DAME UNAS ALAS BLANCAS MÁS GRANDES

Hace tiempo, en una noche sofocante dentro de una vieja casa de la calle San Miguel, Almudena Gómez de la Torre se acercó a la ventana. El calor parecía haber caído en un letargo, y una brisa tenue se colaba entre las persianas.
Quizá sea el aire, pensó, aunque sea él quien me ahogue.

Una sensación de ahogo le aprisionaba la garganta; aquel nudo en la garganta le era familiar, no era la primera vez que lo sentía. Ya no le provocaba terror, sino una mezcla de debilidad, vacío y una indiferencia absoluta. Las piernas flaquearon, la consciencia se tornó tenue, como si alguien hubiera apagado la luz con un único interruptor.

Se dejó caer sobre la cama y, casi al instante, se sumergió en el sueño.

Al principio el sueño era caótico: fragmentos de voces, pasos en una escalera ajena, el fulgor de una farola entre la niebla luego todo se aclaró. Almudena se convirtió en un ave con enormes alas blancas, ligeras y afiladas, como el aliento fresco tras un largo silencio. Elevó el vuelo sobre una ciudad que relucía abajo, temblorosa bajo un mirículo de luces, como un puñado de mundos diminutos.

Aquella urbe era desconocida, pero a la vez se sentía como su propia tierra. Los altos perfiles de los edificios se alzaban como si quisieran rozar las estrellas. Entre ellos se entrecruzaban puentes, profundos canyones de calle, una respiración de libertad que no se puede describir, solo sentir. Allí todo era sencillo. Allí recordó cómo podía ser: sin cansancio, sin ansias de aprobación, sin aperturas internas simplemente viva.

Libre.

Giraba sobre la ciudad, se zambullía entre los tejados, rozaba con sus alas el aire fresco, y parecía que así sería para siempre. Pero algo la arrastró de nuevo hacia abajo, como un recuerdo invisible.

Necesito recostarme escuchó su propia voz, lejana como un eco.

El mundo tembló. La luz se disipó.

Y empezó a caer, suave como una pluma, regresando a la sofocante habitación donde todo había comenzado.

Abrió los ojos de golpe, como si alguien la llamara por su nombre. La estancia le recibió con el mismo aire, pero ahora más frío, como si una parte de ella no volviera del todo, quedando atrapada en aquella ciudad de luces y sombras aladas.

Se incorporó lentamente, sentándose al borde de la cama. El silencio era casi palpable, como un disco atascado en una sola nota. El entorno le resultaba familiar y a la vez extraño, como si las paredes hubieran cambiado de posición mientras ella dormía.

Pasó la mano por el pecho, donde en el sueño sus alas habían golpeado. Solo rozó la tela de su camiseta.

Qué raro casi volaba pensó. Pero la memoria del sueño se desvanecía como nieve mojada entre los dedos. Solo quedaba la sensación de un leve movimiento de aire dentro de ella, casi imperceptible, pero real.

Y entonces comprendió: aquel sueño no trataba de volar.
No era sobre una ciudad que no se puede nombrar en voz alta.

Era acerca de que estaba harta de vivir en tierra donde cada paso era una deuda.
Era sobre la necesidad de otro cielo, mucho antes de que lo supiera.
Era sobre que las alas no eran fantasía, sino un recuerdo muy antiguo, casi olvidado.

Contuvo el aliento para no ahuyentar esa sensación y susurró a la oscuridad:
Si algún día me decido volveré allí.
Desplegaré mis alas de verdad.

En ese mismo instante, algo dentro de ella respondió en voz baja:
Ya has empezado.

Almudena permaneció junto a la ventana durante mucho tiempo, tanto que la noche fue cediendo su lugar. Las sombras se afinaban, el cielo se aclaraba, y parecía que el mundo inhalaba antes de volver a su bulliciosa rutina.

Pero algo dentro de ella ya había cambiado.
Silencioso, sutil, pero irreversible.

Miró al horizonte, donde una delgada franja de luz separaba el antes del después. En ese momento comprendió que ya no temía a sus debilidades, a su vacío, ni a esa indiferente fatiga que a menudo la golpeaba como una ola.

Entendió que esas alas no provenían del sueño.
Eran parte de ella.

Cerró los ojos lentamente y posó la mano sobre el pecho, donde su corazón latía levemente, como confirmando su pensamiento. No con estruendo, ni con pompa, sino con certeza.

Susurró:
Basta de vivir según las expectativas ajenas. Basta de sufrir. Basta de esperar a que alguien me permita ser quien soy.

En ese instante algo se desplegó dentro de ella. No eran alas, sino algo más profundo. Como si su alma, que había permanecido agachada en la oscuridad, finalmente se erguía en toda su estatura.

Abrió los ojos. El cielo ya se mostraba teñido de un rosa pálido, y la primera luz de la madrugada se posaba suavemente sobre su rostro.

dio un paso atrás de la ventana y sintió que el suelo bajo sus pies tembló. ¿Era el suelo o el mundo?
No importaba. Lo esencial era que ya no caía.

Respiró hondo, el primer suspiro verdaderamente libre que llevaba muchos meses acumulando.

Y dijo en voz alta, clara y serena, como una promesa:
Me elevaré. Yo sola. Hasta esas alturas que sólo en mis sueños aparecen.

Ninguna habitación sofocante volverá a ser su prisión.

Se dio la vuelta, y su paso era ligero, casi etéreo. No por prisa, sino porque quien ha hallado sus propias alas jamás vuelve a ser el mismo.

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