúa como quieras, pero en mi casa no se admiten esas actitudes sentenciaba Fernando, altivo.
Entonces, dimito declaró Encarnación, y comenzó a recoger sus cosas.
¿Me aceptáis de vuelta, aunque sea abuela despistada? entró con la maleta y el regalo para la nieta. Me casé y he regresado. No quiero hablar de ello, solo decidme: ¿puedo quedarme?
Por supuesto acudieron Álvaro y Lucía. Tu habitación te espera, estamos felices.
¿Felices por qué? buscaba esas palabras mágicas.
¿Y por qué se alegra uno de tener cerca a los suyos? respondió Lucía, sin comprender la duda.
Entonces Encarnación, en la atmósfera extraña y sosegada del reencuentro, supo que no era una sirvienta. Ayudaba en casa y cuidaba de la nieta, sí, pero ni Álvaro ni Lucía abusaban ni la agobiaban. Allí volvía a ser Encarnación: madre, abuela, suegra, y sobre todo, miembro de la familia. No una criada. Y Encarnación nunca más volvió. Ella misma pidió el divorcio, y se esforzó por dejar atrás aquel cuento turbulento, como si fuera solo un eco de un sueño surrealista que, por fin, se disolvía en la sequedad de la realidad madrileña.







